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domingo, 20 de julio de 2014

Harry Dresden I: Tormenta


Conocida mi predilección por los magos, entenderéis que me haya dado por echar un vistazo a  la obra más famosa, tan de boca en boca ultimamente, del escritor americano Jim Butcher, que ya ha colocado en las librerías nada menos que 15 entregas de esta serie englobada en la urban fantasy con un toque siniestro. Aunque de Butcher también hemos podido ver publicada por aquí otra saga de fantasía (Codex Alera, en la colección RBA Fantástica) de corte más clásico, es sin duda el personaje de Harry Dresden quien le ha catapultado a la fama y a las listas de los más vendidos en EE.UU.

La clave del éxito la tiene el propio señor Harry Blackstone Copperfield Dresden, que como ya habréis adivinado, sobre todo aquellos versados en el mundillo de la magia, recoge los patronímicos de algunos de los más célebres practicantes del arte de lo arcano. Un tipo singular que se dedica a resolver casos con una ayudita de los poderes esotéricos que le han venido dados de nacimiento. Porque Harry es justamente eso: una mezcla de detective privado y de mago a sueldo. Un personaje con gancho, resuelto, a veces cínico, cuyas aventuras combinan con equilibrio la emoción, el relato tenebroso y un punto de humor que le va muy bien a la serie y que su público ha asimilado enseguida.

Lógicamente este primer volumen del que hoy hablamos, que lleva por título Tormenta (Storm Front, 2000), es una introducción general tanto a la serie como al personaje, del que muy pronto se intuye que se enriquecerá gracias a un amplio desarrollo durante los tomos siguientes que componen la colección, abierta hasta la fecha. No pretendo desvelar gran cosa sobre el argumento de esta entrega preliminar, porque realmente se limita a contarnos una historia muy de pasar el rato, sin más, aunque ciertamente entretenida.


Nos situamos en la ciudad de Chicago, donde la inmensa mayoría de la población permanece ignorante y totalmente al margen de las fuerzas de carácter místico que a menudo se desatan en su entorno, así como de hallarse rodeados de más gente capaz de ejercitar tales poderes de lo que nunca hubieran imaginado. Dresden es un investigador privado con aires de alegre y resignado perdedor que colabora ocasionalmente con el departamento de la policia local, más concretamente con la sección de 'investigaciones especiales'; un cajón de sastre para sucesos de difícil explicación que recae sobre los esforzados hombros de la teniente Murphy. Para llevar a cabo sus averiguaciones, Harry se relaciona con los bajos fondos del lugar: el gangster de turno y su red mafiosa, la proxeneta encerrada en su lujosa mansión bajo cuya voluptuosa figura se oculta una de las más temibles vampiresas, los parroquianos del bar, regentado por el sobrio ventero Mac, donde acostumbran a reunirse aquellos que flirtean con los secretos de la magia, etc.

En esta aventura inicial (que, como digo, no es nada del otro jueves, pero sí que contiene los suficientes ingredientes para engancharnos pronto a la historia), un peligroso individuo está profanando las reglas de la magia y violando el código ético del oficio al cometer una serie de brutales asesinatos rituales. Harry Dresden debe ayudar a la policia a encontrarlo cuanto antes. Mientras recaba pistas para este insólito sumario, se le mete por medio el encargo de buscar a un aficionado a la magia cuya mujer denuncia su repentina desaparición. También debe indagar acerca de los extraños efectos de una droga de moda, denominada el Tercer Ojo, que está causando estragos y provoca alteraciones psíquicas muy similares a las que supone entrometerse en el espacio de lo sobrenatural. Pero lo que empieza siendo un trabajo de rutina acaba convirtiéndose en una misión en la que el destino personal del propio Harry corre un serio peligro.

Siendo una serie que se apoya firmemente sobre la figura de su protagonista, que incluso cede su nombre para denominar al conjunto de la obra, veamos un poco más sobre quién es este Harry Dresden. No puede negarse que se trata de un personaje bien construido y que se hace simpático al lector desde las primeras páginas, de ahí la notoriedad de sus novelas. Pero que quede claro: cualquier parecido con su tocayo, el también mago Potter, es pura coincidencia. Aparte del nombre de pila y de sus inclinaciones arcanas, la creación de Butcher no podría tener menos en común con la de Rowling.


Harry posee una personalidad desenfadada, algo macarra, y el carácter solitario propio de un marginado. Su perfil es el del clásico antihéroe al que, a pesar de su mala fortuna, las cosas acaban saliéndole bien. Casi siempre está sin blanca y, en sus propias palabras, atravesando por una mala racha. Aunque luce un aspecto un tanto desaliñado y es un desastre con las mujeres (en casa sólo le guarda la ausencia un gato con malas pulgas), ejerce una extraña atracción para las féminas a su alrededor, como la irritable agente Karrin Murphy o Susan Rodríguez, periodista del Arcano, un panfleto sensacionalista que se hace eco de todos los fenómenos paranormales que se producen en la ciudad. Y si a Sherlock le definen su pipa, su violín o su gabán, esta versión postmoderna de detective no podía ser menos, contanto entre algunos de sus objetos más preciados el sucio guardapolvos que viste, un pentáculo colgado al cuello —herencia de su madre— o una calavera parlante, que le ayuda en la preparación de pociones y toda clase de brebajes, oculta en el sótano de su destartalado apartamento, además de los clásicos bastón y cetro mágicos que usa como catalizadores, entre otros cachivaches. Además conduce un ruinoso escarabajo que se avería cada dos por tres, aunque la verdad es que todo aparato eléctrico o mecánico que toca Harry tiende a estropearse, como él mismo reconoce.

