De vez en cuando me gusta leer alguno de esos libros divulgativos sobre mis temas históricos favoritos, con predilección por los de historia antigua y medieval, los de arqueología o de antropología también, aunque muchos de ellos no constituyen más que meras aproximaciones a los aspectos que se tratan de estas ramas (tampoco exijo más; que no soy ningún entendido en la materia, sino otro aficionado). El último que ha pasado por mis manos:
Los Celtas; magia, mitos y tradición, de
Roberto R. Reynolds, ediciones
Continente (1998). Un análisis superficial pero ameno, ordenado y bien escrito sobre los pueblos que integraron la sociedad celta desde sus orígenes, en los albores de los tiempos, hasta su legado actual sobre el mundo moderno. Siempre he visto apasionante el estudio de la civilización celta, quizá más desde una perspectiva histórica que tomando sus mitos y leyendas, que -aunque también fascinantes- me parecen un tanto crípticos. Además, su contacto con otros pueblos contemporáneos como los germanos, nórdicos, griegos y, sobre todo, el romano, que supondría su debacle en territorio continental, la proporcionan un enfoque todavía más plural.
De origen argentino,
R. R. Reynolds es un experto en cuestiones de chamanismo y sus manifestaciones en las distintas culturas de la humanidad (otra de sus obras más conocidas, publicada en la misma editorial, es
Chamanismo, pasado y presente). Considerando que la cultura celta posee un rico acervo mitológico, que implica profundas connotaciones esotéricas basadas sobre todo en la figura de los druidas y del culto a la naturaleza, es lógico que el autor se interese en investigarla en este trabajo.

El manual comienza aportando algunas generalidades sobre los inicios de la historia celta y sus sucesivas etapas. El término celtas (derivado del vocablo griego
keltois) englobaba al conjunto de clanes (llamados
tuathas) de origen indoeuropeo, procedente de la región occidental de Europa central que, desplazándose en oleadas migratorias sucesivas, ocuparon el área que se extendía hasta la costa atlántica por el oeste, Bélgica y los confines insulares anglosajones por el norte, y la zona septentrional de España por el sur (sin olvidar la actual región de Anatolia, en el Asia Menor, donde curiosamente establecieron el reino de Galatia). Además, tenían como rasgos comunes un marcado espíritu beligerante y autárquico que les llevaba a una tenaz defensa de su independencia entre unas tribus y otras, a pesar de compartir características comunes como el sistema de creencias y ciertas estructuras lingüísticas. Una vez plasmada su demarcación geográfica, se exponen a grandes pinceladas otros aspectos generales de la cultura celta: religión, estratificación social, familia, economía, etc. y tras esta introducción, el texto se divide básicamente en dos apartados:
La primera parte se encarga de la cronología histórica propiamente dicha de los celtas. Omitiendo, como es lógico, el rudimentarismo propio de los casi indistinguibles núcleos primitivos del paleolítico, sus orígenes (que se remontan hasta el periodo Eneolítico o
Edad del Bronce) se pueden rastrear gracias a los abundantes testimonios arqueológicos en forma de enterramientos en campos de urnas y de monumentos megalíticos erigidos por antecesores protoceltas (o aún anteriores, como en el caso de
Stonehenge, que si bien se ha constatado que su levantamiento no es de manufactura celta, sí es cierto que fue utilizado por éstos posteriormente en sus ceremonias y rituales druídicos) así como por los objetos, ajuares y armas (torqués, cascos, triskels, incluso carros de guerra) hallados en los mismos. En este sentido, se incluye una correcta clasificación de estos alineamientos megalíticos y demás vestigios físicos que sin duda es uno de los capítulos más interesantes de esta obra, estableciendo una clara distinción entre menhires, dólmenes, barrows, cairns, cromlechs, tumbas de galería y otras formaciones mixtas más complejas, en función del ámbito geográfico. Pero la verdadera eclosión celta se produce durante el denominado periodo
Hallstat (s. VIII a V a.C.), que marca el comienzo de la
Edad del Hierro, extendiéndose y manteniendo su apogeo durante la época
La Tène (s. V a I a.C.), en la que el contacto con el mundo mediterráneo empieza a ser estable, hasta el momento de verse desplazados, al inicio de la era cristiana, por el creciente empuje de los pueblos germánicos de un lado y del imperio romano por el otro, que con la victoria de Alesia provoca su colapso en suelo continental. A partir de este momento, el estudio del discurrir histórico celta se circunscribe básicamente a la zona insular y la Bretaña armoricana.
