
Sin conocer previamente la obra de Gregory Mardon, al abordar la lectura de El hijo del ogro se podría pensar que estamos ante una aventura épica corriente de corte medieval. En cambio, a pesar de lo que pueda sugerirnos el escenario elegido por el autor para esta novela gráfica, la época de las caballerías es sólo el telón sobre el que representar una vez más un teatro de emociones humanas y explorar los intrincados mecanismos de nuestra, a menudo, extraña mente.
Teniendo en cuenta esta premisa, no dejo por ello de animaros a la lectura de El hijo del ogro, aunque si lo que buscáis es una historia de fantasía y héroes de brillante armadura ya os adelanto que aquí no la vais a encontrar. Antes bien, de antihéroes sumidos en un carácter depresivo y amargo, seres despersonificados y sin nombre que se prestan tan sólo como el cortejo de un protagonista al que difícilmente se le puede coger apego, por más que podamos entender sus motivaciones en un momento dado, y al que seguimos de su niñez a su fin en una existencia marcada por las obsesiones sociópatas que aguijonean la rutina de sus días, acentuadas por el drama que le toca padecer en su juventud. Todo un caso clínico el de este chico, Benoit, digno de la consulta de cualquier psicoanalista contemporáneo.
¿Y esto a qué se debe? Pues os cuento:

El joven Benoit vive con su madre, una comerciante de tejidos, en una villa medieval de tantas. Desde que es un muchacho, presenta evidentes muestras de sadismo y una absorta admiración por los actos punitivos del verdugo local. Su exceso de curiosidad le hace meterse en líos; problemas que acaban derivando en una grave situación y conducen a su madre al patíbulo para ser ajusticiada ante la plaza principal del pueblo -esa misma audiencia de la que el chico había formado parte con morbosa atención en tantas ocasiones- bajo la cruel hacha del verdugo al que rinde idolatría.
Condenado a una vida errante al quedar huérfano, decide unirse a una tropa de guerreros de fortuna, a lo que sucederá una victoria militar tras otra, en las que destaca por su fiereza y su ímpetu sanguinario sobre los enemigos, otorgándole una fama que cruzará fronteras. La recompensa le llegará en forma de un periodo de apacible descanso cuando, hastiado de batallas, opte por apartar la espada. Pero los fantasmas del pasado se agazapan entre los espacios más oscuros de su alma y amenazan con volver a dominar sus actos.

El planteamiento de la narración se efectúa a modo de un trágico romance medieval con una finalidad: la de enfocar una faceta de los sentimientos humanos más ocultos y complejos. La misma sinopsis que nos avanza la editorial lo compara acertadamente con los cuentos de los Hermanos Grimm y, en verdad, tiene ese toque del trasfondo siniestro y de la sutil crudeza que se desprende de los primeros relatos de los fabulistas alemanes, amén de una conclusión redonda y sorprendente. La historia especula sobre la bestia que cualquiera podría llevar dentro, que la mayoría somos capaces de retener y sólo algunos llegan a desatar. Una reflexión sobre la inclinación a la crueldad y la violencia del ser humano, así como la capacidad de alimentar los odios interiores o de apaciguarlos.
El dibujo, en blanco y negro con escalas de grises, a menudo roza intencionadamente la fealdad para alcanzar un efecto sucio y tétrico, como el del medievo que desea retratar. Adornado con motivos decorativos y estampas que enmarcan sus viñetas y recuerdan las iluminaciones de los textos medievales, la labor gráfica de Mardon en este título reúne una lectura diáfana -no por ello fácil ni ligera- pero en todo momento profunda y evocadora (como esa especie de émulo al grito de Edvard Munch que traspasa la página con una fuerza angustiosa). Viñetas que imbuyen un estado de inquietud y desasosiego constante, dominadas por gestos y abundantes silencios, especialmente del protagonista, emplazando a que seamos los lectores quienes pongamos voz a los pensamientos que pasan por su atormentada cabeza.

Como decía al principio, estamos hasta cierto punto ante un cambio de registro de este autor francés, pues sólo supone el abandono momentáneo de una escena más cotidiana por otra que forma una periodo histórico tradicionalmente con fama de tenebroso y poco conocido. Gregory Mardon, acomodado en su carrera historietística al tema costumbrista, recurre en este cómic a otro marco para expresar en realidad las mismas sensaciones, arrebatos o mezquindades del carácter humano. Tras un breve periodo trabajando para el mundo de la animación (participó, por ejemplo, en la puesta en marcha de la versión animada sobre el personaje egipcio Papyrus, del belga De Gieter), se lanzó a una trayectoria profesional basada en la BD, con álbumes de rasgos personales e intimistas como Olas en el alma (una obra a base de notas biográficas familiares con la cual ganó el Premio de Lion -iniciativa del C.B.B.D. de Bruselas), Cycloman (junto a Charles Berberian) que, como El hijo del ogro, también constituye una incursión ambiental en otro género -el de los superhéroes, en esta ocasión- publicado en castellano por De Ponent, o Corps à corps, de la colección Aire Libre de Dupuis, formado por pequeñas historietas a lo tranches de vie.