Hasta donde he leído gracias a este primer tomo, la magia de Dresden no es que sea muy efectista ni espectacular; casi se diría que las descripciones escatiman un poco estos recursos para no perder la visión de fantasía contemporánea, entiendo. De cuando en cuando nuestro protagonista suelta algún que otro latinajo de resultados demoledores, aunque no suele ir más allá de acciones de telequinesis u ondas expansivas que basan su fuerza en el fuego o en el viento. También recurre ocasionalmente a la invocación de seres feéricos para que acudan en su ayuda (en este relato, por ejemplo, de un duende llamado Pito con cierta predilección por la pizza como recompensa por sus servicios). En fin, ya véis que tampoco debe uno tomarse demasiado en serio las historias de este mago sobre el asfalto de la gran ciudad, porque la nota de humor está claramente presente.

La narración contiene frecuentes referencias al pasado del personaje que, es de suponer, se irán aclarando a lo largo de una serie tan extensa, como las alusiones a sus progenitores: el padre (un sencillo prestidigitador ambulante sin las facultades innatas que le han sido conferidas a su vástago), la madre (quien sí parece haber tenido verdaderas capacidades mágicas) o sus mentores. Alguno de estos últimos se volvió en un momento dado contra el alumno, provocando un enfrentamiento que le ha costado a Harry la constante vigilancia del Consejo Blanco y de Morgan, un implacable y adusto vigilante de sus actos, siempre suspicaz de los embrollos en los que se embarca el detective-mago, enviado por el Consejo para asegurarse así de que no transgrede ninguna de las leyes elementales. Estamos, en fin, ante una mezcla actual de la contundencia descreída de Geralt de Rivia y el aura de misticismo que envolvería a una Penny Dreadful del s.XXI (apreciación ésta puramente subjetiva, que conste).

Me he tomado este comienzo de Harry Dresden como lo que pienso que realmente es: literatura fantástica de evasión. La prosa de Jim Butcher no es precisamente un ejemplo de virtuosismo narrativo, pero sin duda la forma y el tono de relatar los acontecimientos engancha y entretiene como ella sola. Hay que decir en su favor que no lleva a engaño; que se trata de una lectura resultona, carente de grandes pretensiones más allá de hacernos pasar un buen rato, y muy influenciada por un estilo que roza la vena cinematográfica (desconozco si el autor tiene alguna relación profesional con la industria). La serie goza de un tono oscuro que no ensombrece un claro sentido del humor —más bien de la ironía— sobre todo por la manera que tiene Dresden de relatar sus calamidades cotidianas (la narración es en primera persona) al ir avanzando en sus investigaciones.

Además de las novelas, existe una adaptación televisiva de SciFi Channel, que no debió de tener demasiada audiencia pues fue prematuramente cancelada, así como una versión en cómic y hasta un juego de rol propio. Y es que entre los norteamericanos ha sido todo un fenómeno de ventas con una auténtica legión de seguidores. Yo creo que ese notorio éxito obedece principalmente a la versatilidad del personaje y a que sus historias son de fácil lectura. Pero no todo lector encaja bien la interposición de la fantasía en un entorno realista (yo mismo rara vez le encuentro la gracia a esa combinación), así que debe tenerse en cuenta que puede no ser del gusto de cualquier asiduo al género.

Me habían recomendado muy efusivamente los libros de Harry Dresden y lo cierto es que, sin ser una colección digna de grandes elogios, sobre todo desde el punto de vista del nivel literario, admito que se trata de una lectura amena y adictiva, perfecta para llevar en el ebook camino del trabajo. También podemos tirar de las ediciones en rústica mediante las que lo está publicando La Factoria de Ideas (de momento han llegado al volumen nº 13 en la fecha presente), afectada por una traducción quizá no del todo fina, o bien en la versión más económica de DeBolsillo. Continuaré leyendo las aventuras del bueno de Harry, ya que además de entretenidas no tienden a ser novelas excesivamente largas (Tormenta, de la que dicen es la más floja de todas, cuenta con sólo 320 páginas). Una primera entrega que no llega al notable, pero que al menos se le acerca lo suficiente para que tenga las ganas y la intención de darle un voto de confianza a la serie.

