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sábado, 21 de febrero de 2009

Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal


Ya sabemos lo que se dice de crearse expectativas sobre algo concreto. Esto también funciona en sentido negativo, de modo que cuando alguien te pinta muy mal una determinada obra, del tipo que sea, ya vas predispuesto a encontrarte con lo peor. Aunque tarde, al fin he podido ver la última producción del aclamado héroe moderno del látigo (pues yo también me declaro un rendido admirador de Indy) como uno de los principales referentes del buen cine de aventuras de las últimas decadas. Y, la verdad, no ha sido para tanto... Si bien la fuerza de esas expectativas me hizo convertirme en un espectador descreído de lo que iba a presenciar, debo igualmente reconocer que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal (título, por cierto, mucho menos sonoro en su versión castellanizada), cuarta entrega de la saga, no era tal horror como el que me habían descrito.

A ver, no deja de ser cierto que no se halla a la altura de las tres partes que la preceden, notablemente mejores aunque el paso del tiempo también nos ha hecho mitificarlas. Pero es que estas, para gran mayoría de los aficionados, dejaron el listón a un buen nivel, especialmente la anterior, al menos para mi gusto: la Última Cruzada, que alcanzaba el grado de epopeya desbordante y afianzaba a Indy en nuestra memoria. Así, podríamos decir que estamos ante la peor película de Indiana Jones, pero no por ello ante una mala película de aventuras, teniendo en cuenta la escasa repercusión de gran cantidad de lanzamientos más o menos recientes del género.

Tras largos años maquinando una continuación, proponiendo y desechando guiones, decidiendo el reparto, considerando o desestimando el uso de efectos digitales y llevando todo el proyecto -con prolongadísimos periodos de estancamiento- en una atmósfera de secretismo, el trío Spielberg / Lucas / Ford (alguno con más acierto que los otros en sus acciones), se puso en marcha de nuevo para finalmente ofrecer a lo largo del pasado 2008 la que se convirtió en la cuarta, y hasta ahora última, etapa del mítico personaje. Es bien sabido que a George Lucas le han llovido bastantes críticas desde entonces, fundamentalmente porque de su criterio dependía la redacción del guión, que recayó eventualmente en David Koepp, y que puede calificarse de inconstante, repetitivo, dado a una alternancia poco equilibrada entre la acción y la intriga propia de la saga, carente de originalidad y otra serie de apelativos poco agradecidos. Afortunadamente, Steven Spielberg puede salvar un guión mediocre y hacer de él una cinta entretenida, y así podemos decir que, después de todo, la película es disfrutable aun por los fans más apegados al personaje. Por su parte, Harrison Ford tuvo que aguantar durante bastantes meses, desde que se supo del rodaje, toda clase de apreciaciones sobre las supuestas condiciones casi geriátricas del Dr. Jones, al que con sus buenos 65 años se le cuestionaba la idoneidad del papel de un héroe al que todo el mundo tenía en mente como un ágil y perspicaz aventurero. Por fortuna, la producción ha tenido el buen criterio de no tratar de rejuvenecerle, sino de presentarnos a un Indiana que, si no mejora a su propio antecesor temporal, sí es una digna versión del personaje en su madurez. Al final, el espectador puede comprobar que la edad de Ford no es tan determinante para el desarrollo del film como la gente pensaba, aunque efectivamente el hombre tampoco es que esté ya para demasiados trotes.


De modo que, casi veinte años después de sus anteriores andanzas tras el legendario Santo Grial, nos reencontramos felizmente con el doctor Henry Jones Jr. -Indiana para los amigos- en una situación nada fácil, obligado a cooperar con una patrulla soviética que ha tomado la base secreta americana denominada como Área 51, de la que esperan extraer una reliquia de procedencia alienígena capaz de constituir un elemento desestabilizador contra el enemigo en plena época de la Guerra Fría. Así y todo, Indy logra salir con bien de semejante papeleta (explosión nuclear de por medio incluida), regresando a las aulas de su querida Universidad, aunque será por poco tiempo, pues enseguida se verá perseguido y forzado a acudir en ayuda de un antiguo colaborador, Harold Oxley, quien desapareció en el territorio de Nazca mientras buscaba el mismo cráneo de cristal tras el que precisamente se hallan los rusos, comandados por la calculadora coronel mentalista Irina Spalko.


