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lunes, 24 de octubre de 2011

Thorgal (XX): La marca de los desterrados

Rosinski – Van Hamme (1995)
Norma Editorial. Colección Pandora nº 55
Edición original: La marque des bannis

Atención: este artículo puede revelar detalles sobre el argumento.

Consumado el cambio en la trayectoria existencial de Thorgal que se produjo en el número anterior, toca ahora recuperar el hilo de la historia a través de Aaricia, Jolan y Loba en un álbum que, ya sólo con descubrir su titulo y portada (fabulosa, por cierto) nos anuncia un aciago porvenir para la familia del arquero. Como ha ocurrido en entregas previas, este es un episodio sin aparición presencial de Thorgal. Y, también como esas veces anteriores, la fórmula funciona de maravilla, pues no es la primera vez que somos testigos de hasta qué punto la princesa vikinga es capaz de defender por si misma a su progenie sin la ayuda de su amado, en un eficaz relato que gira en torno a la figura del héroe sin tener que introducirlo en la aventura.


Han pasado tres años desde la marcha de Thorgal. Aaricia aguarda. Al igual que ella, las mujeres de la aldea de los vikingos del norte esperan a sus maridos, que partieron en una expedición guerrera y ya deberían estar de regreso. La inquietud se palpa en la casa grande cada noche, cuando se reúnen para coser en torno al fuego. Hasta que su mayor miedo se confirma el día que Jolan y Loba, jugando en los bosques de los alrededores, encuentran un joven malherido, superviviente de la partida que se hizo al mar hace semanas. Al recuperar la consciencia, las palabras con las que relata el asalto y captura de los drakkars -que volvían al pueblo con el botín- a manos de un inmenso buque pintado de rojo, cae como un mazazo entre los presentes. Con esa descripción, no puede ser otro que el barco capitaneado por el ya tristemente famoso pirata llamado Shaigan, apodado -no sin razón- el despiadado, a quien acompaña una cruel y enigmática mujer de negra cabellera. Pero la confusión y el horror son aún mayores cuando, tanto él, único miembro de la tripulación que ha logrado escapar, como el resto de sus camaradas caídos o presos, han afirmado reconocer en Shaigan al propio Thorgal. Todas las miradas se vuelven acusadoras hacia Aaricia y sus hijos.

El destino que les aguarda, proclamado por el thing local, es ineludible: sufrirán el destierro inmediato y serán despojados de todas sus tierras y bienes. Ningún vikingo podrá ofrecerles asilo ni ayuda alguna so pena de padecer la misma suerte; nadie responderá por ellos y su seguridad sólo queda al amparo de los dioses. Y para que todos sean testigos de su nueva condición, Aaricia portará en el rostro, grabada a fuego, la marca de la vergüenza.


Arrojados a los caminos de las hostiles tierras del norte, con la cercana amenaza que anuncian las nieves de la estación fría, nuestros tres proscritos se encaminan hacia el gran fiordo del sur, donde esperan poder embarcarse rumbo a la isla que antaño sirvió de hogar a la familia. Pero casi al culminar su difícil viaje, Aaricia y Loba caen en manos de un tratante de esclavos, el peor enemigo de un condenado al ostracismo que apenas es dueño de las ropas que viste. En el fatal encuentro tiene mucho que ver alguien a quien ya habían olvidado: Kriss de Valnor, una vez más, se cruza en sus vidas, y sólo Jolan puede interponerse en los planes que la sádica compañera actual de Shaigan tiene reservados a su madre y hermana.


'La marca de los desterrados' constituye la espina dorsal del ciclo de Shaigan. Una vez sabemos el nuevo rol de Thorgal, Van Hamme sitúa en el tablero el resto de piezas del juego fundamentales para que pueda continuar la partida. De este escenario surge una aventura en la que una parte de la familia va claramente en busca de la otra, sin que aún podamos sospechar qué deparará ese eventual encuentro. El tomo se divide en dos partes bien diferenciadas: una primera (mi preferida, he de decir) en la que las protagonistas indiscutibles son las mujeres, y la segunda, a partir de la llegada al gran fiordo del sur, donde se desencadena el curso de la acción.