Calificación:

martes, 20 de mayo de 2014

Cuatro caminos hacia el perdón


En la prolífica carrera artística de la estadounidense Ursula K. Le Guin, exponente internacional de la fantasía y la ciencia ficción, el cuento y el relato corto han constituído una de las variantes literarias donde mayor desarrollo ha experimentado su excelente prosa. Revistas divulgativas y publicaciones americanas de la época especializadas en ciencia ficción han recogido gran parte de esa riqueza narrativa en forma de pequeñas historias, a menudo recompensada con premios de sobrada fama, como el Hugo o el Nébula. No hace mucho hablábamos aquí mismo de una de las recopilaciones más extensas que se han publicado al respecto, Las doce moradas del viento, relanzada por RBA en su colección Literatura Fantástica. Hoy vamos a comentar unas líneas sobre otra de ellas, que también ha conocido una reedición reciente —de Minotauro en este caso— y luce el elocuente título Cuatro caminos hacia el perdón.



También puedes seguir leyendo esta reseña en La Espada en la Tinta...




Si 'Doce moradas' nos ofrecía una antología heterogénea donde capítulos de high fantasy, con magos, dragones y otros seres extraordinarios, se entremezclaba con otros de la ci-fi propia de naves, razas alienígenas y mundos estelares, en Cuatro caminos hacia el perdón nos encontramos una selección de cuentos basada exclusivamente en este último campo novelístico. Mientras que el primero contaba además con un holgado repertorio de hasta diecisiete historias de lo más variadas, en este libro la autora se centra en contarnos tan sólo cuatro argumentos diferentes, pero hábilmente relacionados entre sí, como el lector irá descubriendo a medida que avance en sus páginas.


Un buen porcentaje de la producción de la Le Guin en este género, como bien saben sus seguidores e incondicionales, que no son pocos, se fundamenta en el llamado universo del Ekumen (o Ecumen; también denominado con frecuencia Ciclo Hainish), donde la civilización originaria del planeta Hain restablece el vínculo con otras sociedades de la galaxia sobre las que antiguamente dejó la huella de su especie (de apariencia humanoide y terrestre) y con quienes miles de años después retoma el contacto. Como breve apunte para aquellos que se encuentren en fase de descubrir a esta formidable mujer, la gran magnitud del Ekumen estriba en una vastedad de contextos que permiten a su creadora generar toda clase de mundos sobre los que imprimir su visión de la llamada ciencia ficción social, su terreno favorito. Y es que —ya lo ha manifestado en varias ocasiones— para ella este género no tiene sentido si no es capaz de abarcar la dimensión humana, más allá del reflejo sobre materias puramente físicas o tecnológicas.

Mundos pacíficos y sistemas dominados por tiranías opresoras, planetas donde la ciencia se ha implantado hasta en el último rincón de su superficie y otros cubiertos por vida exclusivamente vegetal donde el hombre apenas ha hollado, sociedades muy organizadas y otras de estructura tribal, continentes evolucionados hasta la modernidad y lugares que empiezan a dar sus primeros pasos en el camino del progreso. Un valioso abanico, en fin, gracias al que exploramos las teorías culturales de Ursula, muy influidas por la pluralidad psicológica, el feminismo, la anarquía, la lucha de clases, la ecología, el respeto al prójimo, las relaciones humanas o la transformación social. Creencias muy respaldadas además por su inclinación —seña de identidad propia— hacia las filosofías zen y taoísta.


Uno de esos muchos escenarios maravillosos que recogen algunas de estas ideas es el formado por los ficticios planetas Werel y su colonia Yeowe, inmediatamente próxima al sector galáctico del primero. Ambos mundos, los únicos habitados de su sistema, conforman una sociedad compleja basada en dos estamentos fundamentales, propietarios y activos, donde los unos mantienen sometidos bajo un férreo régimen de esclavitud a los otros. En el período durante el que tienen lugar estas pequeñas historias, asistimos a los primeros siglos de la revolución que se produce en Yeowe y la lucha por la libertad de los activos, justo al mismo tiempo en el que tanto planeta matriz como satélite comienzan a estrechar lazos con los enviados del Ekumen que arriban a sus respectivas órbitas y hacen las veces de mediadores en el conflicto. Un enfrentamiento que se desata a años luz de la Tierra y del que, sin embargo, mucho sabemos en nuestro conocido sistema solar.

Con Cuatro caminos hacia el perdón la veterana escritora emprende un tratado sobre un concepto tan abstracto como la libertad, no sólo entendiéndolo en términos mayores, sino incluso desde el plano más elemental, como la capacidad de decidir (¡o la posibilidad de hacerlo, en el caso de los oprimidos personajes yeowanos!), así como el modo de alcanzar ésta por medio de la redención. Muchos de sus protagonistas son mujeres que además padecen esa carencia de libertad por partida doble, en la condición de esclavas y también por ser del género femenino, y cuya búsqueda de la emancipación cobra el sentido de una verdadera odisea. Veamos ahora más de cerca estos cuatro cantos de libertad.



