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domingo, 19 de mayo de 2013

Max y Moritz: Una historieta en siete travesuras

¡Una pareja infernal dispuesta a sembrar el mal!

Este es el provocador alegato que, a guisa de alarma, nos previene contra las trastadas de los protagonistas de la pequeña historieta gráfica con forma de cuento en verso que edita Impedimenta dentro de su colección El Mapa del Tesoro. Max y Moritz, del alemán Wilhelm Busch, no es el primer libro ilustrado de esta misma editorial que comento por aquí, pero es que con las joyitas que preparan, sería raro rechazar la oferta de leerlas.

Inexplicablemente inédita en nuestro país hasta hace bien poco, gracias a la susodicha casa, esta escueta pero chispeante obra del s. XIX es de sobra conocida en Alemania, de donde es oriunda, al igual que en otros estados germanófonos como Austria y Suiza, hasta tal punto que varias de sus rimas y expresiones han pasado de manera natural a integrarse en el acervo popular de esas regiones en la modalidad de refranes y dichos de uso común. En España, por el contrario, ha permanecido como una publicación casi anónima hasta su reciente y afortunada aparición, probablemente debido a la dificultad añadida de una traducción satisfactoria que reflejase sus peculiaridades más genuinas.


Su autor, Wilhelm Busch (1832-1908), hoy una reconocida figura de la literatura germana, cultivado escritor y poeta humorístico, volcó sus aspiraciones frustradas como pintor (tras haber pasado por las Academias de Bellas Artes de Amberes y de Munich) en diversos trabajos de ilustración para los medios periodísticos, de los que él mismo era el crítico más severo, pues parece ser que nunca valoró lo suficiente esta faceta profesional, que consideraba un mero pasatiempo con el que ir tirando. Al más puro estilo Hermanos Grimm, fue haciendo acopio de material referido a cuentos y sagas populares sobre los que estampar su visión junto a una serie de pequeños poemas de contenido moralizante. Y en 1865, en el periódico Münchner Bilderbogen, dio a conocer a un par de pilluelos que acabarían convirtiéndose en una de las parejas más gamberras y ocurrentes de la caricatura, precursores de la tira de cómic en viñetas.

Max y Moritz, Una historieta en siete travesuras está contemplado como una narración burlona que se estructura en ese mismo número de capítulos, acotados por un prólogo y un epílogo, cada uno de los cuales describe con versos brillantemente rimados las distintas correrías que perpetran estos dos granujas. Entre estrofas encontramos a su vez los dibujos a color que reflejan estas crueles peripecias, siempre con funesto resultado para alguien. No voy a destriparos sus diabluras porque -como se intuye por las 72 páginas que las contienen- el libro se lee en dos patadas, ni media hora siquiera. Pero baste con decir que en estas travesuras (que comprenden las dos partes de la viuda, la del sastre, del maestro, del tío, del pastelero y del labrador) se pasan tres pueblos en su afán por apropiarse de lo ajeno, reirse de quienes les rodean o simplemente incordiar a sus parientes. Por si os queda alguna duda, os pongo la primera faena de este par diabólico que podéis leer aquí mismo o descargaros:



Es importante recalcar el alcance de las ilustraciones que enmarcan la obra, con las que el artista obtendría al cabo de los años un reconocimento y celebridad notables. A ese trazo onomatopéyico y al color tan de época, que recuerdan a las tiras dominicales, les debemos una innegable influencia sobre el devenir del cómic. Aunque siempre se evoque al suizo Rodolphe Töpffer como padre de la historieta moderna, no es en absoluto desdeñable la contribución de Busch al nacimiento del género y su efecto en el desarrollo de éste sobre las páginas de prensa en las tiras cómicas estadounidenses y europeas.


De hecho, los canallescos personajes de estas aventuras humorísticas en rima nos traen a la memoria irremediablemente a otros dúos de corte similar pertenecientes ya de pleno al soporte del tebeo, como Quick y Flupke, los famosos ketjes de Hergé (apostaría a que el autor belga se inspiró en Max y Moritz para dar vida a sus propios pícaros callejeros, aunque no tenga datos contrastados como para afirmarlo) o, sin necesidad de ir más lejos, a Zipi y Zape de Escobar dentro de nuestras propias fronteras, que igual podrían pasar perfectamente como la adaptación de sus homólogos germanos con más de un siglo de edad, casualmente también el uno moreno y el otro rubio. El mensaje a transmitir, nos fijemos en una pareja u otra, siempre es el mismo: el que la hace, la paga... o dicho de otro modo, si no te adaptas a la sociedad, ésta se encargará de quitarte de en medio.


Es un auténtico placer contar con una edición tan cuidada como la que ha elaborado Impedimenta para disfrutar de esta primorosa obrita. Y hay que empezar destacando sobre todo la traducción (la verdad es que la editorial se curra siempre enormemente ese aspecto), en este caso del alemán a cargo de Victor Canicio. Componer las siete historietas en verso respetando al máximo el texto original, manteniendo las rimas con una precisión y simetría fabulosas, y encima dotándolas en castellano de un sentido tan agudo y jocoso ha tenido que suponer un esfuerzo ímprobo que sólo puede ser calificado de ejemplar. Honestamente, dudo que se pudiera haber hecho mejor.

Por lo demás, ya digo que es uno de esos volúmenes que da gusto tener sobre las manos por su exquisita textura y la calidad en el tratamiento de las ilustraciones a color, que justifica la primacía del formato papel frente al e-book para determinadas publicaciones. La portada es en rústica con solapas, respaldada por varias guardas sucesivas en color sepia, tanto anteriores como posteriores, grabadas con algunas escenas del interior en blanco y negro. Por si fuera poco, nos ofrecen un cuento en doce viñetas de propina justo al final. No sé cómo serán las tiradas en otros idiomas, pero la que ha logrado la editorial para el nuestro es sencillamente magnífica. Vamos, una cucada.


No os dejéis engañar por su pinta figuradamente infantil, por más que esta obra sea considerada un gran clásico de los libros para niños, ya que tras la fachada chistosa de sus ilustraciones y su formato en apariencia sencillo se esconde una lectura de ironía y humor negro que, al estar escrita en verso, no es lo que se dice asequible para críos muy pequeños, que serán incapaces de entender el texto y captar sus sutilezas. Con todo, se delata como un estupendo y apetecible regalo para los pequeños de la casa que empiezan a dejar de serlo tanto y a darse cuenta de las cosas que ocurren en sus lecturas.


En fin, Max y Moritz es una pequeña sorpresa divertidísima y mordaz para jóvenes y grandes que me ha encantado, a pesar de su acusada brevedad, y que ahora goza de una edición inmejorable que no debe pasar desapercibida. Contentará por igual a amantes de las rimas ingeniosas, de la ilustración, del cómic, de las aventuras alocadas y del humor.

Muy agradecido a la editorial por hacerme llegar un ejemplar para su lectura y para poder realizar este artículo, con la intercesión, como otras veces, de La Espada en la Tinta.

Calificación:

martes, 19 de marzo de 2013

¡Abajo el colejio!

Lejos de pretender pegarle una patada al diccionario con la soflama que encabeza el título de esta entrada, lo que quiero anunciaros con ella es una entretenida obra –a la que ya se atribuye la etiqueta de clásico– de la literatura ilustrada anglosajona del siglo pasado. En ¡Abajo el colejio!, de Geoffrey Willans, con los dibujos de Ronald Searle, se nos muestra lo que vendría a ser la versión inglesa del entrañable personaje creado por el dúo Goscinny/Sempé por todos conocido, cuyo desvergonzado sentido del humor proviene en este caso del colegial Nigel Molesworth y las anécdotas que vive durante su estancia en el estricto internado escolar de San Custodio.

Esta breve novela en forma de "guía didáctica", que se publica por fin en nuestro país gracias a Impedimenta, constituye la primera entrega (de cuatro) en el que los autores presentan las aventuras de Molesworth bajo un formato curioso y divertido, donde la nota característica es que, escrito por este vándalo estudiante, está plagado de faltas de ortografía y de comentarios irreverentes que harían sonrojar incluso al pequeño Nicolás.

Tareas de la jornada del direztor - 10:00h. Descanso:
Ordenar a algún chico que le enseñe el culo y darse un gusto azotándolo.


Extraído de la sinopsis facilitada por la editorial:
«Nigel Molesworth es un estudiante maléfico que vive interno en el Colegio de San Custodio, que tiene solo 62 alumnos y que, según Nigel, «fue construido por un lunático en 1836». Nada escapa a su ojo clínico, y suele encontrar poco tiempo para tostones como la biología o la poesía. Prefiere, sin embargo, saltarse las clases o hacer gamberradas con Peason, su mejor amigo, con quien protagoniza frecuentes expediciones interplanetarias, con Fotherington-Tomas, el tonto del grupo, o con Molesworth-2, su hermano pequeño, al que zurra en cuanto tiene ocasión.»

