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domingo, 1 de noviembre de 2009

Ágora


Para la antigua civilización griega, el ágora era ese espacio público que ocupaba en toda ciudad grande, preciada de serlo, el punto común de encuentro en el que desarrollar las actividades políticas, mercantiles y sociales que dirigían la vida urbana. Con esta finalidad se convertía igualmente en un crisol de culturas, por más que sus representantes se dividieran en distintas clases bien diferenciadas y de desigual participación en las cuestiones asamblearias de la urbe; esclavos, metecos o extranjeros, ciudadanos, comerciantes... de credos y valores diversos pero con lazos inevitablemente unidos en el curso de sus funciones. Un lugar en el que estrechar relaciones o dirimir las disputas pero, en todo caso, de convivencia y proximidad.

En la Alejandría del s.IV, exhibida por un arriesgado Alejandro Amenabar que esta vez se atreve con el género histórico, encontramos en un principio ese ágora de idealizada descripción que inevitablemente se resquebraja ante la pujanza de los crecientes fundamentalismos de un Bajo Imperio Romano donde el cristianismo se impone como religión mayoritaria desde su antaño denostada posición. Y en esta misma Alejandría, que deslumbra desde su maravilloso faro e ilustra con su imponente biblioteca de carácter universal, una mujer destaca por encima de los incipientes conflictos que amenazan el equilibrio social: Hipatia, excepcional astróloga, matemática y pensadora neoplatónica que enseña su ciencia a los grupos de clases cultivadas, entre los que se encontrarían el futuro obispo Sinesio de Cirene o el mismo Orestes, años más tarde prefecto y representante del gobierno romano en la ciudad. No indiferente a las oleadas ideológicas que sacuden su lugar de nacimiento, pero sí tratando de guardar una mesurada neutralidad, Hipatia (interpretada por la inspiradora Rachel Weisz) se centra en sus estudios sobre los secretos que el cosmos planteaba entonces a la corriente intelectual de la época, al menos hasta donde le dejan los acontencimientos que atacan su tiempo y marcan la vena dramática del film.


Ágora muestra el eterno conflicto ciencia-religión, quizá no muy original sobre la gran pantalla pero sí bien agradecido desde la perspectiva de un cineasta español que se viene alejando de lo que hacen otros, donde el protagonismo se turna difusamente entre la filósofa empeñada en defender sus teorías, tratando de mantenerse ajena al alboroto que se desata fuera de su escuela, y un esclavo al servicio de su casa, indeciso ante la seducción que le plantean por un lado su ama y por otro una revolucionaria doctrina que en pocos años no ha parado de granjearse adeptos. Aunque identificada en personajes de menor profundidad, también se representan la figura del que se aúpa sobre la fe para alcanzar el poder y acaba siendo una víctima de las trampas de ésta, o la de quienes hacen uso de la ignorancia del pueblo abocado al fanatismo por necesidad, postura por desgracia muy frecuente aún en nuestros días. Igualmente, el tratamiento a la mujer y a las castas más desfavorecidas aparecen perfilados durante las dos horas de proyección. Al final, la lección es clara: todo extremo resulta fatal, abandera la intolerancia, destruye la libertad, acaba con el mutuo entendimiento y cercena de raíz el progreso cultural, retrasando el avance de la civilización.


En este sentido, el guión que describe tan turbulento periodo en el espléndido escenario sobre el delta del Nilo reparte tortas casi por igual a todos sus participantes: desde un agónico paganismo que palidece día tras día y resuelve sus controversias a golpe de espada ante la falta de otros recursos, a una fe cristiana que salta de la piedad a ser instigadora del odio (reflejado con fuerza en las personas del obispo Cirilo, de Amonio y de los parabolanos) olvidando enseguida la persecución a la que sólo unos decenios antes se veía sometida, y pasando por un vengativo e interesado colectivo judío que pretende prevalecer en el dominio absoluto de la verdad. La crítica a este tridente de confesiones (le hubiera faltado la islámica para completar el cuadro de grandes dogmas merecedores de un afilado recordatorio de su pasado y presente) es justa y equilibrada, si bien me parece ver un mayor enconamiento hacia la creencia preponderante, esta es, la del emergente cristianismo. En lo personal, tengo que reconocer que, aunque sólo sea por ese cierto ánimo de polemizar entre algunos sectores y suscitar el escozor en el núcleo más reaccionario de las filas católicas, ya en ese punto la película me agrada y tiene en parte ganado. Uno que es así...

