Una web de opinión sobre el género fantástico y de aventuras en todos sus medios.

domingo, 16 de enero de 2011

Tutankhamón: la tumba y sus tesoros



Mi proverbial costumbre de dejar las cosas para última hora no me ha impedido esta vez acudir durante las vacaciones de las pasadas fiestas a esta exposición que nos ha acompañado desde hace unos cuantos meses. En el momento de publicar esta fotoreseña, 'Tutankhamón: la tumba y sus tesoros' hace las maletas y abandona Madrid (después de haber pasado por Barcelona, si no me equivoco) rumbo a Dublín. Me hubiera gustado recomendarla con tiempo para avisar a quienes no la hayáis visitado que lo hicierais sin demora. Demasiado tarde para eso... pero al menos quiero dejar testimonio aquí de la entretenida y absorbente tarde que pasé viéndola. La entrada no era precisamente barata; de hecho, es de las más subidas de precio que me he encontrado en este tipo de eventos: 18€ el pase normal, salvo los lunes (día en que aproveché para ir) a 10€. Más caro de lo normal, desde luego, pero sin duda también unos euros que pueden darse por bien empleados.

Antes de abordar el resumen de esta magnífica exposición es preciso destacar un rasgo fundamental de la misma: se compone íntegramente de copias, no de originales. Las exposiciones que se realizan hoy día a base de copias son muy discutidas. Hay gente que afirma -y no digo que les falte razón- que no es lo mismo contemplar una imitación, por más que ésta sea perfecta, que su original. Que se pierde la magia, la sensación de estar observando un objeto único en el mundo que se muestra a tus ojos posiblemente sólo en ese momento de tu vida. Bien, aunque el argumento es totalmente defendible, creo que tampoco hay que tomarlo como una verdad absoluta que nos impida disfrutar y aprender al mismo tiempo mediante otros modos más abiertos. Y si me preguntáis por mi opinión personal en este sentido, la verdad es que esa tarde la pasé casi como si me hubiera trasladado al mismo Egipto. El único valor que le puede restar el uso de réplicas a una muestra así, es el meramente patrimonial de las piezas; incalculable, por supuesto, pues sus originales son auténticos tesoros con mayúsculas, pero que no le quita un ápice de interés al fondo de la visita, cuyo valor didáctico en todo caso es incuestionable. Por lo demás, valga para convencer a cualquiera que aún guarde recelos de este tipo de montaje cultural, por llamarlo de alguna forma, que ha recibido toda clase de halagos y agradecidas críticas de los especialistas: Un proyecto que transpira 'pasión por el antiguo Egipto', verdadero viaje en el tiempo 'involucrado en el contenido' que 'consigue un ambiente que estimula la imaginación' y con el que 'pocas veces nos veremos tan entusiasmados' ante un espectáculo que nos dejará 'deslumbrados por tanta belleza'. Suscribo las palabras de estos señores. El puñado de fotos que he seleccionado para este artículo no acreditan con suficiente fuerza la espectacular fidelidad que las imitaciones creadas guardan con las obras auténticas.

Antesala introductoria. Expositores sobre el Egipto antiguo cobijan el escenario en el que se levanta la mítica piedra de Rosetta y una estatua de Tutankhamón.

Pero pasemos ya propiamente al recorrido de la exposición, dividido en cuatro grandes bloques. Tras recoger en la consigna la audioguía que nos servirá durante toda la visita (el clásico sistema del panel numérico que nos indica que sobre esa pieza o materia podemos escuchar una explicación detallada) nos adentramos en una gran sala rectangular que podría simular la planta de un templo o de un hipogeo egipcio. Obviamente, todo gira en torno a la figura del famoso faraón Tutankhamón, el Egipto de su época y su efímero reinado. Según avance el itinerario, iré dejando datos sobre su vida y la historia del periodo, pero no pretendo hacer aquí un resumen en profundidad de este célebre personaje; primero porque -aunque el tema me parece apasionante- no soy por desgracia un entendido de egiptología, y segundo porque sin duda encontraréis biografías mucho más formales en la red que pueden despejar los detalles.