¡Abajo el colejio! Un manual de instrucciones para la vida escolar destinado a los alumnos y sus padres. Escrito por Geoffrey Willans. Ilustrado por Ronald Searle. Traducido por Jon Bilbao. Impedimenta (febrero de 2013). Rústica. 112 paginas. 15,95€.

Descargar el primer capítulo en PDF.


Si queréis conocer más sobre esta divertida sátira descarada, sólo tenéis que seguir el siguiente enlace y leer la reseña completa en La Espada en la Tinta. Como siempre, agradecer a Impedimenta su amabilidad por la cesión del presente volumen para poder elaborar la misma.

jueves, 14 de febrero de 2013

La Mecánica del Corazón

Por ser el día en el que estamos, hoy voy a rendirme un poco a mi vena sensiblera hablando de una obra que había visto innumerables veces en las librerías y me llamaba bastante la atención, pero que no fue hasta hace bien poco que he decidido leer. La mecánica del corazón se trata de una novelita corta y curiosa del francés Mathias Malzieu, natural de Montpellier, que además de escritor, es compositor y cantante de la banda Dionysos. En su faceta como autor literario ha lanzado —que yo tenga constancia— una media docena de títulos, de los cuales destaca una trilogía de corte entre fantástico y romántico-afectivo a la que pertenece este libro (sin duda su publicación más popular), aunque tengo entendido que estos volúmenes no se hayan del todo relacionados entre sí.

Una vez expuesta su autoría, os cuento brevemente lo que me ha parecido esta historia que viene envuelta en una intachable edición por parte de Mondadori, con una bella sobrecubierta de letras en relieve y las sugerentes ilustraciones de portada de B. Lacombe. Cuando uno le da la vuelta y lee así de golpe la sinopsis, la percepción más inmediata, seguramente realzada por los dibujos que la revisten y hasta por un cierto rollito steampunk, es la de estar ante una lectura a lo Dickens y de tintes burtonianos. Pero el símil es más bien equivocado, a pesar de que la narración resulte tremendamente visual (porque, de hecho, Malzieu detesta la comparación, que sin duda ha tenido que oír más de una vez, con el gótico estilo del director americano).

En realidad, La mecánica del corazón es un pequeño cuento metafórico sobre el amor, o más bien del desamor, y los sentimientos tormentosos que ocasiona su búsqueda; un relato poético acerca de esa sensación de química electrizante pero a veces malsana, que no siempre se identifica con los cánones idílicos de la atracción mutua. Sin embargo, tal como yo la he ententido, es también una historia especial sobre aquellos que son diferentes y luchan para dar la vuelta a una situación que tienen del todo en su contra.

Edimburgo, 1874. Es la noche más fría del invierno que se conoce en mucho tiempo y una mujer alumbra, en una vieja casa sobre la colina apodada Arthur's Seat, a un niñito que nace con el corazón helado. La partera, Madeleine —una suerte de bruja generosa, doctora y reparalotodo— se hace cargo del pequeño Jack y le implanta como corazón un minúsculo reloj de cuco que servirá para mantenerle con vida, siempre y cuando tenga presentes una serie de advertencias:

- No toques las agujas.
- Domina tu cólera.
- No te enamores nunca.

La supervivencia de Jack depende de acatar estas reglas. Pero el día en el que, a los diez años, desciende por primera vez a la ciudad, queda prendado de una jovencísima cantante que actúa en las calles. Por volver a verla, el chico hará todo cuanto esté en su mano, aún sabiendo que así desoye las recomendaciones de Madeleine acerca de su débil corazón: apuntarse a la escuela, sufrir la incomprensión y el desprecio de los demás e incluso partir en busca de la chica cruzando media Europa hasta arribar a las costas del sur de España, encontrando unos acompañantes muy particulares por el camino. Y finalmente Miss Acacia, su pequeña cantante, aparecerá ante él. Pero el viaje de Jack no ha hecho más que comenzar, porque tiene por delante la parte más difícil: conquistar a su amada, que accede a la llave que pone en marcha los engranajes de su corazón.

A ritmo de tic-tac, a esta narración (que posee cierta cuota de fantasía pero también esconde un punto de realidad brutal) le ha faltado algo para terminar de engancharme del todo y para que la entienda como una obra tan meritoria como la crítica proclama. La verdad es que se trata de una lectura bastante ágil, que no aburre ni se hace pesada en general (en buena medida por su breve extensión), salvando algunos fragmentos insistentemente melosos. El estilo del autor es sencillo, pero a ratos en exceso melifluo. Y me temo que, para mi gusto, es una historia más almibarada de lo que soy capaz de asimilar; con un buen montón de consignas sentenciosas que pueden llegar a saturar un poco.

Sin liarme a desvelar detalles sobre el argumento, no sé si ha llegado a convencerme especialmente el vínculo amoroso que mantienen el acomplejado Little Jack y su ansiada Miss Acacia, a mi juicio con un deje un tanto enfermizo. Culpa de ello es que los protagonistas no han contado lo suficiente con mis simpatías: tanto el personaje de Jack (que, por cierto, parece descrito a semejanza física del escritor), como su miope partenaire femenina no acaban de ganarse mi interés, y me resultan hasta desquiciantes y obsesivos. Por el contrario, me han cautivado mucho más los secundarios: la admirable Madeleine (cuya historia me parece enormemente enternecedora), las prostitutas Anna y Luna, el borracho Arthur, el matón de barrio Joe... toda una panda de perdedores que se ve completada por dos extras de lujo: el psicópata Jack el Destripador, durante un inquietante cameo, y el cineasta, en ciernes durante el desarrollo de esta trama, Georges Méliès (que seguro a muchos ya os suena aunque sólo sea por la reciente peli de Scorsese).

En relación a este último, que adquiere más trascendencia en el relato de lo que insinua inicialmente su papel, la verdad es que sus episodios forman parte de lo mejor del libro. No me he dedicado a cotejarlo punto por punto, pero presumo que buena parte de los datos que se refieren al joven Méliès tienen el grado de biográficos. Desconozco si realmente viajó en algún momento de su vida hasta Andalucía, pero sí aparecen mencionados expresamente algunos de sus proyectos cinematográficos —o de imagen en movimiento, como él mismo define— de sobra conocidos, así como la que sería su futura esposa y la famosa tiendecita de juguetes de Montparnasse.

Además de la intervención del célebre y extravagante ilusionista francés, debo admitir que también disfruté con algunos pasajes concretos, en especial con la parte que se desarrolla en tierras escocesas (bastante más que con los capítulos que tienen lugar en el Extraordinarium de Granada), al igual que con los diálogos entre Jack y Joe, tanto los de la niñez como en su encuentro siendo adultos.

No perdéis nada por echarle un vistazo a este libro, que en seguida os entrará por los ojos gracias a la calidad de la edición. Ahora bien, pese a lo que pueda parecer, no lo veo en absoluto apropiado para niños. Es muy cortito y se lee en un par de tardes, y los aspectos positivos compensan las vueltas y revueltas que el autor se trae con los machacones devaneos alegóricos del reloj-corazón.

Justamente una de las grabaciones del grupo de Mathias Malzieu lleva por título el mismo que ostenta la novela, así que es de suponer que sus temas deben de hacerse un constante eco del argumento, para aquellos que queráis profundizar en el cu-cú de Jack. Aunque yo no los he escuchado, algo me dice que ese "love is dangerous for your tiny heart" debe de colarse entre los acordes de este disco. Por otra parte, existe un proyecto de adaptación en forma de largometraje animado que está siendo actualmente dirigido por Luc Besson, con la participación activa del ilustrador Joann Sfar.

Como dije más arriba, hay otras dos entregas del cantante-escritor que parecen seguir el mismo patrón de este best-seller, si bien han tenido una menor repercusión editorial: La alargada sombra del amor y Metamorfosis en el cielo. Todas se encuentran disponibles desde este mes en formato de bolsillo. Además, su próxima novela, Le plus petit baiser jamais recensé (El beso más pequeño jamás registrado) aparecerá a la venta el 20 de marzo de 2013.

Como ya he cedido este año al embrujo de Cupido y me he dejado llevar por el artificioso espíritu de San Valentín, supongo que debo rematar la entrada de hoy como se merece; que no se diga, ejem... Te quiero... pero eso tú ya lo sabes: no necesito de estas trampas de calendario para declarártelo, porque lo hago a diario. Gracias por todos estos años juntos que me has concedido y por los que vendrán.

Calificación:

viernes, 29 de junio de 2012

El joven vendedor y el estilo de vida fluido


«Una novela generacional, melancólicamente humorística, que huye de la solemnidad y evoluciona entre la ironía y una encantadora ingenuidad.»

El joven vendedor y el estilo de vida fluido es la última novela publicada de Fernando San Basilio (Madrid, 1970) para la editorial Impedimenta. En ella se narra un día completo en la vida de Israel, un joven confundido e insatisfecho, que trabaja dentro de un popular centro comercial, y tiene que hacer frente a las indecisiones propias de su edad y de este tiempo que le ha tocado vivir. Gracias a un libro que acaba de sacar de la biblioteca, El estilo de vida fluido de Archibald Bloomfield, Israel cree haber encontrado la solución a todos sus problemas y la clave para allanar el camino de su futuro.