En su papel de absoluta protagonista hay que decir que destaca una estupenda Rachel Weisz bastante correcta en su interpretación frente a unos compañeros de reparto, sobre todo el esclavo Davo (Max Minguella) y el prefecto Orestes (Oscar Isaac), que no transmiten todo lo deseable y resultan poco convincentes. Existe cierta dificultad para seguir el guión, algo flojo en determinados momentos al querer presentar un marco en exceso didáctico y no siempre definido. A ratos se me hizo un poco dilatada; tal vez porque se pierde demasiado en las disquisiciones astrológicas de Hipatia, que aunque no dejen de resultar interesantes parecen distraer de lo que realmente se nos quiere contar, que es mucho. Y tal vez ahí radique su principal problema: tildada de pretenciosa por querer abarcar demasiadas cosas, es verdad que realmente no llega a ahondar en el fondo del abanico de ideas que sólo sugiere. Pero, con todo, me parece una buena película; desde luego, a años luz del tipo de producciones que lamentablemente perpetra el cine autóctono.



Pese a salir bien parada en Cannes y estar siendo un taquillazo (aunque eso no garantice nada) la cinta no está exenta de lapidación por buena parte de crítica y público que no han dejado de exigir más y mejor al joven director (no olvidemos que nuestro mal endémico es la envidia, junto al ánimo de menosprecio -como deporte nacional- de todo aquel que triunfa). Vale, quizás Ágora no sea el trabajo más redondo de Amenabar ni resulte tan prometedora como pudiera parecer, pero (aunque todavía me falta por ver la oscarizada Mar adentro; seguramente porque, unida a mi incapacidad de tragar a Bardem, trata sobre un tema que no me atrae excesivamente) creo que la producción que ya tiene a sus espaldas le otorga un merecido talento muy por encima del resto de los que se hacen llamar profesionales del cine español, salvo contadísimas excepciones que puedan equipararse a su altura. Al menos Amenabar tiene el valor de dar enfoque sobre unas temáticas que otros directores de aquí ni miran de lejos: hartitos estamos ya de sociodramas cansinos, tostones incongruentes y repetitivos, lastrados por el sempiterno culiteteo que no viene a cuento. Ágora podrá tener sus pros y sus contras, pero al menos se sostiene no sólo sobre una buena idea de partida, sino también sobre una intención de entretenimiento que al fin y al cabo -no nos engañemos- es de lo que se trata cuando uno paga por acudir al cine (que para narrarnos siempre las mismas penurias cotidianas ya tenemos cada uno lo nuestro...) Conste que no defiendo, diciendo esto, a los muchos bodrios comerciales americanos que igualmente sufrimos, y que el dinero con que se cuente es importante para el resultado del producto final (aunque nunca ha sido óbice para narrar una buena historia), pero acaso la comparativa general haga que mi valoración de esta película sea todavía mejor.

También se ha estado postulando la veracidad de los hechos históricos que se ponen en pantalla. Yo no estoy muy puesto en el periodo histórico y entorno geográfico en que se basa para darle o quitarle razones en ese sentido (supongo que se habrá tomado sus licencias, como toda obra de género) así que, obviando este aspecto que no deja de ser relevante, mi buena nota se ciñe a lo que tiene primero como película transmisora de unas ideas atrayentes, y luego en su faceta de producción cercana al peplum o de aventura basada en la historia. Al menos no se le puede negar que logra meter en ambiente al espectador, gracias a unos decorados egipcios realistas (trasladado el equipo de rodaje a la isla de Malta), un vestuario intachable y otras cuestiones relacionadas con las que creo que está por encima de la media.