Sin embargo, Indiana no viajará solo, porque quien le ha puesto sobre la pista de su viejo compañero de profesión es Mutt, un muchacho de aspecto chulesco y motorizado que implora la guía de Jones para encontrar a su madre, asistente de Oxley y también desaparecida. Así comienza un periplo que les llevará desde la tumba del conquistador Francisco de Orellana, en Perú, hasta lo más recóndito de la Amazonia, tras la fabulosa ciudad de Akator, una versión de El Dorado, a donde deben devolver la misteriosa calavera de cristal, de extraños poderes psíquicos y sensoriales, antes de que la irracional Irina se sirva de ella para sus propósitos y los de sus líderes ideológicos. Entre ser capturados por los rusos y escapar de los mismos, pasando por toda clase de avatares, Indiana Jones descubre que su joven acompañante es fruto de su relación, muchos años atrás, con Marion Ravenwood, su partenaire durante la odisea en torno al Arca Perdida.

Para acompañar a Harrison Ford en la nueva entrega de Indiana Jones, el equipo de producción se ha valido de un elenco de actores y actrices largamente cavilado. El malo de la película en esta ocasión es femenino, papel desempeñado por la casi siempre genial Cate Blanchett, que por lo general logra sacar afuera con bastante credibilidad la frialdad que requiere su interpretación de Irina. Se recupera, en un guiño al pasado como tantos otros durante las dos horas de película, a Karen Allen para ocupar el puesto de pareja amorosa de Jones (apartado que en esta ocasión se lleva hasta su última consecuencia). Sin embargo, se quedan por el camino otros grandes contribuyentes al éxito de la saga, como el torpe y singular Marcus Brody y también el formidable personaje de Henry Jones -padre-, con el que Sean Connery nos hizo pasar tan buenos ratos en la aventura anterior (el rápido apunte sobre su fallecimiento durante los breves fotogramas que nos muestran sus retratos en el escritorio de Indy dan por concluída su participación). La nueva incorporación, pretendido sucesor de Indiana, es el no muy conocido Shia LaBeouf (Transformers): un chaval al que personalmente veo poco convincente durante su homenaje al Marlon Brando y James Dean de la época, que quizá mejora algo según avanzan los minutos de película, pero que sigue dejándome bastante impasible después de todo. Tal vez se deba a que se aprecia una falta de conexión importante entre padre e hijo en la ficción; o al menos no existe la química que si hubo entre Ford y Connery mientras ejecutaban ese mismo papel. Por lo demás, algunos secundarios que al final se revelan poco trascendentes: como el profesor Oxley (John Hurt) afectado casi todo el tiempo por su locura transitoria y Ray Winston como Mac, personaje chaquetero que poco aporta al desenlace.


La película rescata continuamente tópicos propios de la saga, de manera que no se entiende tanta dificultad de Lucas para dar con el guión apropiado, pues en vez de propiciar un golpe de efecto y sorprender al espectador, recurre a clichés ya vistos con anterioridad (que, aunque naturalmente gustan al seguidor de Indy desde sus primeros tiempos, pueden decepcionar si no se incorpora algún elemento innovador en una producción por la que se ha estado esperando tanto). Este y otros aspectos hacen que la cinta pierda parte de su encanto. Las escenas de acción prácticamente se limitan a las típicas persecuciones, no tan logradas como antaño (destacan básicamente dos, en este caso en moto por la ciudad y en jeep por la jungla). El factor misterio/enigma y las búsquedas se atropellan, pierden profundidad y no siempre están bien explicadas. Digamos que falta ese elemento arqueológico tan característico de las aventuras previas, aunque por supuesto sigue estando presente la reliquia anhelada por todos, en este caso, un cráneo de cristal dotado de un magnetismo 'selectivo'. Se vuelve a utilizar un personaje básicamente para situarle como cebo aleccionador de la codicia, y el duelo de humor e ironía entre padre e hijo que se trata de copiar nuevamente no alcanza el resultado deseado. Las pocas aportaciones 'originales' que trae este último episodio no son lo suficientemente significativas para justificar los años que ha tardado en fraguarse: los agentes del comunismo emergente reemplazan a los -hasta ahora- omnipresentes nazis, mientras que se introduce el elemento alienígena, aunque por suerte sólo se desprende del guiño inicial sobre el incidente Roswell y durante la parte final de la película (para mi gusto, prefiero a un Indy a la caza de tesoros arqueológicos o de grandes hallazgos míticos de la humanidad, como el que se postuló largamente como posible nuevo argumento, la búsqueda de la Atlántida, a raíz de la aceptación que cosechó la aventura gráfica basada en el personaje).