Sinopsis facilitada por la editorial:
Israel trabaja en un corner de una tienda empotrada en otra tienda situada en la planta baja del centro comercial La Vaguada. Antes era un soñador y tenía la cabeza llena de pájaros y de romanticismo, pero ahora, después de haber leído un libro de autoayuda que le ha prometido que será mejor persona, ha adoptado un estilo de vida fluido. Preso de un destino que lo aboca al nihilismo, Israel, como todo buen antihéroe, deberá enfrentarse a su propia destrucción. En un recorrido frenético, febril y trepidante, que parece haber sido sacado del capítulo del descenso a los infiernos del Ulises de Joyce, y que se desarrolla también en un solo y enloquecido día, el centro comercial (espejo de la realidad entera) se convierte en nuestro patio de juegos moderno, donde todo se consigue y todo transcurre, y en una metáfora perfecta del mundo.


Podéis leer la reseña que he realizado de esta novela para La Espada en la Tinta con una opinión más a fondo de la misma, a través del siguiente enlace.



Además, un avance de 14 páginas del libro está disponible en PDF.

Os dejo asimismo con el booktrailer de la obra:




Mi agradecimiento a Impedimenta por la cesión del ejemplar para su lectura. ¡También al capitán de barco Loren, de La Espada en la Tinta, por su invitación para enrolarme entre su gran tripulación!

lunes, 21 de mayo de 2012

La carretera (The road)

Si algún día se produce el fin del mundo como lo conocemos ahora y el colapso de nuestra sociedad (y al paso que va la burra, nadie se extrañaría de que eso pudiera ser fácilmente mañana o pasado) yo me lo imagino tal como nos lo pinta Cormac McCarthy. Porque este no es un relato post-apocalíptico más de tantos, centrado en un cataclismo de proporciones planetarias, una amenaza alienígena desconocida, o un virus letal que diezma a la población y la transforma en vete a saber qué horrible nueva especie. Sin detraer el éxito y el atractivo morboso que sentimos por ese tipo de historias -siempre más ficticias que reales- y que todos ya conocemos de la literatura y el cine, lo verdaderamente impactante de La carretera es precisamente su verosimilitud; y esa fuerza de ser tan creíble es lo que la vuelve una narración llena de tensión, devastadora y escalofriante como pocas en su género. Una advertencia como premisa a quien se adentre en esta corta novela (ganadora del premio Pulitzer en 2007) que me parece importante resaltar, es que no se trata de la lectura más recomendable en una época de bajón, ya que te deja tocado y, desde luego, si no te afecta y remueve algo en tu interior es porque pocas cosas pueden hacerlo realmente.

La carretera cuenta la historia de un padre y su hijo que recorren el territorio impreciso de alguna parte de los EE.UU. tras una catástrofe global que ha reducido la superficie del mundo a un estado cadáver; un lugar donde ya no hay esperanza alguna y en el que los pocos supervivientes subsisten como alimañas alimentándose de los restos de la sociedad extinta e incluso entregados al canibalismo con tal de satisfacer sus instintos más primarios. Hombre y niño se dirigen hacia el sur, a la costa, empujando un carrito de supermercado con sus escasas pertenencias, no porque allí esperen encontrar nada mejor, sino para evitar el peligro más inminente y tratar de alejarse de un frío atenazador que a cada día que pasa se hace más intenso. El frío, la oscuridad que lo cubre todo y el hambre, siempre el hambre. Porque la comida, desaparecidas toda forma de vida animal y la totalidad de los cultivos desde hace años, es más que una mera necesidad: es el eje en torno al que gira todo para agarrarse un día más, unas horas más, a una existencia insustancial y yerma. No hay motivos para seguir avanzando por la carretera (transitada ahora por peligrosas bandas de personas que han perdido todo atisbo de humanidad) y el desolado paraje que la rodea, testigo mudo y severo de las cicatrices del mundo desaparecido, salvo el amor del padre por el chico, el impulso de mantenerle a salvo, de protegerle y no dejar que nadie le haga daño. Ese es su trabajo; su única creencia.

Dejemos claro desde el principio que poco tiene que ver esta obra con aquellas a las que tentadoramente podríamos atribuirles un corte similar, ya sea en el campo de las letras, como La guerra de los mundos, de H. G. Wells, como del séptimo arte (aquí tenemos innumerables ejemplos entre los que escoger, dada la proliferación de películas de género apocalíptico en los últimos años, la mayoría de ellas bochornosas) e incluso del cómic y la televisión, como la más reciente The Walking Dead. Quizás me azora un poco la comparación con esta última cita, aunque ambas obras tengan en común el enfoque sobre las relaciones humanas en una situación límite y el hecho de que no sea importante para la historia aclarar el origen de la catástrofe. Porque, efectivamente, aunque se intuye la raíz del desastre en algún tipo de incidente nuclear con brutales repercusiones a escala mundial, no quedan expresamente indicadas las circunstancias de éste. Ni falta que hace, la verdad. Naturalmente el escenario es fundamental para dar sentido a lo que McCarthy nos cuenta, y los detalles más espeluznantes y sobrecogedores, no por sugeridos y a menudo descritos de soslayo, son menos atroces. Pero principalmente estamos ante una reflexión acerca de la condición humana, sobre el olvido o la conservación de los valores más inherentes al ser humano frente a una realidad demoledora que, por otra parte, es perfectamente probable que llegara a darse.


Por lo visto, no es Cormac McCarthy un tipo que se prodigue mucho en medios y entrevistas. Ni siquiera la obtención del Pulitzer parece haber modificado demasiado la rutina de este estadounidense nacido en 1933 de pasado turbio y casi desconocido, también autor de títulos como Todos los hermosos caballos o No es país para viejos, llevadas ambas a la gran pantalla, al igual que la obra que nos ocupa (luego comentaré algo sobre su adaptación cinematográfica). Por el momento, La carretera es lo único que he leído de él, pero dentro de que posee un estilo muy peculiar y nada convencional (que le ha valido la insistente comparativa con Faulkner y Melville), supongo que no apto para cualquiera, pues no siempre resulta fácil de leer, me ha parecido una obra magistral, y eso en poco más de 200 páginas.

Hay una tendencia en este libro a la sobriedad, más que por el vocabulario por la forma de exposición, un tanto espartana y en el que la puntuación y la ausencia de guiones de diálogo descoloca un poco al principio. Por ejemplo, los diálogos paterno-filiales, que se alternan con silencios sombríos, aunque cargados de una mezcla de inquietud y emoción tremendas, caen en una permanente concisión y laconismo (imagino que intencionada por el autor, como si hasta el hablar ya consistiese en una noción ajena a ese mundo vacío y desesperanzador). Su prosa funciona con imágenes, a veces en una sóla línea, que se encadenan por un abuso constante de la conjunción copulativa, pero tan terribles y rotundas que se quedan grabadas a fuego en nuestra memoria, dándole ese carácter perdurable por encima de la experiencia de su lectura que sólo consiguen los grandes. El texto no se divide en capítulos, sino que está formado por párrafos cortos que refieren el avance de padre e hijo (no conocemos siquiera sus nombres) como en un peregrinaje funesto, así como la inquietud y persistente estado de alerta que acosan el pensamiento del primero. Sólo en ocasiones se detiene para mostrarnos en flashback trances muy concretos, especialmente en lo que concierne a la madre antes y durante los primeros tiempos del desastre hasta su definitivo abandono (no es un secreto, desde el mismo comienzo, que ésta decide quitarse la vida antes de emprender la marcha).

Las descripciones de McCarthy se alternan entre lo desgarrador y lo emotivo. De un lado, la interminable carretera que parece no tener fin porque ya no conduce a ninguna parte, cruzando poblaciones cuyos nombres ni tiene significado indicar. Las ruinas y los edificios destrozados de las ciudades, cables retorcidos y cosas que antaño tuvieron importancia, hoy basura, tirados por cualquier parte, despojos momificados de personas dentro de sus coches, de plantas y animales, casas saqueadas hasta lo indecible y abandonadas, todo cubierto por una perenne capa de ceniza fría y gris. Troncos calcinados de bosques enteros que se desploman poco a poco, a medida que sus raíces muertas ceden, bajo un cielo plomizo que apenas deja traspasar una luz mortecina desde el amanecer hasta el ocaso. Son las marcas de la violencia que sigue al caos. Y después, el silencio más total. Pero entre tanta devastación y los más horribles estragos, el autor también nos relata, como en un hálito que deja un resquicio para la mínima ilusión, momentos conmovedores que suponen un alivio en el triste deambular de padre e hijo; desde encontrar una lata de coca-cola olvidada en una vieja máquina expendedora o unas cuantas manzanas medio podridas bajo la ceniza, al hallazgo de un refugio con víveres, volver a darse un baño con agua caliente y otras débiles huellas del mundo anterior que mitigan levemente la  pesarosa travesía de hombre y niño.