En el Arkamye (el libro sagrado para los habitantes de Yeowe) se dice: «vivir de manera sencilla es lo más complicado». Traiciones (Betrayals, 1994) nos muestra la visión de una anciana que ha sido testigo de las revueltas del planeta en su proceso de autonomía y ahora vive en un lugar casi de retiro espiritual, desde donde contempla que los cambios no han llegado a calar a nivel de tradición y costumbre. Un día conoce al que fuera uno de los grandes líderes de la revolución: un hombre caído en desgracia al que hoy muchos detestan y marginan. Porque a veces el camino de la liberación toma la forma de la misericordia y del amor, la protagonista tratará de asimilar los motivos del viejo cacique Abberkam encontrando consuelo en un mutuo entendimiento. Versada en reflejar las sensaciones del ocaso de la vida (y en revestir esta etapa de una dignidad tranquilizadora), Le Guin ofrece aquí una narración pausada que invita sobre todo a la reflexión.

Más enérgico resulta el siguiente relato, El día del perdón (Forgiveness day), centrado en la joven Solly: una Móvil (así se dice de las gentes que viven en diferentes mundos y saltan de uno a otro, sorteando el paso de las generaciones) que llega a Werel en calidad de Enviada del Ekumen. Tras una breve estancia en Voe Deo, la capital y nación dominante del planeta, es destinada al pequeño reino de Gatay, en otro continente, para extender las acciones diplomáticas de la embajada ecuménica. Libre de las ataduras burocráticas de la corte, Solly asume su nueva función con entusiasmo. Pero enseguida descubre que sus movimientos son controlados por los asistentes personales que las autoridades voedeanas se han empeñado en asignarle para 'garantizar' su seguridad. Sobre todo por Teyeo, su guardaespaldas, un militar que con toda su estricta moral no puede ocultar el gesto de incomprensión y hasta de desprecio por lo que Solly representa como mujer extranjera y figura de cierta influencia. Tenemos, en este caso, un relato más dinámico que el anterior, con personajes de una psicología trabajadísima y que presenta momentos descriptivos de increible fuerza, como la historia personal del rega Teyeo.


Cambiamos de escenario y de enfoque con Un hombre del pueblo (A man of the people), la única de las cuatro historias en la que el protagonismo recae en un personaje masculino. Havzhiva es originario de Stse, una región de Hain (cuna del Ekumen) profundamente arraigada en el respeto a la tradición local. A pesar de la expansión del planeta hacia otros mundos, en esta comarca parece que las creencias y el estilo de vida se hallan tan asentados que sus habitantes que no se cuestionan otra forma de hacer las cosas. Pero la sed de conocimiento en él es grande desde niño (un conocimiento que, en realidad, siempre ha tenido a su alcance). Su desarrollo personal le llevará a pasar por las Escuelas de Hain, visitar otros lugares, otros planetas, abrirse a la relación con alienígenas y finalmente integrarse en el Ekumen. Como agente de esta federación galáctica en Yeowe, Havzhiva ayudará a una organización de mujeres a sacudir los cimientos del patriarcado que, tras la liberación, aún sostiene en pie los viejos dogmas de la colonia. Este relato posee un tratamiento más abstracto y contiene algunas de las páginas donde la vena antropológica y el análisis sociocultural de la autora está más presente.

Por último, en La liberación de una mujer (A woman's liberation), publicado inicialmente en el 94 en la revista de ciencia ficción Asimov's (al igual que los dos cuentos anteriores), se narra la biografía de Rakam, eventualmente ligada al capítulo anterior. Nacida esclava en las plantaciones de Werel, contemplamos su evolución desde niña —cuando, sin ser ni siquiera muy consciente de ello, se convierte en el juguete sexual de su ama— hasta su llegada a la gran ciudad como sierva manumisa, en donde, además de a leer, aprende que los límites de su mundo están mucho más allá de los muros de los latifundios en los que sus propietarios la tenían encerrada. De las penalidades de la esclavitud al activismo revolucionario, Rakam realiza un viaje interior, por una parte, pero también espacial (oculta en una nave de carga), que la conduce hasta el utópico Yeowe. Allí descubrirá que, pese al fin de la guerra con el planeta opresor, aún queda mucho por hacer... Aunque sea un aspecto recurrente en todo el libro, este es sin duda el episodio donde el mensaje feminista es más acusado.


La relación entre estas historias y sus protagonistas, que (salvando el caso del primer capítulo) guardan cierto nexo en común, da consistencia a esta crónica sobre la liberación de Werel-Yeowe a lo largo de varios siglos, donde salen a relucir todos los temas que preocupan a Le Guin en ese estilo tan personal de su —mal llamada, en mi opinión— ciencia ficción soft, y en las que tampoco falta el toque fantástico que suele impregnar toda su obra. Cuatro personajes impresionantes para cuatro relatos largos (o novelas cortas, si se prefiere) no menos sorprendentes, vinculados por el amor como una fuerza viva. Existe un quinto relato ambientado en este mismo escenario imaginario, titulado Música antigua y las mujeres esclavas, que aparece recogido en el compendio posterior El cumpleaños del mundo y otros relatos.