Cuestión aparte es la de las incongruencias históricas que tanto han dado que hablar a la crítica, como la asociación de costumbres fuera de lugar sobre territorios a los que no pertenecen (las supuestas rancheras mexicanas o las vestimentas peruanas, así como el hábito de efectuar deformaciones craneanas entre los indígenas de la región) o la más grave imprecisión geográfica que confunde las culturas mesoamericanas de los Mayas y su arquitectura con las de los Incas, trasladándolas miles de kilómetros al sur de su ámbito de expansión real. Habría muchos más ejemplos que poner (existen relaciones exhaustivas de ellos en la red), pero yo no voy a ahondar en ese aspecto, ya que hasta cierto punto considero entendible que un largometraje de aventuras y entretenimiento puro y duro se tome este tipo de licencias, a las que por otra parte ya estamos más que acostumbrados, y disponga de elementos de aquí y allá para confeccionar un argumento a su medida. No obstante, y puestos a servirse de una serie de referencias historiográficas, ¿tan difícil es realizar un estudio mínimamente riguroso de la documentación necesaria para producir un material un poco más fidedigno con la realidad histórica y adaptarlo en la medida de lo posible a un film de estas características? ¿Acaso esto va a acarrear una merma del disfrute que pueda obtener el espectador? Yo no lo creo.

Ya he apuntado antes que la película está plagada de alusiones a sus predecesoras, hasta el grado de que a ratos luce más por ese tipo de homenajes al pasado, apelando al factor nostálgico, que por la propia acción presente. El más evidente es la inclusión de Marion Ravenwood en el reparto (mejor que la gritona Willie, de El templo maldito, qué duda cabe...) o la ya mencionada tensión humorística padre/hijo. Otras escenas tampoco pasan desapercibidas: el pavor de Jones hacia las serpientes, por ejemplo, la sempiterna sala plagada de riquezas arqueológicas, o la fugaz aparición, por quedar al descubierto, del Arca de la Alianza en una de las cajas que se hallaban custodiadas en el almacén del Área 51. Incluso la banda sonora, a cargo de John Williams, aparte obviamente del tema clásico de Indiana Jones, parece hacerse eco de pequeños fragmentos de las tres primeras producciones. También hay secuencias que recuerdan a otras cintas de aventuras más recientes, como La Momia, ese émulo del Indiana más clásico.

Hay que decir que, por fortuna, las técnicas de efectos especiales, hoy día casi temidas, no acaparan demasiado la proyección, aunque algunas 'canten' visiblemente. Probablemente se deba a la decisión de Lucas y Spielberg de optar por un estilo de rodaje similar al mantenido durante la saga. En todo caso, hay un par de escenas que destacan por su simbolismo: por un lado, la que recorta la silueta del héroe contra la seta anaranjada de la explosión nuclear (omitamos la sobrada del refrigerador); por otro, la de los furgones de los agentes rusos abriéndose paso por la selva y arrasando todo lo que se interpone en su camino. Secuencias ambas que introducen con asombro a nuestro querido y ajado Indy en la época moderna, donde peligros palpables como la amenaza atómica o la deforestación del Amazonas son difícilmente combatibles a fuerza de látigo y puños.


Vamos a finalizar dándole al doctor Jones tregua para una futura quinta parte, en la que Harrison Ford bien podría desempeñar, frente a LaBeouf o cualquier otro, una última aparición semejante a la que en su día ofreció Connery. La secuencia final (no muy de mi agrado y que no revelaré de forma expresa a instancias de no reventarle a nadie esa sorpresa si aún no ha visto el film) nos lleva a pensar que le ha llegado el descanso del guerrero, aunque el hecho de volver a ceñirse su sombrero de ala, en un acto que parece representar cómo le arrebata el testigo a su propio hijo, pueda desdecir esta idea y transmitirnos que queda Indy para rato.

No pensemos que sólo Indiana Jones se ha hecho mayor. También nosotros hemos crecido y nuestra apreciación de este tipo de películas es diferente a la que teníamos hace años. Pero aún así, esta es una nueva aventura bastante entretenida, en la que Ford consigue sostener al personaje en pie defendiendo perfectamente su papel: un Indy entrado en años de cuyas primeras historias también podemos disfrutar gracias a esa edición especial en DVD que salió hace un tiempo, a las que -supongo- no tardará en unirse esta cuarta parte.