Con un argumento así, necesitas creer que las cosas les tienen que acabar saliendo bien a sus únicos personajes, sobre todo porque en su camino apenas se tropiezan con un puñado de personas de vez en cuando. Pero eso sí, cada vez que tiene lugar uno de esos encuentros, o que vislumbran en la lejanía cómo alguien se acerca o se introducen en alguno de los caserones abandonados que jalonan la carretera, se te pone el corazón en un puño. Son momentos de angustia que se viven con una intensidad e impresión de espanto tremendas. De hecho, hay tres o cuatro escenas en la trama (no todas reflejadas en la película, por cierto, entiendo que por la dureza de su contenido) particularmente terroríficas e inquietantes.

Pero sin duda lo que más me ha impactado de La carretera es el mensaje que transmite y su brutal sentido de realidad. Que el padre no pueda disfrazar a los ojos del niño el horror de esta nueva forma de existir, la única que el pequeño ha conocido, ni los estigmas de la destrucción absoluta (por ejemplo, cada vez que hallan los cuerpos de gente suicidada largo tiempo atrás) es una de las cosas más terribles que les podría suceder; al igual que la constatación de cómo el chico es consciente de todo y parece asumirlo con resignada estoicidad. De ahí viene la imposición de decirse a sí mismos que son los que llevan el fuego dentro; un fuego que simboliza todo lo bueno alcanzado por el ser humano y que se mantiene incluso en los momentos más aciagos y oscuros, porque el día en que se apague habremos dejado de existir por siempre. Ese fuego interior representa la renuncia a abandonar unos mínimos valores de humanidad y de ética en una sociedad donde ya no existe código alguno por el que regirse, en un mundo que ha caído en la abyección más total y la falta de leyes o moral implican que para la mayoría lo único que cuenta es la supervivencia a toda costa, nada más. Mantener encendida esa llama es lo que permite distinguir a los supervivientes entre el bien y el mal; o en boca del chico, el pertenecer a los buenos -los que llevan el fuego dentro- o a los malos, los que comen personas. No es de extrañar por tanto que ese niño, obstinado en ayudar a las contadas personas con que se topan que no les guardan malas intenciones (o no del todo), sea visto de algún modo por su padre como un dios, como el último profeta que camina sobre la tierra: «Si él no es la palabra de Dios, es que Dios no ha hablado nunca», llega a proclamar.

No obstante, por encima de todos los fragmentos estremecedores del libro, que son muchos, triunfa la idea del amor como último mecanismo gracias al que seguir en pie, aunque ya no haya nada que hacer, aunque la vida ya no sea tal. Es en la voluntad de sacrificio diaria del padre, en la visión que irradia pura bondad del niño, en expresiones sencillas del más profundo sentimiento del uno hacia el otro donde al menos encontramos refugio dentro de esta historia que nos agarra las tripas y nos encoje el ánimo a lo largo de su lectura y en su recuerdo posterior. Desasosegante como pocas, no deja de ser totalmente recomendable a pesar de las firmes críticas a su desenlace, que se mantiene (quizá incluso se enfatiza si cabe) en la versión sobre el celuloide dirigida por Jon Hillcoat en 2009. En cuanto a este final tan discutido, personalmente defiendo que cada cual puede extraer de él sus propias conclusiones, sean éstas siniestras o benevolentes... Quienes hayáis leído la novela o visto la película sabréis sin lugar a dudas a qué me refiero.

Y hablando de La carretera como película, debo otorgarle el mérito no sólo de constituir una adaptación más que notable y fiel de la obra de McCarthy, sino de ser además el medio que me permitió acceder a la novela, como me consta que también para buena parte de su público. En condiciones normales el recorrido hubiera sido a la inversa, pero reconozco que no tenía conocimiento de que estuviera basada en una obra literaria antes de sentarme a verla. En todo caso, Hillcoat logra captar con gran exactitud el espíritu gris, doloroso y desconsolado de la novela. Los instintos de hambre acuciante, la impresión de fragilidad, el constante huir y esconderse de todo desconocido con quien se crucen, de caminar a trompicones ateridos por el frío empujando el dichoso carrito, quedan plasmados con un acierto digno de elogio. Para el director australiano habría sido fácil tirar por la vía del film más o menos truculento y catastrofista que brinda una trama de este tono, y sin embargo hay que aplaudir su apuesta por la opción profunda y alejada de los sensacionalismos del cine ci-fi apocalíptico, quedando el momento en que estalla el caos como un intenso fogonazo de luz lejana. Es más, prescinde deliberadamente de ciertos pasajes pavorosos del texto que hubieran sido demasiado fuertes para mostrar en la pantalla.

Los actores que encarnan a padre e hijo (Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, respectivamente) están correctísimos, transmiten y garantizan la credibilidad de sus papeles, algo que en una historia de estas características resultaba fundamental, so pena de desmoronar toda la carga emotiva del relato. No menos acertados están igualmente Charlize Theron, durante las fugaces secuencias en las que hace acto de presencia una madre devorada por el abatimiento, y en especial Robert Duvall interpretando al viejo vagabundo que también viaja por la desierta carretera.

La fotografía, otro de sus puntos fuertes (por cierto, a cargo del vasco Javier Aguirresarobe) capta por completo el infernal panorama descrito por la novela con una atmósfera lúgubre y opresiva que acompaña a la proyección desde el primer minuto y te pone la piel de gallina, reflejando a la perfección la imagen de esos árboles carbonizados que se caen constantemente, el cielo siempre ceniciento, las señales macabras de la barbarie, el mar opaco y falto de vida... Tan sólo algunos de los flashbacks que rememoran los momentos anteriores cuenta con colores cálidos.

Es uno de los films de los últimos años que más huella me ha dejado (y eso que no soy padre, pues no quiero imaginar lo perturbador que debe de resultar en ese supuesto). Desde luego, no es una película que se pueda calificar de 'disfrutable', porque sales del cine con una sensación de claustrofobia y angustia tremendas, pero sí que se trata de uno de los escasos largometrajes a los que sigues dándole vueltas en la cabeza horas después de haber abandonado la sala, algo que consiguen muy pocas obras cinematográficas hoy día. Os dejo el trailer en español, que no diría demasiado representativo de la película (incluso juraría que esa aclaración introductoria es un mero añadido del trailer que ni siquiera está presente en la cinta).





Leed el libro y, si podéis, ved también la película. No garantizo que después de hacerlo os sintáis precisamente tranquilos ni seguros ante lo crudo y dantesco de sus episodios, ni que halléis el consuelo suficiente entre sus escasos momentos amables. Vaya, que puede resultar un mal trago, sobre todo si uno piensa que nada de lo que aquí se cuenta es imposible. Pero a cambio obtendréis un retrato de un accidental futuro de la humanidad que os empujará como mínimo a cuestionaros unas cuantas cosas. Yo soy de los más o menos convencidos de que el rumbo actual nos puede volcar en una involución social a la que, a falta de la vida cómoda de hoy, muchos se entregarían con tal de aferrarse a la vida. Y entonces sí tendremos que temer a seres mucho peores de los que nos auguran los relatos de monstruos y muertos vivientes de otras crónicas apocalípticas.

lunes, 31 de enero de 2011

Todo arrasado, todo quemado


'Todo arrasado, todo quemado' fue calificado como «acontencimiento literario del año» el pasado 2010. Su autor, el canadiense Wells Tower, articulista del New Yorker o el Washington Post entre otros, lanzaba con esta obra su primera recopilación de relatos cortos en un volumen que en nuestro país ha sido publicado por Seix Barrall (rústica, 18€).

Os puedo jurar que no me compré este libro por el hecho de que en su portada apareciese un -tópico- vikingo (aunque, aficionado como es uno a la antigua cultura nórdica, sin duda una cubierta así llama la atención). Realmente fue por medio de una recomendación que me hice con este libro de cuentos, nueve para ser más exactos, que ha recibido galardones y excelentes críticas de los analistas literarios, así como citas en todos los medios destacando su genialidad. A tal punto llegan los elogios que al autor se le compara nada menos que con Carver, Hemingway, Cheever, Salinger o Twain.

Pues bien, admito que yo no he leído, por ejemplo, a Raymond Carver, pero sí diría que el talento de Tower dista mucho de algunos de los nombres arriba expuestos. Es más, iluminar su debut a tal grado me parece una completa osadía. Una cosa es que sus pequeños cuentos también tengan por protagonista a personajes sin rumbo, «hombres y mujeres a la deriva confundidos por la época contemporánea», y otra muy distinta que su capacidad de transmitir la fuerza del carácter mundano se equipare a una medida semejante a la de grandes autores ya clásicos.


