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domingo, 4 de marzo de 2012

La invención de Hugo


El sello personal de Scorsese y el aval de cinco premios Oscar (de 11 nominaciones), aunque al final hayan ido a caer en categorías menores, deberían bastar como estímulo para llevarnos al cine a ver La invención de Hugo, así que no he dejado pasar la ocasión de juzgar por mi mismo si el veredicto de la Academia era certero o no. Personalmente no le presto demasiada atención a las valoraciones de procedencia hollywoodiense, pero la cinta en sí contenía suficientes ingredientes para motivarme a comprobarlo desde la butaca.

Y eso que me he llevado una sorpresa al confirmar que no se trata de un film de género fantástico al uso, como las apariencias iniciales me daban a entender. Ni mucho menos, en realidad. Sin embargo contiene una fuerte carga de magia contemporánea, un fondo de ilusionismo y de búsqueda en las fuentes de la fantasía y la ciencia-ficción modernas que la vuelven una película atípica y especial. Ha sido una buena idea ponerme delante de la pantalla sin haber leído de ella más que la breve sinopsis que apuntábamos hace unos días al hablar de los estrenos del mes. Así al menos me he asegurado de descubrir una historia original que, siguiendo unos pasos distintos a lo que me hubiera imaginado, ha logrado mantener mi atención.


Hablemos un poquito del argumento sin desvelar las incógnitas que encierra. París del periodo de entreguerras. El joven huérfano y ladronzuelo Hugo Cabret vive en la estación de trenes, entre engranajes, ruedas dentadas y fumarolas de aparatos y turbinas, poniendo a punto los mecanismos de los muchos relojes que contiene y dándoles cuerda un día tras otro, sin dejar de esquivar a su vez al inspector encargado de la vigilancia y su fiero sabueso, que tratan de echarle el guante para mandarle directo al hospicio. En sus pequeñas manos tiene además la habilidad heredada de arreglar artilugios y ponerlos a punto, devolviéndolos a su correcto funcionamiento. Su atenta mirada se cuela entre las manecillas de los muchos dispositivos horarios de la terminal de trenes, observando las vidas de las otras personas que pasan allí su jornada y siendo testigo de sus anhelos y rutinas. Así, no tarda en fijarse en la curiosa tienda de juguetes mecánicos que se encuentra en el vestíbulo de la estación, mientras busca las piezas que le faltan para arreglar el extraño autómata que le legó su padre, el cual encierra un enigma aún por descifrar. Pronto trabará amistad con Isabelle, la ahijada del anciano que regenta la juguetería, iniciándose una aventura conjunta que les llevará a rescatar un secreto de los rincones del olvido.


El guión está basado en el libro homónimo de Brian Selznick y, con una trama como la mencionada, nadie diría de entrada que consiste en un sublime homenaje al cineasta Georges Méliès y un tributo a los inicios de la cinematografía. Si hay algo que aclamar a Martin Scorsese en la realización de esta película es precisamente el enfoque que aplica para honrar la memoria de este virtuoso personaje francés. Se adivina aquí también que el director ha querido dar rienda suelta a su voluntad de hacer una ofrenda personal de su amor por el medio. Pero además lo hace sin dejar de lado una historia en general bien planificada, con el peso justo de los sentimientos sin rondar la cursilería que a menudo acompaña las películas protagonizadas por niños, y con la capacidad de asombrarnos -no sólo en lo visual- casi en cada instantánea.

Por una vez no he salido del cine espantado por las interpretaciones infantiles, aún cuando a su protagonista, Asa Butterfield (El niño con el pijama de rayas) encuentro que le falta algo más de naturalidad en su actuación ligeramente irregular, mientras que, por su parte, la acompañante femenina (Chloe Moretz) peca por momentos de un exceso de complacencia que a mí me ha hecho verla algo sobreactuada. Sin lugar a dudas el papel estrella con diferencia lo ostenta Ben Kingsley en el rol de Méliès, en tanto que a Sacha Baron Cohen, menos ganso que de costumbre pero persistiendo en su histrionismo, le toca conducir al personaje más humorístico del conjunto haciendo de un inspector de estación tullido y patoso. Las actuaciones de Jude Law, como el padre de Hugo, y del librero al que representa Christopher Lee son fugaces y casi anecdóticas.


A nivel técnico la película resulta sobresaliente y se muestra como honorable merecedora de los galardones acaparados, sea vista o no en 3D. Gran parte de la atmósfera embriagadora que la envuelve se debe a los planos de un París deslumbrante, sobre todo en el recorrido aéreo de sus bulevares, sin perder de vista la imagen de la Torre Eiffel y del Arco del Triunfo de fondo (a destacar la secuencia introductoria que nos lleva a través de la estación hasta el escondrijo de Hugo). La trama del autómata al que volver a poner en marcha sostiene por si sola gran parte del encanto más puramente fantástico del metraje (una lástima que no se explotara más la trastienda de ese maravilloso puesto de juguetes), pero igual de fantástica es -y aquí radica en buena medida el éxito de esta producción- la fórmula de otorgar al carácter de George Méliès su trayectoria como artesano de lo extraordinaro, de creador de sueños.