Al coraje de Aaricia ya nos tienen acostumbrados los autores. De nuevo, Van Hamme y Rosinski defienden con maestría un personaje pletórico, que enseguida se sacudirá ese vago aire de resignación mostrado en las primeras viñetas, fruto de la espera insegura de su esposo, para remangarse las faldas y poner a salvo a sus hijos. Además, el capítulo se convierte en la presentación de la tierna Loba; antes sólo un bebé y ahora una niñita dulce, heredera del talante sosegado de su padre, y que al igual que su hermano posee extrañas aptitudes especiales, muy útiles en el transcurso del exilio familiar. Una mujer, al fin y al cabo, es también quien provoca la caída en desgracia de Aaricia entre los suyos (pues esta vez a la voluble Kriss le tocaba comportarse de forma abyecta), y son las mujeres de la aldea quienes más vuelcan su ira y se ceban en la rubia partenaire de Thorgal, a excepción de Solveig, secundaria propensa a las intervenciones cortas, pero siempre resueltas con inevitable afecto en su favor.


También tengo predilección por estas primeras 26 páginas por su forma de mostrar un mundo vikingo duro, frío, a menudo violento, auténtico en definitiva. La incertidumbre que rodea al retorno de los drakkars, la importancia y el respeto hacia las tradiciones, el carácter implacable de las penas impuestas por el thing, la crudeza del invierno y la dificultad que implicaba la supervivencia fuera de la protección del clan, etc. Por otro lado, esta introducción se ve plagada de escenas domésticas que muestran el alcance de la mujer en la vida cotidiana de los vikingos. Durante las largas expediciones que acometían sus maridos, en ellas recaía la intendencia de las granjas y de los trabajos rurales (tratamiento de las pieles para la confección de tejidos, como vemos en este tomo, o preparación de los salazones), así como la enseñanza de los más pequeños. En este sentido, Rosinski nos demuestra sus dotes de documentación y refleja al detalle la estética de la mujer escandinava: túnica bordada de lana y mandil sujeto por fíbulas ovaladas; además de cofia para aquellas que estuvieran casadas.

Escena fundamental que articula este episodio es el destierro sufrido por Aaricia; castigo absoluto de las leyes vikingas. Como vemos en el correspondiente pasaje, los crímenes eran juzgados en asamblea pública ante el thing. La pena de muerte era inusual y quedaba reservada a los delitos más odiosos (por ejemplo, los asesinatos deshonrosos), mientras que la víctima o sus familiares solían percibir una compensación en dinero o especies (el wergild mencionado). En ocasiones, el condenado podía ser desterrado de forma temporal, pudiendo regresar al clan años más tarde, si es que no había rehecho su vida en otro lugar (tal es el caso del célebre Erik el Rojo, desterrado de Islandia en 982, que acabaría estableciéndose en Groenlandia). Pero para Aaricia y sus niños se da la más grave de las situaciones: se convierten en proscritos; por tanto, podían verse reducidos a la esclavitud e incluso ser asesinados impunemente por cualquiera. A ojos de la sociedad vikinga, habían dejado de existir.


Más típica nos resulta ya la segunda parte de la historia, con Kriss por medio y teniendo a Jolan de protagonista. No estará solo, empero, pues en su incursión a la fortaleza del despreciable marchante de esclavos bizantino contará con la ayuda del pillo Darek y, ulteriormente, de los vikingos del norte cautivos, entre los que restablecerá, gracias a su acción de asalto, el buen nombre de su familia. Simpática pareja, por cierto, la formada por este par de hermanos, Darek y Lehla, ejemplo de amistad (y hasta de primer coqueteo con el sexo opuesto) para Jolan en subsiguientes aventuras. Por lo demás, un final que nos suena a tonada conocida, con persecución que concluye con el esbirro de turno despeñado por un precipicio y vuelta al mar, buscando nuevas costas.