No acostumbro reseñar por aquí las lecturas que salen de mi reconocidamente género favorito (y temática del blog en definitiva), a pesar de que no hay muchas vertientes a las que me cierre. Cuando lo hago es porque, para bien o para mal, un determinado título me parece que destaca bastante para dedicarle unas líneas. En el caso de 'Todo arrasado, todo quemado' lamentablemente es con un matiz negativo, sobre todo porque me incomoda sobremanera dejarme llevar por la corriente de una unánime opinión positiva que luego resulta no cumplir las expectativas de ningún modo. Quizá alguno de vosotros lo ha leído y se esté echando las manos a la cabeza por lo que digo, pero para mí este compendio de relatos de carácter fatalista ha sido una completa decepción.

En general, me atraen las historias acerca de antihéroes y perdedores; personajes que tienen que luchar para abrirse camino y de ese empuje contra las adversidades obtienen el verdadero encuentro personal. También la modalidad del cuento se halla entre mis favoritas, pues me parece el formato idóneo para expresar con pocas palabras, pero no necesariamente con una extrema sencillez, historias que nada tienen que envidiar a la forma novelada o a otros modos que ocupen cientos de líneas. Entonces, ¿qué es lo que le falla, desde mi punto de vista, a esta prometedora selección de relatos que tan aclamadamente se nos ha presentado? Para mí, en primer lugar, es que esos pequeños fracasos cotidianos que nos narra en sus páginas alcanzan tal grado de realismo que no van más allá de las miserias del día a día, llegando a ser la mayor parte de los casos tan absurdos, sucios y faltos de interés que resultan totalmente prescindibles. Es decir, ¿realmente había algo que contar? Digamos que cuando leo cosas de este tipo comprendo de inmediato mi preferencia por la ficción.

Por otro lado, yo no creo que esta serie de relatos cortos se adscriba demasiado bien al formato propiamente dicho del cuento. Practicamente todos tienen un final tan excesivamente abierto que es como si el autor se hubiera cansado de continuar la historia y decidiera pasar sin más al siguiente de sus anodinos capítulos. Todo cuento, que yo sepa, debe tener una introducción, un nudo y un desenlace. Pues Wells Tower directamente se salta la última parte y decide, no ya que sea el lector quien extraiga sus propias conclusiones, sino que se las apañe para componer, si es que es posible, cómo continúa aquello. Vale, el experimento podría funcionar en parte, y ser incluso considerado hasta original, si se diera ese golpe de gracia, esa llama de comprensión que caracteriza a esta modalidad narrativa. Pero cuando la mayoría de los capítulos te dejan, básicamente, con la palabra en la boca, la sensación que suscita es más bien la mala leche. Nadie habla de una moraleja ni un cierre perfecto de los cabos abiertos, pero sí al menos un final que aporte algún sentido a lo leído.

Tampoco me satisface la forma pretendidamente provocadora con la que el joven autor se expresa en sus relatos, ni el crudo e impertinente lenguaje empleado por medio de sus personajes en éstos. Hoy día ya está superado el tener que recurrir a términos desagradables, a veces tan gráfica e innecesariamente soeces que hasta dan ganas de saltarse de línea, para ser transgresor. Sus descripciones del entorno, además, exudan tal aire de fatalismo que llega a cansar ese estilo repetidamente deprimente. De igual forma, no le veo la vena humorística que se le asocia; debe de ser que la mezquindad diaria me resulta más aburrida que ocurrente. Es cierto, al menos, que se deja leer bien, pero llegado un cierto punto casi parece el único aliciente para llegar cuanto antes al final.

Sin destapar más de lo debido, tenemos la historia de un marido infiel pillado que trata de encontrar la inspiración en una espantosa casita en la playa (La costa marrón), la de dos hermanos que se llevan a matar, a cual más odioso por cierto, que deciden pasar unos días juntos en la montaña (Retiro), la de un inventor fracasado con un padre que padece alzheimer (Ejecutores de energías importantes), un divorciado que le hace un difícil favor a su ex-mujer para ganarse su agrado (A través del valle), un niño acomplejado que detesta a su padrastro (Leopardo), un jubilado que pasa el tiempo espiando a su vecina (El ojo tras la puerta), un par de adolescentes haciendo chorradas (La América salvaje), un joven feriante que no sabe qué hacer con su vida, mezclado con un caso de pederastia (En la feria) y un vikingo algo atípico que prefiere la tranquilidad de su hogar a echarse a la mar para hacer el vándalo (Todo arrasado, todo quemado). Curiosamente este relato que da nombre a la totalidad del volumen es al que la crítica regala menos alabanzas y que a mí, en cambio, no me ha parecido una sandez tan grande como el resto, pese a ciertos detalles descriptivos de incontenible brutalidad.

Sinceramente, yo no le he encontrado a este conjunto de cuentos ninguna de las virtudes que se le atribuyen, ni el ingenio que se otorga a su escritor gracias a esa supuesta agudeza al retratar la condición humana. Es más, me sorprende que éste, su primer trabajo, haya sido tan laureado. Pero en fin, no voy a deciros que os ahorréis su lectura; imagino que tanto juicio positivo habrá de tener su fundamento, aunque desde luego yo no se lo he visto.

jueves, 18 de marzo de 2010

Los Celtas: magia, mitos y tradición


De vez en cuando me gusta leer alguno de esos libros divulgativos sobre mis temas históricos favoritos, con predilección por los de historia antigua y medieval, los de arqueología o de antropología también, aunque muchos de ellos no constituyen más que meras aproximaciones a los aspectos que se tratan de estas ramas (tampoco exijo más; que no soy ningún entendido en la materia, sino otro aficionado). El último que ha pasado por mis manos: Los Celtas; magia, mitos y tradición, de Roberto R. Reynolds, ediciones Continente (1998). Un análisis superficial pero ameno, ordenado y bien escrito sobre los pueblos que integraron la sociedad celta desde sus orígenes, en los albores de los tiempos, hasta su legado actual sobre el mundo moderno. Siempre he visto apasionante el estudio de la civilización celta, quizá más desde una perspectiva histórica que tomando sus mitos y leyendas, que -aunque también fascinantes- me parecen un tanto crípticos. Además, su contacto con otros pueblos contemporáneos como los germanos, nórdicos, griegos y, sobre todo, el romano, que supondría su debacle en territorio continental, la proporcionan un enfoque todavía más plural.

De origen argentino, R. R. Reynolds es un experto en cuestiones de chamanismo y sus manifestaciones en las distintas culturas de la humanidad (otra de sus obras más conocidas, publicada en la misma editorial, es Chamanismo, pasado y presente). Considerando que la cultura celta posee un rico acervo mitológico, que implica profundas connotaciones esotéricas basadas sobre todo en la figura de los druidas y del culto a la naturaleza, es lógico que el autor se interese en investigarla en este trabajo.


El manual comienza aportando algunas generalidades sobre los inicios de la historia celta y sus sucesivas etapas. El término celtas (derivado del vocablo griego keltois) englobaba al conjunto de clanes (llamados tuathas) de origen indoeuropeo, procedente de la región occidental de Europa central que, desplazándose en oleadas migratorias sucesivas, ocuparon el área que se extendía hasta la costa atlántica por el oeste, Bélgica y los confines insulares anglosajones por el norte, y la zona septentrional de España por el sur (sin olvidar la actual región de Anatolia, en el Asia Menor, donde curiosamente establecieron el reino de Galatia). Además, tenían como rasgos comunes un marcado espíritu beligerante y autárquico que les llevaba a una tenaz defensa de su independencia entre unas tribus y otras, a pesar de compartir características comunes como el sistema de creencias y ciertas estructuras lingüísticas. Una vez plasmada su demarcación geográfica, se exponen a grandes pinceladas otros aspectos generales de la cultura celta: religión, estratificación social, familia, economía, etc. y tras esta introducción, el texto se divide básicamente en dos apartados:

La primera parte se encarga de la cronología histórica propiamente dicha de los celtas. Omitiendo, como es lógico, el rudimentarismo propio de los casi indistinguibles núcleos primitivos del paleolítico, sus orígenes (que se remontan hasta el periodo Eneolítico o Edad del Bronce) se pueden rastrear gracias a los abundantes testimonios arqueológicos en forma de enterramientos en campos de urnas y de monumentos megalíticos erigidos por antecesores protoceltas (o aún anteriores, como en el caso de Stonehenge, que si bien se ha constatado que su levantamiento no es de manufactura celta, sí es cierto que fue utilizado por éstos posteriormente en sus ceremonias y rituales druídicos) así como por los objetos, ajuares y armas (torqués, cascos, triskels, incluso carros de guerra) hallados en los mismos. En este sentido, se incluye una correcta clasificación de estos alineamientos megalíticos y demás vestigios físicos que sin duda es uno de los capítulos más interesantes de esta obra, estableciendo una clara distinción entre menhires, dólmenes, barrows, cairns, cromlechs, tumbas de galería y otras formaciones mixtas más complejas, en función del ámbito geográfico. Pero la verdadera eclosión celta se produce durante el denominado periodo Hallstat (s. VIII a V a.C.), que marca el comienzo de la Edad del Hierro, extendiéndose y manteniendo su apogeo durante la época La Tène (s. V a I a.C.), en la que el contacto con el mundo mediterráneo empieza a ser estable, hasta el momento de verse desplazados, al inicio de la era cristiana, por el creciente empuje de los pueblos germánicos de un lado y del imperio romano por el otro, que con la victoria de Alesia provoca su colapso en suelo continental. A partir de este momento, el estudio del discurrir histórico celta se circunscribe básicamente a la zona insular y la Bretaña armoricana.