Sin embargo, no sabría decir si le sobran minutos, pues aunque todo está correctamente contado (salvando algunas incorrecciones en, lo que a mi entender, son ciertos fallos de guión) y a su debido tiempo, se me ha hecho un poco larga, perdiendo agilidad hacia la mitad de la proyección para volver a recobrarla en los últimos veinte minutos. Impecable en el objetivo al que se entrega -el amor al cine y su capacidad de sorprendernos- le falta en cambio transmitir y llegar a emocionar durante el resto del desarrollo argumental. A ratos queda un poco esa incómoda sensación de que bajo su precioso envoltorio falta una pizca más de alma.


Uno de los aspectos que más me ha gustado ha sido la metáfora que encierra el don de Hugo por devolver a su correcto funcionamiento las vidas casi anónimas de quienes están a su alrededor, como si se tratara de engrasar un artefacto que yacía oxidado. Por otra parte, para los profanos en la materia, como es mi caso, nos permite aprender un poco más sobre los orígenes del cine y asombrarnos con la magia de aquellos primeros fotogramas de Méliès y el apasionante relato inspirado directamente en su vida. Como figura imprescindible en la historia del séptimo arte, resultan muy evocadoras la serie de escenas retrospectivas de su carrera profesional y de sus primeras producciones, especialmente de ese Viaje a la Luna, del año 1902. Pero el tributo no va dirigido sólo a las raíces del medio en general -y del cine de ficción y fantasía en particular-, sino que se ofrece igualmente un guiño a la literatura de aventuras, con las novelas de Julio Verne como principal exponente de la época, estando todo impregnado de un aire a lo cuento de Dickens inconfundible.


Por cierto, no nos equivoquemos: aunque se hable de Hugo como la incursión de Scorsese en el cine encaminado al público infantil o de ámbito familiar, algo que ha extrañado a muchos, yo no la calificaría como una película para niños. A veces nos dejamos llevar por esa impresión por el mero hecho de que los protagonistas lo sean, pero la historia que cuenta me parece compleja como para que entretenga a chavales de menos de doce años, por indicar una edad aproximada (de hecho, el que tenía sentado detrás se quedó dormido).

¿Recomendable? Sí, desde luego. Dotada de una factura estética que atrapa desde el comienzo, lo mejor para abordarla es no dejarse llevar por ninguna idea preconcebida, sobre todo en lo que atañe a su género y público, y entregarse por entero a esa misma fascinación a la que se sometían los primeros espectadores que asistían al revolucionario experimento de los hermanos Lumière.

6 comentarios:

Mr. Gibson dijo...

Yo me leí el libro en la época antebloguiana y me gustó mucho que combinara partes de la historia en imagenes con otras de texto.

Jolan dijo...

Hola Mr. Gibson:

Pues a mí la película me ha dejado con ganas de echarle un tiento al libro, que además ya he visto por ahí que resulta ser efectivamente una curiosa mezcla entre cómic, novela y cine, por su temática.

Saludos.

Nickrar_Dopi dijo...

Mmmh, no he leído el libro y la película me sorprendió por las críticas favorables que recibió. Leída tu crítica, tendré que verla en un futuro, que has hecho que me entren ganas de hacerlo...

¡Saludos! :D

Loren dijo...

Pues vi la película justo la misma tarde previa a los Oscars, y debo decir que salí encantado del cine, como pocas veces he hecho últimamente. Las estatuillas me parecieron bien merecidas, las justas para lo que ofrece la película, porque había grandes competidoras en la gala.

Al contrario que a ti, sin embargo, no me ha sobrado metraje. Es más, por mi hubiera seguido en la butaca del cine, porque el homenaje a los orígenes me ha parecido fabuloso. Pero claro, todo tiene que acabar en algún momento.

También le voy a echar pronto mano al libro, lo llevo queriendo leer desde hace tiempo, pero nunca le encuentro la oportunidad.

Pedro López Manzano dijo...

De acuerdo en gran parte de lo que dices.

Yo también esperaba una historia sencilla y familiar y me he encontrado un canto al arte del cine (y de la fotografía), que a día de hoy, en todo el mundo probablemente solo Martin Scorsese es capaz de hacer con tal equilibrio y perfección (y quizá Spielberg si se lo tomara en serio).

Esta película no va sobre el cine. Es AMOR por el cine puro.

Saludos.

Jolan dijo...

Nickrar:

Aprovecha para verla ahora en el cine, que para esta sí merece la pena pagar entrada.

Loren:

Yo no tenía idea de la existencia del libro hasta la aparición de la película. Tengo ganas de encontrármelo en la librería (supongo que lo estarán distribuyendo ahora a todo trapo) y ojearlo. Y si me convence, naturalmente, traérmelo a casa. :)

Pedro:

Sí, es que descoloca un poco al principio. Uno imagina que va a ver una peli de fantasía sin más, y no es así exactamente. En verdad es un logradísimo homenaje a los primeros pasos del cine y la pasión de su director por el mismo.

Saludos!

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