Para rematar esta antología de 300 páginas, al final del libro disponemos de un apéndice que amplía el trasfondo de los dos planetas sobre los que se sitúa la narración, además de un glosario de notas y una guía de pronunciación de los distintos nombres y palabras. Un buen detalle que agradecerán aún más aquellos que achacan a la autora su interés prioritario en lo filosófico, en detrimento del esmero sobre cuestiones más tangibles de las culturas alienígenas que explora en su bibliografía. De esta reedición actual que estamos examinando, tan sólo cabe lamentar una portada poco agraciada y carente de sentido.

Tenemos nuevamente a nuestro alcance en las librerías una bella obra que los fans de la Le Guin más auténtica disfrutarán de principio a fin y gustarán de releer con esa placidez que la gran maestra del género contagia en cuanto escribe. Sin embargo, debe aclararse que no es la más apta como iniciación para quienes aún no hayan leído nada de la autora, o para los que quieran indagar en su vertiente orientada a la ciencia ficción (al menos dentro del ciclo Ekumen) sin pasar antes por sus otras publicaciones de referencia.

Calificación:

sábado, 15 de marzo de 2014

Tramórea: La Espada de Fuego


Las etiquetas editoriales a menudo son engañosas o comprometedoras. Unas veces transmiten lo que queremos oír sobre una publicación concreta, otras nos fuerzan a encasillar la novedad del momento en base a unas expectativas previsibles, y la mayoría de ocasiones se convierten en un mero reclamo comercial, más contraproducente que útil, de la obra que buscan distinguir. Solemos huir de ellas, pero al mismo tiempo nos cuesta no alimentar su propósito si se nos pide opinión. Yo no sé si La Espada de Fuego es realmente «La mejor novela de fantasía épica española», como reza el lema grabado en su portada. Pero lo que sí tengo claro que es una de las más sobresalientes narraciones del género fantástico de origen nacional que ha pasado por mis manos en los últimos años.

Es verdad que he leído muchos más libros de procedencia extranjera que doméstica en lo referente a fantasía. Sin embargo, pienso que el madrileño Javier Negrete, autor de este vigoroso relato heroico, puede presumir con todas las de la ley de estar a la altura de respetados bestsellers de ficción anglosajones. Hoy día, la saga de Tramórea es un firme exponente de la buena fantasía que se hace dentro de nuestras fronteras, avalada por su evolución hasta alcanzar dimensiones de tetralogía y por haber sido traducida a otros idiomas. Si no la mejor, desde luego que puede postularse en el podio de los grandes de su género en español, siendo un enorme éxito de ventas y de crítica entre los lectores.


El título de una novela, aunque no sea lo principal, a menudo determina nuestro interés previo sobre la misma. Si bien llevaba mucho tiempo oyendo hablar de Tramórea, el nombre tan de 'dragonada' (con todos los respetos al término, pues las hay muy válidas) que luce ésta su primera parte admito que me echaba un poco para atrás. Craso error, en el que no es la primera vez que caigo además, y del que ya debería haber aprendido bien. Porque bajo el más arquetípico de los títulos (aunque justificado y no como un simple gancho) he comprobado que se ocultaba una historia extraordinaria, con sus pequeños clichés y sus referencias inequívocas del género, vale, pero también con matices muy originales y sobre todo una calidad narrativa magnífica. Y así empieza el relato...


Cuando Hairón, jefe de la Horda Roja, con sede en la fortaleza de Mígranz, y legítimo poseedor de Zemal, la Espada de Fuego, muere aquejado de una extraña y repentina enfermedad, se abre la competición por convertirse en el nuevo portador de este arma legendaria, que se dice forjada por el dios herrero Tarimán y otorga a quien la esgrime una posición de liderazgo supremo. Su nuevo poseedor sólo puede ser un gran maestro de la esgrima, un tahedorán, uno de entre los mejores espadachines de toda Tramórea. Siete son los candidatos dispuestos a averiguar dónde se halla ahora escondido el mítico filo; entre ellos, uno de los más fieles lugartenientes del anterior Zemalnit (título que se concede a su dueño), el gran guerrero tahedorán Kratos May.

Pero este no va a ser un certamen más para disputarse el relevo de Zemal, pues hay fuerzas oscuras que vuelven a ponerse en movimiento con un fin, ajeno a la comprensión humana, infundido por las pesadillas del durmiente y tenebroso dios Tubilok, que yace encerrado en el infernal Prates. Fuerzas que quieren favorecer a uno de los aspirantes de la prueba, Togul Barok, hijo del emperador de Áinar, elegido de los dioses. Además, tah Kratos tendrá que asumir la posición de improvisado maestro para Derguín, otro de los pretendientes de Zemal y antiguo alumno defenestrado de Uhdanfiún, la gran academia marcial del Tahedo. Siguiendo la guía del mago Linar de los Kalagorinôr (una orden de taumaturgos que busca sostener el delicado equilibrio de Tramórea) y junto al nuevo discípulo de éste, Mikhon Tiq, da comienzo una búsqueda épica, salpicada de peligros, para dar con el paradero de la hoja celestial y asegurarse de que caiga en manos correctas.