Alineamiento en hileras paralelas del megalito de Carnac (Morbihan),
en la Bretaña francesa


Estas comunidades asentadas en la actual Gran Bretaña (incluidas Cornwall, Escocia, Gales y la Isla de Man) y, sobre todo, Irlanda, aunque fueron evolucionando debido a la expansión del cristianismo (en parte por la famosa evangelización de San Patricio) pervivieron como principales reductos de la cultura celta todavía hasta bien entrada la Edad Media, debido al escaso impacto que la romanización había tenido en sus territorios y al distanciamiento de los mecanismos feudales que dominaban el resto de Europa. Pasan los siglos y las eras moderna y contemporánea se ven receptoras de una rica herencia celta en forma de tradiciones, música, festividades y, sobre todo, lenguas de las que –aun hallándose en riesgo de desaparición- existe todavía un importante número de hablantes (a ellas se dedica un capítulo aparte).


A continuación se realiza un extenso enfoque sobre una de las figuras más destacadas y controvertidas dentro de la organización social del mundo celta: los druidas o filidh. Más o menos todos tenemos en mente el concepto de lo que es un druida, si bien realmente se trata de un personaje más complejo de lo que se nos ha veniedo transmitiendo, en virtud de su importancia dentro del clan y de los poderes y prerrogativas de los que gozaba entre los suyos, a menudo superiores incluso que los del jefe tribal. Mezcla de sacerdote principal, encargado de oficiar los rituales religiosos y civiles, juez, médico, filósofo, vidente, preceptor y orientador; de ellos no ha trascendido sin embargo mucho más que una imagen del sabio venerable que recoge el muérdago sagrado con su hoz en profundos robledales. También en este caso la romanización de la Galia Cisalpina retrajo enormemente su presencia. Perseguidos por Julio Cesar, quien veía en ellos -no sin razón- una de las principales amenazas contra su empeño conquistador, acabaron por ser ferozmente erradicados por el cristianismo o asimilados por la fe mayoritaria a lo largo del s. V. El autor establece una escala en base a su grado de preparación hacia la jerarquía superior, para lo cual debían superar una serie de pruebas. Así, podemos diferenciar entre vates, bardos y, finalmente, druidas propiamente, cada uno con sus distintas atribuciones y responsabilidades. De igual modo, se cuestiona la existencia de druidesas o banfilidh; hecho que aún no se ha demostrado fehacientemente, si bien algunos indicios apuntan a ello. Dentro de este episodio, al hilo del calendario religioso que marcaban las estaciones, rigurosamente observado por los druidas, se habla también de fechas clave como el Samhain o la festividad de Beltayne; así como la división social de los clanes que, en grandes núcleos familiares, se organizaban en una pirámide estamental formada por siervos, artesanos (dentro de los cuales los herreros gozaban de especial respeto), guerreros y la nobleza próxima al dirigente del clan.

Archidruida administrando justicia; nótese la gargantilla de oro
alrededor del cuello, que aseguraba su imparcialidad


La segunda parte de la obra se centra en la faceta más mítica de la civilización celta. Para empezar, efectúa un estudio de las deidades que regían sus vidas, a priori identificaciones de los elementos naturales que acabaron por adquirir un molde más humanizado. En este aspecto hay que resaltar también una gran distinción entre los seres objeto de adoración en el continente y de aquellos de las islas: mientras que de los primeros apenas han quedado testimonios gracias a tablillas votivas y menciones tendenciosas e incompletas de algunos historiadores latinos, en el segundo caso descubrimos toda una extensa compilación de sagas que nos relatan las hazañas de los dioses y su intervención en el mundo de los hombres. Entre los galos, figuran como principales entidades sobrenaturales, no necesariamente relacionadas entre sí, nombres como Belenos, Taranis, Cernunos el dios cornudo, Sucellos, Tutatis, Ogmios, etc. Sin embargo, por lo que respecta a los dioses insulares, tenemos todo un confuso panteón irlandés organizado de forma similar al griego o romano: los Tuatha de Danann, o clanes de la gran diosa Dana, entre cuyos principales representantes están Nuada el de la Mano de Plata, Lugh el del brazo largo, Morrigan, Dagda con su caldero resucitador, Scatagh, etc. Podría extenderme mucho más en este plano, pues el conjunto de detalles que aporta Reynolds de esta cosmogonía es bastante pormenorizado, pero para eso os emplazo justamente a este título. Sin embargo, es importante destacar que a partir del contacto del mundo mediterráneo con el celta, y de la intercesión y acercamiento que algunos historiadores de la época llevaron a cabo, se produce una notable asunción de las deidades romanas en las célticas, y los paralelismos entre unas y otras son casi inmediatos. Es el denominado fenómeno de la transfiguración (por ejemplo, se identifica a Tutatis con el romano Marte, y así es como en adelante empieza a ser conocido entre las gentes galorromanas). Es por este motivo que los dioses insulares parecen haber evitado esta contaminación fruto de las invasiones de otros pueblos, aunque también se pueden observar algunas analogías por influencia de la religión (así, la diosa Brigitt acaba asociándose a la Santa Brígida del catolicismo, hoy una de las santas más veneradas de Irlanda).

Representación de Cernunnos en el caldero de Gundestrup,
ubicada en uno de los paneles exteriores

Prosigue esta sección con un somero repaso a las sagas irlandesas fundamentales, entre las que cabe subrayar principalmente tres ciclos: el de las invasiones o de Tuan McCarrell, el del Ulster o de CuChulainn y el de Ossián o de Finn McCumhall. No es mi intención tratar aquí de resumirlas y mucho menos narrarlas, dado la profusión de anécdotas que los componen; baste decir que el ciclo de Tuan McCarrell pretende explicar a través de este personaje los orígenes míticos de Erin por las sucesivas invasiones ficticias sufridas por la isla (dominación de los gigantes formoré, usurpación de los firbolg, llegada de los Tuatha de Danan y ocupación de los nemedios). El ciclo del Ulster se ocupa de uno de los personajes más relevantes de la mitología celta: CuChulainn (fonéticamente, Cujulinn), héroe por excelencia cuyas hazañas codo a codo con los dioses irlandeses le conducen al clásico e inevitable final trágico. Por su parte, el ciclo fenniano tiene tintes más próximos a los títulos de caballerías y aporta una visión novelesca de historias épicas más relacionadas con la nobleza mítica de la época.

Grabado antiguo que representa al guerrero CuChulainn

El último capítulo abarca el análisis de las lenguas y la literatura celta y hasta qué punto han sobrevivido en la actualidad. Es necesario hacer referencia a las distintas vertientes del gaélico o goidélico, con el gaélico irlandés y el gaélico escocés como mayores exponentes (con una comunidad lingüística no despreciable a día de hoy) y otras derivaciones en vías de desaparición (por ejemplo, el manx de la Isla de Man, que se considera prácticamente extinguido). Y por otro lado, una rama paralela de la que forman parte el bretón (300.000 hablantes), el galés (600.000 hablantes) o el cornish (de Cornwall, extinto desde el s. XVIII). Mención aparte merece también el ogham, el lenguaje de símbolos secreto de los druidas, inaccesible para el resto de componentes de la tribu, que se ha logrado descifrar en parte gracias a las inscripciones halladas sobre algunos menhires y otros megalitos. A su vez, entre las principales obras literarias de inspiración celta resalta, sin lugar a dudas, el ciclo del Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, o el compendio de cuentos incluidos en el Mabinogion galés.

El manual se completa con una serie de apéndices formados por las fuentes de documentación bibliográfica (poniendo especial atención a los autores clásicos, como Julio Cesar, cuyo tratado de la Guerra de las Galias supone uno de los mejores medios de información al respecto), una tabla de representación del ogham y un glosario de términos y localizaciones celtas.