Sólo como introducción rápida decir que, pese a tratarse de uno de los faraones más representativos, no se puede considerar que Tutankhamón se destacara especialmente por los logros de su reinado. Perteneciente a la conocida XVIII dinastía e hijo de Amenofis IV (rebautizado como Ajenatón), su muerte prematura a los 18-20 años de edad no le permitió llegar a hacer grandes cosas, más allá de restaurar el antiguo panteón egipcio, suprimido por su iconoclasta padre que centró el culto religioso en Atón, olvidando al resto de los dioses. ¿Por qué, entonces, tanta atracción ya en tiempos modernos por Tutankhamón? Probablemente la fascinante historia del descubrimiento de su tumba y lo revelador para el conocimiento de la historia de Egipto gracias a lo que en ella se encontró tenga mucho que ver, otorgándole una popularidad que no consiguió en vida. Este hallazgo fue posible gracias a la laboriosa obra del arqueólogo inglés Howard Carter (1874-1939) y su equipo, de quien también se ocupan los organizadores de la exposición.

Genealogía de la XVIII Dinastía, de la que Tutankhamón es el último miembro de sangre real.

Esta primera parte se compone sobre todo de paneles informativos cuya intención es aportar datos de introducción al visitante sobre el Egipto de la XVIII dinastía (1.550-1.295 a.C.), de la que podemos leer una cronología completa y un cuadro genealógico, así como sobre el emplazamiento arqueológico en el que se sitúa la tumba, en el Valle de los Reyes, de cara a orientarnos geográficamente para lo que vamos a ver en las siguientes salas. Está coronada por una estatua algo atípica del propio Tutankhamón (aunque las inscripciones que lo identificaban fueran toscamente borradas por su sucesor, el general Horemheb) así como una copia de la también muy famosa Piedra Rosetta (cuyo original ya pude ver en el British Museum) y una maqueta a escala del conjunto funerario. Una amplia cartela nos narra igualmente los principales detalles biográficos sobre Howard Carter y Lord Carnarvon, artífices -uno por aportar el trabajo de campo y otro la financiación- del hallazgo de la tumba.

Mapa del Valle de los Reyes, conjunto funerario por excelencia de Egipto, donde se señala la ubicación de la pequeña tumba de Tutankhamón.

Por grupos, pasamos al siguiente apartado de la exposición. En este caso se centra en presentarnos dos proyecciones audiovisuales en salas contiguas. En la primera, tras la hilera de bustos que representa a la familia de Tutankhamón, las pantallas nos describen el Egipto que habría de heredar el joven faraón (realmente el último de sangre real en la dinastía). Breve síntesis sobre la situación política, social y religiosa que dejó Amenofis IV o Ajenatón (implantación del monoteísmo basado en Atón, traslado de la capital a Amarna, etc.) y lo que se conoce del reinado del propio Tutankhamón: sus orígenes un tanto imprecisos (se supone que su madre fue Nefertiti, pero no se puede asegurar con certeza), su matrimonio con Anjesenamón, la vuelta a la normalidad desmantelando los cambios ejercidos por su padre y regresando a Tebas, o su prematura muerte (1325 a.C.) por causas no esclarecidas del todo hasta muy recientemente, gracias a la aplicación de sofisticados métodos sobre sus restos.

El segundo documento toma el testigo temporal y nos traslada hasta el siglo XX para explicarnos los precedentes al tardío descubrimiento de la tumba. Como si fuera un diario, averiguamos la pasión desde niño de Howard Carter por el Egipto de los faraones, donde se trasladó en cuanto su habilidad con el dibujo le permitió hacerse ayudante de los investigadores que por entonces trabajaban en el Valle de los Reyes, pues esas dotes resultaban muy útiles para catalogar gráficamente los objetos que se iban encontrando. Tras unos años en los que la mala suerte le llevó a ganarse la vida como simple guía en los yacimientos, obtuvo el patrocinio del excéntrico Lord Carnarvon para materializar una obsesión personal: la búsqueda del enterramiento de un faraón en el que nadie había reparado hasta entonces, pero de cuya existencia él estaba convencido. Tras muchos intentos infructuosos y cuando ya estaba a punto de darlo todo por perdido, el 4 de noviembre de 1922 localiza, por fin, la tumba de Tutankhamón. Al penetrar en ella, iluminado sólo por la trémula luz de una vela, musita asombrado unas pocas palabras ante las impacientes preguntas del Lord: "Veo cosas maravillosas".