Asimismo, al disponer de un presupuesto pocas veces -¿o ninguna?- antes manejado por el cine español, se caracteriza por ser un rodaje (en inglés, como suele pasar en estos casos) limpio, con una buena fotografía y puesta en escena (abusando en ocasiones de planos aéreos y espaciales no del todo justificados, diría), una cuidada banda sonora y un buen uso de la cámara (a destacar la secuencia del saqueo de la biblioteca) aunque a veces el montaje general sea algo confuso. Por mi parte, me quedo con momentos como la salvación desesperada de los manuscritos más importantes en aquel reducto del saber que fue la mítica biblioteca de Alejandría, o la disyuntiva entre amor y obediencia a la que se ve sometido Orestes, así como un final sin duda emotivo.

Amenabar firma una cinta para mi gusto muy interesante, que quizá caiga en el error de querer ser completista y no alcanzar toda la magnitud filosófica que pretende, pero en todo caso cumple un claro objetivo de adoctrinar desde una posición respetuosa nada fácil de asumir, y proporciona un visionado lo bastante agradable para salir del cine con una sensación de satisfacción y de no haber tirado el dinero, algo difícil actualmente.

Web oficial de Ágora, la película

Trailer en español:

5 comentarios:

Nickrar_Dopi dijo...

Qué interesante... y es la primera crítica de esta película que leo.
No es que sea mi género favorito ni que vaya a verla al cine, pero quizá algún día la vea. Algunas escenas deben estar interesantes.

Saludos ;)

jose luis harmonies dijo...

Gracias, Jolan, por esta interesante crítica; me ha reafirmado en las ganas de ir a verla, pese hay quien me ha dicho que se la hecho pesada. He visto las anteriores de Amenábar y todas me han gustado;Sobre lo de la envidia en el mundo del cine, estoy bastante de acuerdo, tener éxito raras veces "se perdona " en España. Saludos!

Jolan dijo...

Si eres seguidor del cine de Amenabar, sin duda ve a verla, Jose Luis. No te decepcionará.

Lo de que pueda hacerse lenta o pesada quizá sea en momentos puntuales (mucha gente identifica peli histórica con luchas y batallas, y este no es tanto el caso). Pero en general, mantiene el interés de principio a fin.

Saludos!

Loren dijo...

Muy buena crítica, Jolan. Debo decir que mi opinión sobre la película es la misma que la tuya.

Cuando estás en el cine, yo al menos iba sintiendo una especie de temor por todo ese choque de religiones tan brutal (lo es y mucho), ya que a mí ese tipo de cosas siempre me han parecido de lo más surrealista, esos planos aéreos, que si bien parece que desentonan un poco, a mí me dan la sensación de necesarios, por ver desde otra perspectiva a esos seres humanos que son como hormigas, que desaparecen cuanto más alto apunta la cámara, dejando claro que todo esa disputa religiosa es al fin y al cabo algo nimio. Pero dentro de la civilización humana es de lo peor que ha podido ocurrir nunca.

Como película me ha parecido bastante buena, interpretaciones correctas, sin nadie a destacar, aunque el precursor de los parabolanos se las trae, y quizá sea el que mejor lo hace, por su papel más dinámico y diferente.

Sin embargo, una vez vista, parece que te queda la sensación de que le falta algo. Pasado un tiempo me deja un tanto frío, como si fuera una película muy seca, no sé si buscado o no.

Jolan dijo...

Hola Loren! A mi los planos espaciales me gustaban y me causaron la misma sensación que comentas: la insignificancia del hombre y la sinrazón de sus extremismos frente a la amplitud del mundo. Pero me parece que se abusaba un poco de ellos. Los que sí estaban realmente logrados eran, por ejemplo, los de la invasión de la biblioteca vista desde arriba, con esa impresión, como bien dices, de hormiguero revuelto. :)

Uf, los parabolanos... menudos bichos! Se me quedó grabada la frase en la que reprochan el perdón, porque 'no puedes igualarte a Dios'... :O

Saludos!

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