Ya sé que a priori muchos pensaréis que el argumento no puede ser más repetido: el fabuloso objeto inalcanzable, un héroe en ciernes, el viaje iniciático, magia, espadas, dioses que intervienen en el destino de los hombres corrientes... Pero os aseguro que esa primera impresión de relato trillado se desvanece en seguida, si es que llega a darse, bastando apenas unas pocas páginas para quedar enganchados a la trama. Javier Negrete moldea los elementos clásicos de la fantasía para urdir una prosa adictiva que atrapa en sus redes al lector gracias a unos personajes ante los que caer rendidos. Las parejas protagonistas, los guerreros Kratos May y Derguín Gorión, y los magos, Linar y Mikhon Tiq, inician caminos que se juntan y se separan para confluir en la espada de fuego, y durante esa grandiosa ruta se ganan nuestro cariño como compañeros de un viaje apasionante. El caso es que he tenido una facilidad en el momento de imaginar mentalmente a los personajes como no la he conseguido con otros libros de fantasía.

El Mago Linar (ilustración de Víctor Leza)
Sí, el tópico del grupo heroico formado por guerreros/magos extiende sus alas también a los personajes de La Espada de Fuego. ¡Pero qué personajes! ¡Qué grandes tah Kratos e ib Derguín! El autor nos describe sus personalidades con un precisión que nos hace meternos en su piel y vivir en primera persona sus impresiones: la firmeza de Kratos mezclada con ese sentir solitario, la sensibilidad y el anhelo por aprender de Mikha, el temor responsable y la determinación de Derguín, o la adusta ceremoniosidad adquirida con el paso de los siglos del viejo Linar. También los necesarios villanos están trabajados sobradamente. La bipolaridad del príncipe Togul Barok, a veces un monstruo despiadado, un verdadero sociópata sin escrúpulos; otras un ser atormentado capaz de reconocer y respetar la nobleza de sus contrarios, encuentra la horma de su zapato en el manipulador y demente Ulma Tor. La brillantez descriptiva sobre los personajes la encontramos igualmente en excelentes secundarios como el salvaje y conmovedor gigantón gaudaba al que apodan El Mazo, la enigmática ninfa Tríane, el criminal Kirión el Serpiente, o los también tahedoranes Krust, el arconte, y la albina amazona atagaira Tylse.

Siendo este libro la primera incursión de Javier Negrete en la fantasía heroica, se diría que lleve toda la vida escribiendo para ella. Alternando su profesión en el marco de la docencia de letras clásicas con una sólida vocación de novelista, su bibliografía anterior abarca géneros tan dispares como la narración infantil de aventuras, la literatura erótica o la ciencia ficción, viéndose recompensada con varios premios importantes, entre ellos el Ignotus. En 2003 se produce su afortunada entrada en Tramórea, que a día de hoy parece darse por cerrada y comprende las continuaciones de La Espada de Fuego; a saber: El Espíritu del Mago, El Sueño de los Dioses y El Corazón de Tramórea, segunda, tercera y cuarta entregas de la serie, respectivamente. No obstante lo dicho, este primer volumen del que hoy os hablo, pese a su final claramente abierto, puede leerse de forma independiente y disfrutarse igual sin tener en cuenta los siguientes números. El escritor tampoco ha dejado de lado su interés por los clásicos grecolatinos, de lo que son buenos ejemplos otros superventas como Salamina, Alejandro Magno y las águilas de Roma, Señores del Olimpo, o el más reciente La hija del Nilo (2012). Estoy convencido de que si la obra de Negrete tuviera una difusión aún más internacional, estaríamos citando a uno de los grandes autores de fantasía de la generación actual.

La misteriosa Tríane (ilustración de Víctor Leza)
Pero centrándonos en esta estupenda novela que inaugura el ciclo, tengo que resaltar lo agradable de su lectura debido a la calidad narrativa que le ha dotado su autor, con un estilo claro, diálogos interesantes y descripciones vívidas, amén de un léxico que nos resulta extrañamente cercano. Porque (hace poco lo comentaba precisamente con otros bloggers acerca de la fantasía en nuestra lengua vernácula) tenemos la suerte de leer una obra de estas características sin tener que depender de que el traductor de turno tenga o no un buen día. Naturalmente la historia tiene sus ligeros altibajos, e incluso algún que otro capítulo, como la huída de Linar y Mikha de los Pantanos de Purk, por poner un ejemplo, que se me hizo más irregular y surrealista. Sin embargo, el nivel general de redacción y elocuencia del texto es muy alto, con pasajes como el preámbulo sobre los últimos días de Hairón o la historia personal de El Mazo que no dudo en calificar de excelentes. La relación que tejen entre sí los protagonistas, en especial de Derguín con su mentor Kratos, y con su gran amigo Mikha por la ignominia a la que ambos fueron sometidos en el pasado como estudiantes de Uhdanfiún, está muy lograda.