Fotografía de Lord Carnarvon y Howard Carter. El aristócrata británico, coleccionista y aficionado a la egiptología, sufragó los costosos trabajos de la búsqueda de Carter durante un periodo de descanso en Egipto que sus médicos le recomendaron tras un accidente automovilístico. Su hija, Lady Evelyn, fue la única mujer presente en la apertura de la cámara.

Este video enlaza perfectamente con la continuación de nuestro recorrido y, como si fuéramos el propio Carter apartando los escombros que ocultan las escaleras de bajada a la tumba, nos sumerge en la parte quizá más apasionante de la exposición: la reconstrucción tridimensional del recinto funerario de Tutankhamón tal como fue hallado aquel día, con su ajuar completo exactamente en la posición en que se lo encontró el arquéologo inglés.

La última morada de Tutankhamon, en el estado en que fue descubierta en 1922.

La intrascendencia del reinado de Tutankhamón, que supuso que su nombre fuera olvidado, y el hecho de que el Valle de los Reyes ya hubiera sido barrido por los arquéologos, no permitieron detectar esta pequeña sepultura -cercana a la de Ramsés VI- cuya relevancia se debe a la conservación prácticamente íntegra de su contenido, pese a los saqueos practicados en la antigüedad, hasta el momento de ser reabierta en la época moderna. Franqueados los escalones que bajan tierra adentro, un pasillo en declive (sellado por sendos muros en ambos extremos, seguramente como medida de seguridad practicada por los mismos sacerdotes que restituyeron las piezas sustraídas durante la profanación que se produjo poco después del ceremonial) desemboca en el recinto en si mismo, compuesto por tan sólo cuatro estancias: antecámara, anexo, la propia cámara funeraria y la sala del tesoro. La razón de que la tumba del renombrado faraón sea de proporciones modestas y esté decorada con sencillez la encontramos en la muerte imprevisible y a tan temprana edad de Tutankhamón, que no debió de permitir habilitar un espacio mejor. Sin duda su sepultura estaba originalmente destinada a algún miembro importante de la corte y hubo que improvisarla como túmulo real.

Cámara mortuoria. Las capillas-relicario, encajadas una dentro de la otra, acogían los sucesivos sarcófagos reales que encerraban la momia de Tutankhamón.

En este apartado están brillantemente reproducidas la antecámara, la cámara mortuoria y el tesoro, con todos los útiles encontrados dispuestos de forma idéntica a su ubicación original, incluso aquellos que quedaron burdamente apilados tras los primitivos robos. Un juego de luces nos va enfocando aquellos objetos sobre los que la audioguía nos informa, no tanto acerca de sus características particulares (aspecto del que se ocupa el último módulo de la exposición) como de las circunstancias de su hallazgo e interpretación por Carter. Especialmente asombrosas resultan la propia cámara funeraria en la que descansaba la momia de Tutankhamón (que impresiona por las dimensiones de las capillas-relicario doradas), la única decorada con pinturas murales, y la pequeña sala del tesoro, defendida por la efigie chacal de Anubis. Sería demasiado largo enumerar la colección compuesta por las posesiones del joven faraón, pero entre su contenido podemos destacar las tres camas con formas animales, dos carros desmontados y multitud de ruedas para estos, preciosos tronos y baldaquinos, las estatuas de centinelas ante el acceso a los sarcófagos sellados, mobiliario de toda clase, vasijas, una profusa pila de maquetas de barcos, variadas telas y vestidos, joyas, armas, una gama de bellos bastones, cofres y arquetas repletos de las más insospechadas maravillas. También las pinturas de la tumba se han simulado para que podamos observarlas a tamaño real. El anexo, en cambio, no se escenifica al tratarse de una estancia menor, llena de un desordenado montón de objetos de uso más doméstico y útiles asociados al ritual de la momificación empleados en el proceso.