Desde luego, esta no es la guía más seria ni rigurosa que podemos encontrar sobre los usos y costumbres de la civilización celta, máxime teniendo en cuenta lo difícil que es tratar la observación de una etnia tan disgregada y heterogenea como la celta, pero sí es lo bastante recomendable para obtener una rápida visión de conjunto sobre la misma que nos empuje a profundizar más en el tema. Esta no es la única obra de que dispongo sobre este noble, violento ya la vez poético pueblo (me aguarda una estupenda enciclopedia en dos tomos a la que ya le tengo ganas), así que volveré sobre todo lo que tiene que ofrecer el mundo celta en futuras reseñas. Para finalizar, os dejo con un pequeño y bonito párrafo con el que el autor define bien la perdurabilidad del espíritu celta en la actualidad:

"En la gran mayoría de sus áreas de influencia, el culto, o para mayor precisión, los cultos celtas dejaron improntas muy profundas, algunas de las cuales pueden rastrearse hasta nuestros días. Las capillas, ermitas y monasterios cristianos se emplazaron sobre arcaicos santuarios druídicos o templos galorromanos; numerosas fuentes y calveros de los bosques, sagrados ayer para los celtas, son hoy lugares de peregrinaje para creyentes de muchas religiones distintas; con frecuencia puede verse, tanto en el continente como en las forestas de Irlanda, una virgen entronizada en el hueco de una añosa encina, otrora cantada por vates y bardos; hadas, silfos, ninfas, ondinas, leprechauns y korrigans custodian los árboles y manantiales, y revolotean entre las ramas de los robles. [...] Hoy, a través de casi veinte siglos de historia, las religiones masivas han logrado enmascarar innumerables ritos paganos bajo la cáscara de sus propias interpretaciones."

lunes, 7 de abril de 2008

El bello desconocido y otros cuentos medievales

Cinco relatos medievales: El bello desconocido, Amadas e Idoine, La castellana de Vergy, El rey Lëir y sus hijas, y Guingamor son los que contiene este libro. Una serie de historias cortas que son herencia de la tradición oral y que posteriormente otros autores clásicos iban a transcribir y adaptarían para algunas de sus obras más conocidas. Son aquellos cuentos que originalmente se narraban en tiempos de las damas de alcoba y que constituían verdaderos folletines novelescos de la época (a modo de los culebrones modernos, aunque sea un poco atrevido catalogarlas así).


La introducción del libro, tras resaltar los destellos de la que erróneamente se ha considerado una edad oscura, nos sitúa en el entorno en el que se desarrollan estas historias, el cual desemboca en lo que se ha venido en llamar el 'amor cortés'. En verdad el amor es el tema común que vertebra la mayoría de los relatos, o que como poco interviene en ellos. Muestran un idealismo que, aunque poco creíble, no hace sino reflejar el enaltecimiento de la honorabilidad y el virtuosismo que implantan estas narraciones de época en una Edad Media que, en la realidad, estaba muy lejana de esos gozos y esa rectitud de formas, pero que ciertamente atravesó, especialmente en determinadas regiones de Francia, un período en el que se impone la conquista de los valores y el culto a la mujer. No por ello se puede negar que muchas de las mujeres, ya sean doncellas o damas de alta alcurnia, que aparecen aquí son presentadas como seres caprichosos, enamoradizas hasta la infidelidad e incluso un poco tontas. Siempre actuando al servicio del amor, como telón de fondo de la mayoría de los relatos y en muchas de sus vertientes: el idílico, el pasional, el enfermizo, el despechado, el paterno-filial...


A destacar también las múltiples versiones existentes de todas estas historias. Investigando un poco uno se da cuenta de que los que aquí tienen un 'final feliz', en otras zonas y de mano de otros trovadores podían terminar siendo auténticos dramas. Sin duda esto se debe a la cantidad de fuentes que intervienen en su formación hasta el momento en que se han recopilado por escrito.

En El bello desconocido se nos mete de lleno en la época caballeresca del rey Arturo. Un doncel que se presenta en la Corte del rey y al que nadie conoce ni pone nombre. Ni siquiera él es consciente de sus orígenes. Sin embargo, es el caballero perfecto, como se irá demostrando. La doncella Hélie acude ante Arturo para solicitar un caballero que auxilie a su señora, víctima de un embrujo. Reclama al más valeroso de entre ellos y se siente decepcionada cuando el único que se ofrece es el joven del que nadie sabe nada. A partir de este momento, en el viaje que transcurre entre Carlion-sur-Mer y el reino de Gales, acompañando a Hélie, su sirviente, el escudero Robert y el 'bello desconocido' (también al final se incorpora al grupo el caballero Lampart), la historia es una secuencia casi invariable de combates heroicos en los que constantemente se toman las armas ante lo que esta singular partida considera peligros, graves afrentas e incluso por los caprichos de las damas cuya virtud se defiende. De este modo, el caballero vence paulatinamente la desconfianza y el egoísmo de la doncella Hélie a medida que, en cada parada del camino, surge un apuro y la posterior lucha. Las armaduras dañadas, los yelmos abollados, las lanzas tronchadas, se recomponen como por gracia divina a cada combate que acomete el campeón. Y los adversarios, que van cayendo uno tras otro ante su carga marcial, son enviados a presentar su derrota a la corte de Arturo. Finalmente la misión se convierte en un descubrimiento de los orígenes y la identidad del caballero.

Amadas e Idoine es el drama de un amor doliente que, en cambio, acaba llegando a buen término. Su autor anónimo de origen anglonormando, narra los sentimientos del joven Amadas, hijo del Senescal de Borgoña, por la bella Idoine, la hija del duque. Desarrolla los argumentos de la locura de los amantes que se ven apartados del objeto de su deseo, el recurso de la falsa muerte y la preservación de la virginidad de la novia mediante actos de brujería. Algo que me parece curioso es cómo dentro de estos mismos romances los mismos personajes hacen referencia a otros más conocidos (tal como 'Tristán e Isolda', 'el cantar de Roldán' o 'Lanzarote y el caballero de la carreta') para establecer paralelismos con su situación.

La deslealtad y la traición motivados por la envidia son las claves que mueven los hilos en La castellana de Vergy (cuya autoría se atribuye a un discípulo de Chrétien de Troyes) en donde la duquesa de Borgoña (también esta historia, como la anterior, queda enmarcada en dicha región francesa) pone en práctica todos sus artificios para vengarse del amante que rechaza sus proposiciones infieles por amor a otra dama de más modesto linaje, su "amiga" (que indiscutiblemente es el tratamiento común que usan todas estas historias para designar a la querida/o de turno), quien a su vez también es infiel a su marido. Al constatar este hecho tras sonsacar el secreto al duque, al que previamente trata de poner en contra del caballero mediante la falacia de que éste le guardaba intenciones deshonestas, la duquesa va a urdir una picaresca para hundir la relación en la sombra que mantienen doncel y dama. El desenlace es trágico para todos los protagonistas de este romance y transmite como enseñanza las consecuencias de infringir la promesa de custodiar un secreto.

Más conocida es la historia de El rey Lëir y sus hijas, que se convertiría en una de las populares tragedias escritas por Shakespeare, cuya fuente se remonta a la Historia Regum Britanniae de Godofredo de Monmouth. Sin embargo, hay importantes diferencias entre una y otra, y parece que el dramaturgo sólo empleó determinadas figuras de la obra original, aunque manteniendo los temas principales: la demencia asociada a la vejez y la desafección filial. El viejo rey Lëir ve cercana su decrepitud y decide dividir su reino entre sus tres hijas: Gonerille, Ragaü y Cordelia. Para establecer los términos de su legado, el rey quiere escuchar de boca de sus propias hijas la medida del amor que sienten por él. Las dos mayores le dicen aquello que saben que el monarca desea oír, pero la menor, Cordelia, que es quien realmente siente mayor admiración y gratitud hacia su padre, se niega a caer en el juego de la adulación. El rey interpreta su acción como una forma de desprecio y la deja fuera del reparto y sin dote para el marido que la pretenda. No obstante, acabará convirtiéndose en la esposa del rey de Francia. Obligado a vivir junto a las hijas mayores en condiciones muy inferiores a las que ha disfrutado, despojado progresivamente de séquito, bienes y sustento, el otrora poderoso señor, abandonado a su suerte, se percata de su error y se vuelca en Cordelia con la intención de recuperar su apego y además su antiguo reino. Sin duda, la versión del dramaturgo inglés tiene un final mucho más aciago.

Guingamor recupera el lay (composición medieval en forma de canción del norte de Europa) homónimo que narra la historia del joven sobrino del rey de Bretaña, por el que éste siente profunda estima. Un día, la reina se declara fuertemente atraída por el muchacho, que incapaz de ser desleal a su señor, la rechaza. Por temor a que se descubra la manifestación de ese amor, la reina lanza un reto entre los caballeros del lugar, la caza del temible Jabalí Blanco, misión en la que ya han empeñado la vida numerosos hombres del rey, con la intención de librarse del joven y evitar así que pueda delatar sus tentativas de infidelidad. Guingamor acepta el desafío, a pesar de las reticencias del soberano, y emprende la caza con el caballo y la jauría reales. Atravesando el río prohibido tras las huellas del jabalí, asiste a un singular encuentro con una dama cuyo palacio se encuentra al otro lado. La mujer le lleva a su morada, de similitudes con el mítico Avalon, para ofrecerle reposo y la cabeza de la bestia si permanece con ella durante tres días. Pero a su vuelta, Guingamor comprobará que nada sigue siendo como lo era en el momento de su partida. Además, el transgredir una de las normas que le impone la dama en su viaje de regreso le acarreará funestas consecuencias. De todos los relatos es quizá el que tiene un tono más legendario o misterioso, y aunque recurre a un juego ya visto en otras ocasiones, resuelve la aventura de forma correcta.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Breve historia de los vikingos

'A furare normannorum liberanos Domine' (De la furia de los hombres del norte, líbranos Señor).