Alineamiento en hileras paralelas del megalito de Carnac (Morbihan),
en la Bretaña francesaEstas comunidades asentadas en la actual Gran Bretaña (incluidas Cornwall, Escocia, Gales y la Isla de Man) y, sobre todo, Irlanda, aunque fueron evolucionando debido a la expansión del cristianismo (en parte por la famosa evangelización de
San Patricio) pervivieron como principales reductos de la cultura celta todavía hasta bien entrada la Edad Media, debido al escaso impacto que la romanización había tenido en sus territorios y al distanciamiento de los mecanismos feudales que dominaban el resto de Europa. Pasan los siglos y las eras moderna y contemporánea se ven receptoras de una rica herencia celta en forma de tradiciones, música, festividades y, sobre todo, lenguas de las que –aun hallándose en riesgo de desaparición- existe todavía un importante número de hablantes (a ellas se dedica un capítulo aparte).

A continuación se realiza un extenso enfoque sobre una de las figuras más destacadas y controvertidas dentro de la organización social del mundo celta: los druidas o
filidh. Más o menos todos tenemos en mente el concepto de lo que es un druida, si bien realmente se trata de un personaje más complejo de lo que se nos ha veniedo transmitiendo, en virtud de su importancia dentro del clan y de los poderes y prerrogativas de los que gozaba entre los suyos, a menudo superiores incluso que los del jefe tribal. Mezcla de sacerdote principal, encargado de oficiar los rituales religiosos y civiles, juez, médico, filósofo, vidente, preceptor y orientador; de ellos no ha trascendido sin embargo mucho más que una imagen del sabio venerable que recoge el muérdago sagrado con su hoz en profundos robledales. También en este caso la romanización de la Galia Cisalpina retrajo enormemente su presencia. Perseguidos por
Julio Cesar, quien veía en ellos -no sin razón- una de las principales amenazas contra su empeño conquistador, acabaron por ser ferozmente erradicados por el cristianismo o asimilados por la fe mayoritaria a lo largo del s. V. El autor establece una escala en base a su grado de preparación hacia la jerarquía superior, para lo cual debían superar una serie de pruebas. Así, podemos diferenciar entre vates, bardos y, finalmente, druidas propiamente, cada uno con sus distintas atribuciones y responsabilidades. De igual modo, se cuestiona la existencia de druidesas o
banfilidh; hecho que aún no se ha demostrado fehacientemente, si bien algunos indicios apuntan a ello. Dentro de este episodio, al hilo del calendario religioso que marcaban las estaciones, rigurosamente observado por los druidas, se habla también de fechas clave como el
Samhain o la festividad de
Beltayne; así como la división social de los clanes que, en grandes núcleos familiares, se organizaban en una pirámide estamental formada por siervos, artesanos (dentro de los cuales los herreros gozaban de especial respeto), guerreros y la nobleza próxima al dirigente del clan.
Archidruida administrando justicia; nótese la gargantilla de oro
alrededor del cuello, que aseguraba su imparcialidadLa segunda parte de la obra se centra en la faceta más mítica de la civilización celta. Para empezar, efectúa un estudio de las deidades que regían sus vidas, a priori identificaciones de los elementos naturales que acabaron por adquirir un molde más humanizado. En este aspecto hay que resaltar también una gran distinción entre los seres objeto de adoración en el continente y de aquellos de las islas: mientras que de los primeros apenas han quedado testimonios gracias a tablillas votivas y menciones tendenciosas e incompletas de algunos historiadores latinos, en el segundo caso descubrimos toda una extensa compilación de sagas que nos relatan las hazañas de los dioses y su intervención en el mundo de los hombres. Entre los galos, figuran como principales entidades sobrenaturales, no necesariamente relacionadas entre sí, nombres como
Belenos,
Taranis,
Cernunos el dios cornudo,
Sucellos,
Tutatis,
Ogmios, etc. Sin embargo, por lo que respecta a los dioses insulares, tenemos todo un confuso panteón irlandés organizado de forma similar al griego o romano: los
Tuatha de Danann, o clanes de la gran diosa
Dana, entre cuyos principales representantes están
Nuada el de la Mano de Plata,
Lugh el del brazo largo,
Morrigan,
Dagda con su caldero resucitador,
Scatagh, etc. Podría extenderme mucho más en este plano, pues el conjunto de detalles que aporta Reynolds de esta cosmogonía es bastante pormenorizado, pero para eso os emplazo justamente a este título. Sin embargo, es importante destacar que a partir del contacto del mundo mediterráneo con el celta, y de la intercesión y acercamiento que algunos historiadores de la época llevaron a cabo, se produce una notable asunción de las deidades romanas en las célticas, y los paralelismos entre unas y otras son casi inmediatos. Es el denominado fenómeno de la transfiguración (por ejemplo, se identifica a Tutatis con el romano Marte, y así es como en adelante empieza a ser conocido entre las gentes galorromanas). Es por este motivo que los dioses insulares parecen haber evitado esta contaminación fruto de las invasiones de otros pueblos, aunque también se pueden observar algunas analogías por influencia de la religión (así, la diosa
Brigitt acaba asociándose a la
Santa Brígida del catolicismo, hoy una de las santas más veneradas de Irlanda).