Cámara del tesoro. La representación de Anubis sobre un arca protege el contenido de un monumental armario de oro y otros objetos de enorme valor. Al fondo se amontona la flota que el faraón podría emplear para transportarse por los ríos del inframundo.

El bloque final lo ocupa un gran pabellón donde se exhiben separadamente la mayoría de las piezas relevantes para su mejor análisis y comprensión. Es al que más tiempo se destina y del que podemos extraer más información y curiosidades asociados tanto a la vida como a la muerte del malogrado faraón. De entrada a esta sección nos reciben las copias de los enormes receptáculos sucesivos que componían el sepulcro mismo de Tutankhamón. Nada menos que cuatro impresionantes contenedores de madera forrada en oro, más un cuarto de piedra, que resguardaban su viaje al otro mundo. Por si fuera poco, este último contenía a su vez los tres sarcófagos, uno dentro de otro, que cubren los restos mortales en su eterno descanso; el más interno en oro macizo y piedras preciosas albergaba al fin la momia. Pero no queda todo ahí, puesto que el sudario que la envolvía se completaba con la mítica máscara de oro, obra maestra del arte egipcio, que idealizando sus rasgos protegia el rostro del difunto, así como por otras joyas, collares y escarabeos engarzados a los tejidos de la momia con inscripciones de salvaguarda.

Como si de una matrioska rusa se tratara, las capillas acorazadas ejercían la función de último receptáculo y sanctasanctórum de la momia. Las láminas de oro que las cubren llevan inscritos fragmentos del Libro de los Muertos.

Féretro interior de oro, con la mortaja lujosamente adornada del farón.

Detalle de la tapa de oro del sarcófago interior, de 110kg de peso. Obsérvese que sostiene el cayado y el flagelo, símbolos clásicos del poder del faraón, que representan la unión del Alto y Bajo Egipto. Los cristales preciosos de los ojos se echaron a perder debido a la corrosión provocada por los ungüentos empleados en el proceso de momificación.

Máscara funeraria, también de oro, con incrustaciones de fayenza, cuarzo y obsidiana en la collera. Las cabezas del buitre y la cobra sobre la frente defendían el cuerpo del faraón de cualquier tentativa sacrílega. Constituye una pieza única; la principal y más fastuosa del tesoro.

Además de estos increibles elementos diseñados para albergar el cadaver, el visitante también puede estudiar aquí con atención la casi totalidad del enorme conjunto de enseres que componían su ajuar funerario, separados en estantes y vitrinas con información en sus correspondientes placas de texto. Como las imágenes trasmiten mucho mejor que las palabras, en lugar de enumerarlos os dejo con algunas fotografías de las piezas más sobresalientes de este enorme set de ultratumba. Sí me gustaría resaltar antes, en cambio, algunas que capturaron especialmente mi interés debido a su valor emotivo, que humanizan la figura de Tutankhamón por encima de aquellas dedicadas a engrandecer su gloria. Entre estas piezas de carácter personal que le debieron ser muy queridas al joven faraón, encontramos algunos instrumentos musicales y útiles de pintura, así como una especie de juegos de mesa que seguramente le servirían, tanto a él como su esposa, de distracción cotidiana. Aunque sin duda las más conmovedoras son el mechón de cabello de su abuela Tiye, por la que sentía un gran afecto, y los pequeños sarcófagos de sus hijos. En efecto, si bien Tutankhamón murió sin descendencia (lo cual precipitó el fin de la dinastía) tuvo dos hijos que no pasaron de la etapa de gestación, el primero, y de los momentos posteriores al parto, el siguiente. Quienes dispusieron la tumba del faraón quisieron que los restos mortales de ambos le acompañaran en su último viaje.