Siempre me ha sorprendido esta expresión que pasó a convertirse en la nueva plegaria de monasterios y conventos durante los siglos VIII a XI ante la amenaza de los temibles vikingos. Uno llega a preguntarse sobre la magnitud de los acontecimientos que pueden llevar a incorporar semejante súplica a los rezos diarios. Una frase que denota la apreciación que de ellos se tenía en la Europa cristiana altomedieval, pero que ni mucho menos sintetiza la aportación a la historia de la fecunda civilización nórdica.


La lectura de este libro de Manuel Velasco, incansable estudioso, viajero e investigador de la cultura vikinga, me ha venido de perlas para documentarme de una forma un poquito más profunda en algunas de mis últimas incursiones en el tema ya sea a través de libros, comics o películas. Incluido en la colección 'Breve historia...' no pretende ser un ensayo exhaustivo docente, sino uno de esos entretenidos libros divulgativos que nos permiten conocer de una forma amable algunos pasajes de la historia como aquellos con los que nos deleitaba el reciente y tristemente fallecido Juan Antonio Cebrián, director de esta colección (que es otro de los legados del añorado locutor nocturno).

La obra comienza desterrando viejos mitos y creencias para abordar de una forma seria pero amena la contribución de los vikingos a la historia. De este modo, ya nos podemos ir olvidando de esa idea de pueblo exclusivamente guerrero (pues destacaron enormemente en facetas tan distintas como navegantes, granjeros, artesanos, colonizadores y mercaderes, por mencionar algunas), pertrechados de cascos con cuernos (que sólo utilizaban para beber y nunca llevaron sobre sus yelmos) a los que se tilda por igual como 'vikingos'. En realidad, este término sólo era aplicable para aquellos que decidían embarcarse en expediciones de asalto, y por tanto, se queda muy incompleto para definirlos.

Esta imagen negativa que nos ha trasmitido la historia desde aquel famoso episodio del monasterio inglés de Lindisfarne queda matizada cuando, a través de un Thorstein cualquiera -es decir, examinando junto al autor la evolución del día a día durante el periodo vikingo de un jarl (o jefe de clan) ficticio que pudo habitar, como muchos otros, los territorios escandinavos, comprobamos que su cotidianeidad en realidad no distaba mucho de la que se pudiera llevar en otras regiones 'más civilizadas' de Europa. A la vez que cuidaban de sus granjas y sus reses, no dejaban de cultivar buenos usos como la hospitalidad para con sus vecinos, la higiene, las celebraciones religiosas de todo tipo y el mantenimiento de una sociedad que, no por estratificada, debiera tener peor consideración que la de sus contemporáneos del sur (los thralls o esclavos estaban mejor tratados y las mujeres gozaban de ciertos beneficios, propiedad privada y divorcio incluido, impensables para esa época en otros lugares). Si a esto añadimos una cultura muy rica, con sus propias sagas y relatos poéticos, una escritura rúnica bien desarrollada incluso de aplicación para cuestiones mundanas, una forma de imponerse leyes y costumbres bajo la Asamblea o Thing y una concepción del mundo sobrenatural perfectamente diseñada, enseguida nos damos cuenta de lo equivocado que puede estar quien etiquete a esta civilización de bárbara.

Es verdad que los asaltos y ataques a las costas europeas fueron una práctica común durante las correrías que llevaban a cabo en la época estival, siempre a bordo de sus impresionantes langskips, más conocidos como drakkars (sus barcos más populares, pero no menos numerosos que los knars que usaban para el comercio o el descubrimiento de nuevas tierras). Pero ello no fue sino el resultado de la superpoblación, debida en parte precisamente a la prosperidad que alcanzaron, y a un recrudecimiento de sus condiciones de vida. Es decir, como recurso o válvula de escape ante ciertas dificultades, y no necesariamente en una modalidad más cruel que otras prácticas habituales de la época.

Barco vikingo de Gokstad

Si analizamos su faceta de comerciantes es sorprendente comprobar que abrieron las rutas de comercio más largas de aquellos tiempos, que llegaban desde Constantinopla, y aún Bagdad, hasta Groenlandia. Y como viajeros y colonizadores ya sabemos que no tenían rival: cuando su asentamiento en territorio inglés era un hecho (allí establecieron el famoso danelag) ya estaban presentes también en Irlanda, las islas del Atlántico norte (Orcadas, Feroe, Shetland) e Islandia (único estado europeo medieval carente de autoridad real, a modo de una primitiva república). Naturalmente ahí no quedaría la cosa: los que optaron por tomar las rutas del este (sobre todo los suecos, más orientados a la colonización que a la guerra, y a los que se conocería como varegos) fundarían importantes ciudades a lo largo de la cuenca del Dniéper en lo que se puede considerar la semilla del futuro imperio ruso. Y desde Islandia se empezarían a aventurar en los desconocidos mares del oeste hasta llegar a Groenlandia, la 'tierra verde', (en una inusual campaña publicitaria a cargo de Erik el Rojo), donde levantaron varias prósperas colonias. Desde aquellos aislados lugares, el paso a las costas de Labrador y la isla de Terranova (Vinlandia para ellos), ya en el nuevo mundo, sería cuestión de poco tiempo; aunque las dificultades con los nativos complicaran las cosas hasta el punto del abandono de aquellas tierras, que no serían redescubiertas hasta varios siglos más tarde. Dentro de Europa, la insistencia de sus ataques se vería recompensada con la concesión del territorio de Normandía, lugar desde el que sus descendientes darían el salto a la conquista definitiva de Inglaterra.

Todos estos movimientos traerían inevitablemente un intercambio cultural que propició la gradual implantación del cristianismo y la feudalización sobre todo en la península de Jutlandia. Un intercambio con el que no en todo momento salieron ganando, al olvidarse casi con empeño de su rica tradición pagana y, por ejemplo, condenar a la mujer a la posición social de entonces, en una maniobra de progresiva tolerancia cero hacia las antiguas formas y creencias. Hasta sus incursiones guerreras, cada vez menos frecuentes, pasaron a convertirse en un mero asalto de extorsión sobre sus víctimas. Y en Escandinavia comenzarían a producirse movimientos de integración bajo un único rey, al modo de lo que ocurría en el resto de Europa.

Thor, con su martillo Mjöllnir,
combatiendo a la serpiente Jormungand

Una segunda parte del libro aborda todo lo relativo a la mitología vikinga y su simbolismo. De esta forma, comprobamos que a través de sus Eddas se concedieron una visión del mundo divino no menos complejo que el de la mitología griega, por ejemplo, con una concepción del apocalipsis (Ragnarok) que daría lugar a una constante renovación a partir del caos original. Hasta entonces, Odín y los suyos (sobre todo el omnipresente Thor) se prepararían para esa batalla final, eterna representación del bien contra el mal, en la que les van a acompañar los caídos valientemente en combate, einherjar, que serían recibidos en el Valhalla por Freya y sus hermosas Valkirias. Cuando llegase el momento, anunciado por el cuerno de Heimdall, todos los seres de los nueve mundos (elfos, enanos, gigantes, etc) serían convocados para esa lucha sin esperanza. Ningún ser vivo escapará de tan cruel destino, porque entre todos configuran el futuro del universo. La Edda sobre 'La muerte de Balder' y la intervención del traicionero Loki en la misma, es especialmente instructiva para dar a conocer esta curiosa historia.

Los anexos también nos ilustran sobre otras cuestiones esotéricas, como las abundantes piedras rúnicas, seres espirituales y entes protectores (landvaettir) o las peculiaridades de la magia femenina, el Seidr, como otra manifestación de las prerrogativas de la mujer en la cultura vikinga.

No podemos omitir los interesantes retazos de sagas, que los poetas se encargarían de transmitir pasando de la tradición oral a la escrita, y que salpican todo el volumen. Algunas hacen mención a esa cosmogonía que he citado, pero también las hay que narran aventuras llenas de emoción, como las de Erik el Rojo y su hijo, Leif el Afortunado, en sus viajes que les llevarían a descubrir tierras hasta entonces desconocidas. Debemos el conocimiento de muchas de estas historias al laborioso trabajo de recopilación del islandés Snorri Sturlusson.


La verdad que este libro es muy recomendable para los que quieran ahondar en el conocimiento del mundo vikingo, y está lleno de curiosidades que no dejan indiferente, como los relatos sobre los siempre enigmáticos y temibles berserkers, las hazañas de Harald Bluetooth (sí, el apellido de este danés serviría para apodar siglos más tarde la tecnología móvil) o el paso de los vikingos por la península ibérica. Ojalá el Bifrost siga abierto durante muchas centurias y nos permita adentrarnos en este universo inagotable que constituye la cultura nórdica.

Más información en Territorio Vikingo, web del autor.

Breve Historia de los Vikingos, de Manuel Velasco,
presentado por Juan Antonio Cebrián
para la colección 'Breve historia...',
está publicado por la editorial Nowtilus.


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