El sr. Rosinski, como siempre, impecable en el encuadre y el trazo, con viñetas que rezuman emotividad y pasajes cargados de miradas expresivas (ese "porque Thorgal lo hubiera hecho" queda como muestra de la admiración incondicional, aún en las circunstancias de abandono presentes, de Jolan por su padre).


Terminanos recordando que faltan apenas unos días para la publicación del álbum nº 33 de Thorgal -Le bateau-sabre- en Francia. Pero también de Raïssa, segunda entrega del hors-série Los Mundos de Thorgal, que tiene como protagonista esta vez a Loba. En exclusiva, el trailer de avance siguiendo el enlace, cortesía del excelente site (al que tanto deben estas reseñas) Thorgal-BD.

4 comentarios:

Pedro Camello dijo...

Para la mayoría de las sociedades antiguas el destierro era la peor de las condenas, peor incluso que la muerte.

Los griegos llamban a esta pena el "ostracismo", porque los condenados debían portar siempre una concha de ostra al cuello para ser identificados como desterrados.

En el norte de Europa eran conocidos como "Cabezas de Lobo" ya que estas personas se veían obligadas a refugiarse en los bosques donde, si tenían suerte podrían unirse a otros como ellos y convertirse en proscritos (y vivir como lobos). Algunos autores han calculado, tirando por lo alto, que este tipo de condenados apenas podrían sobrevivir un año, dado la gran dureza de la vida de entonces. Y, como bien dices, matarlos no era delito (con todas las terribles posibilidades que se pueden desprender de este hecho).

Hoy día nos es muy difícil entender esta idea pero hay que saber que el concepto individualizado del ser humano como ser autónomo es muy moderno (empezó a exitir tímidamente a finales de la Alta Edad Media). Antes solo eras alguien en función del clan al que pertenecieras, a tu sangre.

Rosinski y Van Hamme lo supieron captar muy bien en este cómic.

Vaya rollo he soltado...

Jolan dijo...

En el arqueológico de Atenas pude ver varios de estos 'ostrakon', piezas de cerámica y tablillas pizarrosas sobre los que se escribía el nombre del cuidadano candidato al destierro cuando comenzaba a suponer una 'amenaza' para la comunidad. Pero la verdad que no había asociado su origen etimológico.

Parece lógico que ante la dureza de la vida vikinga, con el recrudecimiento de los inviernos y la escasez de recursos, el destierro se convirtiera en la peor pena que podía imponerse, más cruel que la de muerte. Ya cuando leí este álbum la primera vez me sorprendió aquello de los 'cazadores de hombres', que recorren los caminos en busca de proscritos para traficar con sus vidas. No sé hasta qué punto esta práctica pudo ser común, pero no me extrañaría que hubiera quien sacase un gran provecho de la situación de aquellos que eran expulsados de su comunidad. Quienes, por otra parte -ya nos lo corroboras además-, dudo que sobrevivieran mucho tiempo por sus propios medios.

Sin duda creo que hoy no nos hacemos una idea de hasta qué punto podía resultar una tragedia que tu clan o aldea te diera la espalda. Existe una idea romántica y nostálgica del proscrito que en nada se corresponde con la realidad. Bueno, al menos a Erik el Rojo y su progenie les salió bien.

De rollo nada, Pedro. ;)

Pardi dijo...

Entre la entrada y los comentarios de Pedro y tuyos poco puedo decir que no quede a la altura de eruditos como vosotros. Buen cómic que tengo pendiente de comprar.Salu2

Loren dijo...

Que pena que no pueda leer totalmente estos artículos, que ya van por el número veinte. :D

Me parecen muy interesantes vuestros comentarios, a ver si sigo cogiendo ritmo en la serie, y me hago con un par más para la colección, que no compro uno desde... febrero o por ahí, si no recuerdo mal.

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