Estatuíllas doradas de madera, personificación de los dioses egipcios que intervenían en el ritual de paso al inframundo. Según éste, el difunto debía superar una serie de pruebas de las que las deidades eran jueces. Tutankhamón superó todas ellas, ganándose así el acceso al más allá. Estaban guardadas en arcas negras, selladas con resina, dispersas por la cámara del tesoro.

Espectacular capilla dorada (al fondo) rodeada por cuatro diosas protectoras y decorada con un friso de cobras sagradas. Dentro se hallaba la arqueta de alabastro (delante) que alojaba los vasos canopos, con las vísceras del faraón, sostenida sobre un trineo.

Los Ushebtis (los que responden), servidores de ultratumba que atendían las necesidades diarias del faraón en su postrera existencia del más allá. Se localizaron más de 400 de estas figurillas dentro de la tumba.

Carro diseñado para la guerra, pero más probablemente utilizado por el faraón para practicar la cacería por el desierto (uno de sus deportes favoritos) en ausencia de conflictos bélicos importantes durante su reinado. Se cree que la fatal caída en una de esas jornadas de caza tuvo la culpa de las heridas que le acarrearon la muerte.

Bellísimo trono en madera recubierto de oro, apropiado para la juvenil estatura del faraón. El respaldo representa una escena de Tutankhamón y su esposa Anjesenamón, en tanto que el reposapies simboliza motivos de los enemigos de Egipto en señal de sometimiento.

Pequeños féretros pertenecientes a los hijos de Tutankhamón. Otro más de tamaño minúsculo custodiaba un fardo de lino con el mechón trenzado de Tiye.

Tableros del juego Senet, del que no ha trascendido su funcionamiento. Los lados están adornados con motivos florales y jeroglíficos. Poseían pequeños cajones para guardar las piezas de marfil.

Un segundo trono, ante el cual se observa el famoso busto en madera policromada, revestido con yeso, de Tutankhamón. Su interior se utilizaba para guardar joyas y algunas prendas, como podrían ser las trabajadas sandalias o las fundas de oro para los dedos de los pies que también pueden verse en este módulo.

Un sector de esta sala se ocupa también de barajar las hipótesis sobre las causas del fallecimiento de Tutankhamón. Durante mucho tiempo se sospechó que podía haber sido asesinado (tal vez por una confabulación de su visir Ay y del general Horemheb, que tomaron las riendas del poder en el país) o que sucumbió a alguna enfermedad; acaso la malaria, especialmente virulenta en aquel periodo. Sin embargo, investigaciones recientes parecen demostrar que probablemente todo tuviera origen en un accidente (tal vez una caída) que le costó una grave fractura, la cual le provocó una infección que le condujo a la muerte. Un panel en esta sección nos muestra incluso, gracias a la tomografía computerizada de su momia, cuál podría haber sido el aspecto físico del faraón a la edad de su defunción.


Quería comentar, terminando ya, que la exposición no hace grandes concesiones a la clásica maldición de Tutankhamón que supuestamente recayó sobre aquellos que perturbaron su reposo. Esta leyenda, presumiblemente fomentada entre otros por el propio Carter para evitar la intromisión de saqueadores y curiosos, no tiene en realidad fundamento alguno que induzca a pensar algo más lejos que un cúmulo de desgraciadas casualidades, que se han tratado de relacionar de manera inconsistente. No olvidemos que el propio Howard Carter, quien en base a dicha maldición hubiera tenido que ser el primero en caer fulminado por la cólera del faraón, murió de forma natural a los 65 años de edad.

Para abandonar la sala, cruzamos un pasillo jalonado por fotografías en blanco y negro tomadas por el propio equipo de trabajo sobre la tumba para reflejar el arduo proceso de recuperación del tesoro. Llegamos así a la consabida tienda (en donde adquirí el catálogo oficial de la exposición) y la salida, dejando atrás las dos horas y media de este fabuloso recorrido por el Egipto de Tutankhamón.