Es más, para ser una obra donde la acción ocupa un espacio importante, la manera de relatar las luchas nos mantiene en vilo y se hace muy amena. Lejos de parecerse a la típica rutina de lances y estocadas, Negrete las expone con una habilidad especial, como ese memorable primer combate, a modo de entrenamiento, entre Kratos vs Derguín, referido en dos columnas paralelas que nos muestran los pensamientos simultáneos de los púgiles. En este sentido cabe decir que la estructura de la novela es ciertamente curiosa, estando dividida en dos partes, de la que sólo la segunda se compone de capítulos nominales, con incisos explicativos, flashbacks, citas al inicio de los episodios que forman la primera mitad, índices de personajes, etc. Esta circunstancia no es un simple capricho, sino en cierto modo consecuencia directa de que La Espada de Fuego comenzó siendo La Jauka de la Buena Suerte; primera tentativa del autor por escribir y publicar el libro cuando sólo contaba con 17 años, que tras sufrir el destierro al olvido durante largo tiempo, retomó y reescribió hasta convertirla en lo que es hoy.


Tramórea como el mundo ficticio donde se desarrolla la trama es una escenario realmente asombroso, del que en esta primera entrega apenas llegamos a vislumbrar una mínima área. Un agraciado coqueteo con la ciencia ficción, como pocos que haya visto en obras que mezclen géneros, nos sugiere que la aventura se instala en un lugar del que nuestro propio mundo pertenece a un tiempo pretérito muy remoto. El revelador mito de las edades que Linar desvela al calor del hogar a los jóvenes aprendices, así como los guiños visuales a una tecnología desaparecida o las referencias a lugares prohibidos de Tramórea (como el interior de selvas impenetrables y desiertos en los que flota un mal de efectos nocivos sospechosamente parecido a la radioactividad, herencia de eras muy antiguas), alude a este aspecto que, según tengo entendido, queda más esclarecido en los sucesivos libros, sin que por ello deje de predominar la faceta espada y brujería.

Nos movemos en un contexto en el que la riqueza de ambientes constituye uno de los grandes valores, con una cosmogonía exclusiva representada por el panteón de los Yúgaroi, o países y regiones que supongo se irán desarrollando en las próximas partes. También hay insinuaciones al mundo de las hadas (simbolizado por la espiritual Tríane), criaturas de invención propia (como los bestiales coruecos) y castas pseudocientíficas como los numeristas, o abiertamente relacionadas con la magia (la integrada por los Kalagorinôr y su universo interior de la syfron). Pinceladas aquí y allá que conforman un trasfondo elaboradísimo, respaldado por un glosario de términos y de personajes.

Los coruecos, monstruosos pobladores del Bosque de Corocín
(ilustración de Víctor Leza)
Pero siendo una historia que gira en torno a las espadas, es imprescindible mencionar el Tahedo, el dominio en su manejo y las técnicas ancestrales de lucha que se enseñan en la prestigiosa academia de Uhdanfiún, en Koras. Es uno de los puntos más atrayentes del relato, intrínsecamente vinculado con los protagonistas guerreros, que proporciona algunos de los momentos más emocionantes de la trama. Sobre todo cuando salen a relucir las llamadas aceleraciones: fórmulas mentales secretas que sólo se aprenden a partir de la obtención del grado de tahedorán, que Kratos posee y Derguín se afana en alcanzar para poder tomar parte en la vertiginosa carrera por Zemal.

Las aceleraciones, prácticas que aumentan la fuerza, velocidad y agilidad del tahedorán durante un breve lapso de tiempo a costa de una severa consunción corporal, son la piedra angular de este original estilo combinado de esgrima y lucha ideado por Javier Negrete, con el que —tal y como está descrito— evoca la tradición oriental de las artes marciales, el honor sobre la figura de la espada como objeto digno de veneración y, por qué no decirlo, un cierto rollito a lo Matrix muy característico. Difícil de explicar aquí, os diré, para que os hagáis una idea, lo genial que sería entrar en protahitéi para saltarse un atasco camino del trabajo, o responder con una yagartéi a algún que otro advenedizo.


Minotauro posee los derechos de publicación de los cuatro libros de Tramórea, con ediciones en tapa dura, aunque también están disponibles en bolsillo lanzadas por Booket (de hecho, es en esta como he leído el primer volumen). Las portadas, honestamente, son bastante insulsas y bien podría la editorial haber encargado unas cubiertas ilustradas a la altura de una obra tan estupenda y que le ha reportado pingües beneficios. Que yo sepa, la serie al completo ha sido publicada en francés por la editorial L'Atalante, aunque puede que también lo haya hecho en otros idiomas (no en inglés, me temo). Asimismo, el año pasado apareció un librojuego inspirado en el universo de Tramórea (al que pertenecen algunas ilustraciones de este artículo) que no tardaré demasiado en comentar.