Me ha gustado la cuidada y elegante edición con la que lo ha publicado La Cúpula, en tapa dura y papel de calidad, que ya contaba entre su catálogo con otros títulos de Gregory Mardon, a saber Lecciones de vida, Incógnito y la ya mencionada Olas en el alma. Habrá que revisarlo y echarles un ojo.
No es desdeñable este trabajo; una obra, donde la fantasía es meramente figurativa, que da voz a un autor eclipsado y relegado a la segunda fila, pero con cosas muy interesantes que contar.
Teniendo en cuenta esta premisa, no dejo por ello de animaros a la lectura de El hijo del ogro, aunque si lo que buscáis es una historia de fantasía y héroes de brillante armadura ya os adelanto que aquí no la vais a encontrar. Antes bien, de antihéroes sumidos en un carácter depresivo y amargo, seres despersonificados y sin nombre que se prestan tan sólo como el cortejo de un protagonista al que difícilmente se le puede coger apego, por más que podamos entender sus motivaciones en un momento dado, y al que seguimos de su niñez a su fin en una existencia marcada por las obsesiones sociópatas que aguijonean la rutina de sus días, acentuadas por el drama que le toca padecer en su juventud. Todo un caso clínico el de este chico, Benoit, digno de la consulta de cualquier psicoanalista contemporáneo.
¿Y esto a qué se debe? Pues os cuento:

El joven Benoit vive con su madre, una comerciante de tejidos, en una villa medieval de tantas. Desde que es un muchacho, presenta evidentes muestras de sadismo y una absorta admiración por los actos punitivos del verdugo local. Su exceso de curiosidad le hace meterse en líos; problemas que acaban derivando en una grave situación y conducen a su madre al patíbulo para ser ajusticiada ante la plaza principal del pueblo -esa misma audiencia de la que el chico había formado parte con morbosa atención en tantas ocasiones- bajo la cruel hacha del verdugo al que rinde idolatría.
Condenado a una vida errante al quedar huérfano, decide unirse a una tropa de guerreros de fortuna, a lo que sucederá una victoria militar tras otra, en las que destaca por su fiereza y su ímpetu sanguinario sobre los enemigos, otorgándole una fama que cruzará fronteras. La recompensa le llegará en forma de un periodo de apacible descanso cuando, hastiado de batallas, opte por apartar la espada. Pero los fantasmas del pasado se agazapan entre los espacios más oscuros de su alma y amenazan con volver a dominar sus actos.

El planteamiento de la narración se efectúa a modo de un trágico romance medieval con una finalidad: la de enfocar una faceta de los sentimientos humanos más ocultos y complejos. La misma sinopsis que nos avanza la editorial lo compara acertadamente con los cuentos de los Hermanos Grimm y, en verdad, tiene ese toque del trasfondo siniestro y de la sutil crudeza que se desprende de los primeros relatos de los fabulistas alemanes, amén de una conclusión redonda y sorprendente. La historia especula sobre la bestia que cualquiera podría llevar dentro, que la mayoría somos capaces de retener y sólo algunos llegan a desatar. Una reflexión sobre la inclinación a la crueldad y la violencia del ser humano, así como la capacidad de alimentar los odios interiores o de apaciguarlos.
El dibujo, en blanco y negro con escalas de grises, a menudo roza intencionadamente la fealdad para alcanzar un efecto sucio y tétrico, como el del medievo que desea retratar. Adornado con motivos decorativos y estampas que enmarcan sus viñetas y recuerdan las iluminaciones de los textos medievales, la labor gráfica de Mardon en este título reúne una lectura diáfana -no por ello fácil ni ligera- pero en todo momento profunda y evocadora (como esa especie de émulo al grito de Edvard Munch que traspasa la página con una fuerza angustiosa). Viñetas que imbuyen un estado de inquietud y desasosiego constante, dominadas por gestos y abundantes silencios, especialmente del protagonista, emplazando a que seamos los lectores quienes pongamos voz a los pensamientos que pasan por su atormentada cabeza.

Como decía al principio, estamos hasta cierto punto ante un cambio de registro de este autor francés, pues sólo supone el abandono momentáneo de una escena más cotidiana por otra que forma una periodo histórico tradicionalmente con fama de tenebroso y poco conocido. Gregory Mardon, acomodado en su carrera historietística al tema costumbrista, recurre en este cómic a otro marco para expresar en realidad las mismas sensaciones, arrebatos o mezquindades del carácter humano. Tras un breve periodo trabajando para el mundo de la animación (participó, por ejemplo, en la puesta en marcha de la versión animada sobre el personaje egipcio Papyrus, del belga De Gieter), se lanzó a una trayectoria profesional basada en la BD, con álbumes de rasgos personales e intimistas como Olas en el alma (una obra a base de notas biográficas familiares con la cual ganó el Premio de Lion -iniciativa del C.B.B.D. de Bruselas), Cycloman (junto a Charles Berberian) que, como El hijo del ogro, también constituye una incursión ambiental en otro género -el de los superhéroes, en esta ocasión- publicado en castellano por De Ponent, o Corps à corps, de la colección Aire Libre de Dupuis, formado por pequeñas historietas a lo tranches de vie.

Me ha gustado la cuidada y elegante edición con la que lo ha publicado La Cúpula, en tapa dura y papel de calidad, que ya contaba entre su catálogo con otros títulos de Gregory Mardon, a saber Lecciones de vida, Incógnito y la ya mencionada Olas en el alma. Habrá que revisarlo y echarles un ojo.
No es desdeñable este trabajo; una obra, donde la fantasía es meramente figurativa, que da voz a un autor eclipsado y relegado a la segunda fila, pero con cosas muy interesantes que contar.



