Sin duda debe ser mucho más satisfactorio contemplar los originales de todas estas obras maravillosas en el Museo del Cairo, a la sombra de las pirámides, pero para mí ha resultado muy gratificante asistir a un verdadero espectáculo visual cuya finalidad es sacar a relucir estos tesoros de hace más de 3000 años y ponerlos al alcance del público. Ya llegará el día -espero- que tenga la oportunidad de visitarlos en su lugar de origen, en la ancestral tierra del Nilo.

6 comentarios:

Pardi dijo...

Pues no sabes en el fondo la envidia que me das. Yo soy de los que en parte no fui por ser réplicas y no originales, y por no gastarme una barbaridad entre toda la familia.

Pero seguro que el montaje merecía la pena, como se puede ver por tus comentarios. Y las explicaciones de toda el descubrimiento sería de lo más interesante. Lo malo de ir con niños que muchas cosas además de no apreciarlas no le dejan a uno que lo haga.

Ahora quiero ir al de Alejandro Magno, espero conseguirlo. Salu2

Beldz dijo...

Efectivamente, Jolan, la exposición estuvo en Barcelona hasta el pasado septiembre, en el Museo Marítimo.

A mí me hubiera gustado verla, pero entre que me enteré tarde y que luego no saqué tiempo, no pude ir. ¡Y ahora que leo tu reseña me arrepiento un poco!

Por cierto, hace tiempo compré este libro (aún no lo he leído, però igual te interesa):

http://www.casadellibro.com/libro-descubrimiento-de-la-tumba-de-tutankhamon/1138067/2900001180593

Jolan dijo...

Pardi:
Te comprendo, yo al principio también tenía mis reservas en cuanto a una exposición formada sólo por réplicas. Además, el elevado precio de la entrada no anima a ir (y si encima lo haces con la familia, ya te sale por un pico). Pero mis dudas se despejaron una vez dentro, cuando te abstraes como si estuvieras viendo verdaderos tesoros. Realmente todo estaba montado de forma impecable, es cierto.

En todo caso, alabo tu prudencia de no entrar con niños a según que sitios, justamente por lo que comentas: ni ellos lo van a poder apreciar lo suficiente ni te van a dejar a ti hacerlo. Nunca entenderé que haya gente dispuesta a meterse con carritos de bebé a estas cosas.

Ah, a la de Alejandro Magno iré el mes que viene. La tengo al lado de casa, así que no hay excusa. Ya comentaré por aquí cuando la vea.

Beldz:
Si te gusta el arte egipcio, la habrías disfrutado muchísimo. Pero bueno, quizá haya otra ocasión en un futuro; las exposiciones itinerantes tienen esa ventaja.

El libro que me recomiendas tiene buena pinta; parecen las notas del propio Howard Carter estructuradas en forma de libro divulgativo. Si lo veo por ahí, me lo pensaré. En todo caso, la guía que compré en la tienda es bastante completa y visual, muy correcta.

Saludos a ambos!

Juls dijo...

¡Argh! se me escapó.

Sobrasada Cósmica dijo...

Aunque sean réplicas y no originales, la exposición tenía una pinta alucinante.

Me ha recordado al British Museum de Londres y el pedazo patrimonio expoliado que tienen los jodíos.

Saludos.

Jolan dijo...

Hola Sobrasada:
A mi también me trajo a la memoria el British, sobre todo por la réplica de la Rosetta. Tengo sentimientos encontrados en ese sentido, porque por una parte es una maravilla tener Londres a dos horas de avión y poder disfrutar de tesoros de todas las civilizaciones, pero por otra es una verdadera injusticia que el fondo del museo consista en gran parte en los expolios del pasado.

No conozco Egipto, pero cuando estuve en Atenas el verano pasado vi igualmente la otra cara de la moneda. El magnífico nuevo museo de la Acrópolis que han construído los atenienses... y despojado de grandes piezas que les pertenecen, como los famosos frisos del Partenón.

No sé si este tipo de cosas se solucionará algún día...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...