8 comentarios:

David. dijo...

Hmm, pues reconociendo que tanto La Última Cruzada (sobre todo) como El Arca Perdida son mucho mejores, a mí también me entretuvo mucho esta entrega de la saga (¿la última?). De hecho diría que es mejor que la segunda, la del templo maldito, que no me llegó mucho.

Por otra parte, estoy totalmente de acuerdo contigo en que al transcurrir el tiempo se las va respetando más, a ver lo que se dice de esta última entrega dentro de quince años.

Saludos.

Jolan dijo...

Pues supongo que dentro de 15 años nos estaremos quejando del sucedáneo de Indiana Jones que exista por entonces y poniendo a estas, incluida la 4ª, en el olimpo del cine de aventuras, jeje. Saludos.

Pedro dijo...

Pues mi favorita siempre ha sido el Templo Maldito, por múltiples y variadas razones. Y en último lugar la Cruzada, en fin cuestión de gustos.

Anónimo dijo...

Como bien comentas, en el guión abundan la reiteración de escenas ya vistas en otras películas: trampas en templos, persecuciones, insectos, indígenas, etc etc. Además también se auto-homenajean constantemente con numerosas referencias a las anteriores entregas… pero el resultado final, para mi, es MUY flojo.

El hijo de Indy es cansino y bastante molesto, y algunas escenas de acción como el citado cansino deslizándose por las lianas, o el coche que rebota en la palmera hacen que uno sienta vergüenza ajena mientras las visiona. Lejos quedan otras “exageraciones” de anteriores entregas, igual de irreales, pero mucho más elegantes.

Y por otro lado el guión roza lo estúpido, ojala hubieran recurrido a la Atlántida, en vez de la TAN trillada “marcianos que vinieron hace tiempo y dejaron rastros en anteriores civilizaciones”. Lo único que me gustó fue el nuevo contexto histórico en el que se tenía que mover el personaje, esbozado más que desarrollado durante la película.
Podía haber sido una gran producción de aventuras para estos tiempos, y se ha quedado en un subproducto lleno de tópicos, completamente estandarizado, que no arriesga y que desluce la saga (para aquellos que la adquieran en un futuro pack).

Jolan dijo...

Pedro:
A mi El Templo Maldito me parece muy entretenida y tiene escenas míticas de la saga, como las famosas vagonetas de la mina. Pero el chinito me sacaba un poco de los nervios ("¡Mucho divertido, sr. Jones!") :S

Sin embargo, la Última Cruzada me pareció redonda, y el papel de Connery me encantó. :)

Saludos!

Jolan dijo...

Anónimo:
Estoy seguro que el guión basado en la búsqueda de la Atlántida, como los seguidores de Indy propusimos durante tanto tiempo, habría dado mucho más de si.

Yo tampoco veo al LaBeouf como el futuro Indy...

Saludos!

Pedro dijo...

Siempre suelo contar lo mismo, pero ahí va otra vez:

Desde mi punto de vista el Templo es la única en la que Indiana es Indiana al 100%. Se supone que es un tipo que va por el mundo viviendo mil y una aventura a su aire (con este personaje nos remiten al ideal adolescente que todos hemos tenido, el que vive sin dar explicaciones al mundo de forma impulsiva y en un entorno ajeno, en el que no te conocen y en que por tanto no hay control perental), si nos fijamos tanto en el Arca como en la Cruzada aparecen los mismos elementos, la universidad, los nazis, los personajes secundarios, las referencias paternas, etc... sin embargo en el Templo no hay concesiones, es aventura a tope, sin contextos y sin explicaciones. Además tiene un comienzo absolutamente antólógico, que a mí, como viejo lector de tebeos me retrotrae a la mejor tradición de los comics de aventuras de los años treinta y cuarenta (Terry y los piratas y compañía).

Siempre me ha parecido que queda un poco a contrapié de las otras, y, si nos fijamos, en realidad es anterior al Arca, por lo que nos remite al pasado mítico del personaje, antes de que se enredara en asuntos familiares e ideológicos (vease nazis, comunistas...).

Una pena que no explorara más esa vía.

Jolan dijo...

Pues razón no te falta en que lo bueno del Templo es que no mete al archienemigo tipo nazis/comunistas, y que es aventura sin concesiones.

Pero a mi el rollo parental de la Cruzada no me disgustó en absoluto; aportaba otra visión del héroe, como hijo, que funcionaba muy bien. :)

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