Representación de Cernunnos en el caldero de Gundestrup,
ubicada en uno de los paneles exteriores
Prosigue esta sección con un somero repaso a las sagas irlandesas fundamentales, entre las que cabe subrayar principalmente tres ciclos: el de las invasiones o de Tuan McCarrell, el del Ulster o de CuChulainn y el de Ossián o de Finn McCumhall. No es mi intención tratar aquí de resumirlas y mucho menos narrarlas, dado la profusión de anécdotas que los componen; baste decir que el ciclo de
Tuan McCarrell pretende explicar a través de este personaje los orígenes míticos de Erin por las sucesivas invasiones ficticias sufridas por la isla (dominación de los gigantes formoré, usurpación de los firbolg, llegada de los Tuatha de Danan y ocupación de los nemedios). El ciclo del Ulster se ocupa de uno de los personajes más relevantes de la mitología celta:
CuChulainn (fonéticamente, Cujulinn), héroe por excelencia cuyas hazañas codo a codo con los dioses irlandeses le conducen al clásico e inevitable final trágico. Por su parte, el ciclo fenniano tiene tintes más próximos a los títulos de caballerías y aporta una visión novelesca de historias épicas más relacionadas con la nobleza mítica de la época.
Grabado antiguo que representa al guerrero CuChulainnEl último capítulo abarca el análisis de las lenguas y la literatura celta y hasta qué punto han sobrevivido en la actualidad. Es necesario hacer referencia a las distintas vertientes del gaélico o goidélico, con el gaélico irlandés y el gaélico escocés como mayores exponentes (con una comunidad lingüística no despreciable a día de hoy) y otras derivaciones en vías de desaparición (por ejemplo, el manx de la Isla de Man, que se considera prácticamente extinguido). Y por otro lado, una rama paralela de la que forman parte el bretón (300.000 hablantes), el galés (600.000 hablantes) o el cornish (de Cornwall, extinto desde el s. XVIII). Mención aparte merece también el
ogham, el lenguaje de símbolos secreto de los druidas, inaccesible para el resto de componentes de la tribu, que se ha logrado descifrar en parte gracias a las inscripciones halladas sobre algunos menhires y otros megalitos. A su vez, entre las principales obras literarias de inspiración celta resalta, sin lugar a dudas, el
ciclo del Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, o el compendio de cuentos incluidos en el
Mabinogion galés.
El manual se completa con una serie de apéndices formados por las fuentes de documentación bibliográfica (poniendo especial atención a los autores clásicos, como
Julio Cesar, cuyo tratado de la
Guerra de las Galias supone uno de los mejores medios de información al respecto), una tabla de representación del ogham y un glosario de términos y localizaciones celtas.

Desde luego, esta no es la guía más seria ni rigurosa que podemos encontrar sobre los usos y costumbres de la civilización celta, máxime teniendo en cuenta lo difícil que es tratar la observación de una etnia tan disgregada y heterogenea como la celta, pero sí es lo bastante recomendable para obtener una rápida visión de conjunto sobre la misma que nos empuje a profundizar más en el tema. Esta no es la única obra de que dispongo sobre este noble, violento ya la vez poético pueblo (me aguarda una estupenda enciclopedia en dos tomos a la que ya le tengo ganas), así que volveré sobre todo lo que tiene que ofrecer el mundo celta en futuras reseñas. Para finalizar, os dejo con un pequeño y bonito párrafo con el que el autor define bien la perdurabilidad del espíritu celta en la actualidad:
"
En la gran mayoría de sus áreas de influencia, el culto, o para mayor precisión, los cultos celtas dejaron improntas muy profundas, algunas de las cuales pueden rastrearse hasta nuestros días. Las capillas, ermitas y monasterios cristianos se emplazaron sobre arcaicos santuarios druídicos o templos galorromanos; numerosas fuentes y calveros de los bosques, sagrados ayer para los celtas, son hoy lugares de peregrinaje para creyentes de muchas religiones distintas; con frecuencia puede verse, tanto en el continente como en las forestas de Irlanda, una virgen entronizada en el hueco de una añosa encina, otrora cantada por vates y bardos; hadas, silfos, ninfas, ondinas, leprechauns y korrigans custodian los árboles y manantiales, y revolotean entre las ramas de los robles. [...] Hoy, a través de casi veinte siglos de historia, las religiones masivas han logrado enmascarar innumerables ritos paganos bajo la cáscara de sus propias interpretaciones."