Tras leer La Espada de Fuego, que os recomiendo con entusiasmo, tengo más que decidido no sólo continuar la tetralogía con El Espíritu del Mago, sino también que tantearé otras obras del autor. Lo único que lamento es quedarme con la impresión de llegar con retraso a la fantasía de Negrete y no haberla conocido en su momento álgido, en los tiempos que sus ávidos seguidores ocupaban foros hoy abandonados (incluso la web oficial se encuentra ya inoperativa). Es una preocupación un tanto estéril, por supuesto, ya que he podido disfrutar igualmente de su lectura, pero quizá he echado en falta participar de ese fenómeno. Por suerte aún me queda mucha Tramórea por delante.

Calificación:

miércoles, 12 de febrero de 2014

Canción de Hielo y Fuego III: Tormenta de Espadas


Me disponía a escribir la crítica de la última temporada seriéfila de Juego de Tronos, que estuve viendo a finales del año pasado, cuando de pronto he caído en la cuenta de que inexplicablemente a estas alturas todavía tenía pendiente la de Tormenta de Espadas, a pesar de que finalicé su lectura muchos meses atrás. Así que me he impuesto el deber de cumplir con la tarea (nobleza obliga, dicen) sobre todo teniendo en cuenta que la tercera entrega de Canción de Hielo y Fuego es una de las novelas más extraordinarias del género fantástico, y que los capítulos más recientes de la teleserie adaptan precisamente esta parte. Y es que con la alternancia de la lectura del colosal bestseller desarrollado durante años por George R. R. Martin y de su versión para la pequeña pantalla, uno acaba ya confundiendo en qué punto de esta enrevesada trama se encuentra...

No es para menos. Con Tormenta de Espadas el creador de esta aún inconclusa saga épica se vio forzado a dividir la publicación en dos enormes tomos, so pena de poner en riesgo la integridad de nuestras sufridas muñecas. Pero el calibre físico de cualquier obra literaria nunca ha sido óbice para que ésta se devore con avidez si su contenido logra atrapar al que en ella se interna, y con este libro de cerca de 1.200 páginas se cumple la premisa al dedillo. No obstante ya dije —y me mantengo en mis trece en ese sentido— que, resistiendo el instinto de su lectura compulsiva, mi intención es ir espaciándola al ritmo de una entrega por año. Con todo, empiezo a atisbar en el horizonte, por más que no lo creyera posible cuando me decidí por este plan, que va a llegar un momento en el que inevitablemente sobrepase el ritmo de escritura del señor Martin.


Aunque lógicamente la narración prosigue con los acontecimientos allí donde terminaba Choque de Reyes, el autor ya nos advierte en un rápido prólogo que la vastedad del relato, las peculiaridades de la estructura narrativa (con la percepción desde el punto de vista de los diferentes protagonistas, como en los libros anteriores) y el mismo formato coral de la novela, con un conjunto de personajes que no deja de agrandarse más y más, imponen que los capítulos se ajusten entre sí con cierta flexibilidad temporal para que el engranaje de la acción vuelva a ponerse en marcha. Y si creíamos que tras la Batalla del Aguasnegras —con la que se ponía punto final al segundo volumen— presagiaba un periodo de calma, o cuando menos un lapso de respiro, estábamos muy equivocados.

Porque si hay algo que destacar de esta tercera parte de la Canción es justamente que el relato está preñado de pura acción. Con la flota de Stannis hecha pedazos frente a las altas almenas de Desembarco del Rey no termina el choque entre los diferentes pretendientes al trono de hierro de Poniente que pronosticaba el título anterior, sino que antes bien se avecina, tal como anuncia este, una verdadera borrasca que amenaza con empapar a todos. Creo que para ordenar en primer lugar mis propias ideas, no va mal que me dedique a repasar sucintamente qué les ha sucedido a los personajes (los que siguen en pie, claro) envueltos en esta tormenta de avatares, desgracias y graves actos. Huelga decir, por tanto, que en los siguientes párrafos aparecen detalles del argumento que podrían hacer saltar por los aires el factor sorpresa de quienes aún no se hayan adentrado en las procelosas mareas del hielo y el fuego. Ahí queda el aviso.


La suerte de los Stark está tan diseminada como desperdigados se encuentran los integrantes de su Casa. Mientras Robb, el joven lobo y Rey en el Norte (aunque ya sin un norte que gobernar tras la caída de Invernalia y a la vez con éste un poco perdido al demorar decisiones bajo la seguridad de Aguasdulces), ve hundirse a Catelyn en el desconsuelo por la fatalidad que corren los del huargo, sus hermanos emprenden destinos opuestos a lo largo y ancho de los puntos cardinales del mapa de Poniente. La maniobra iniciada por la viuda de Ned para reunir a las chicas Stark, liberando a Jaime Lannister bajo la estrecha custodia de Brienne de Tarth, quedará al albur de variables que escapan por completo a esta madre coraje. Pues Arya, dejando atrás la amenazadora silueta ruinosa de Harrenhal, se ve sometida a un vaivén errático entre el grupo de bandidos que conforma la llamada Hermandad sin Estandarte y con un posterior compañero de viaje mucho menos sociable, junto al que su único consuelo es repetir la letanía nocturna de venganzas hasta que llegue la consumación del Valar Morghulis.


Sansa también padecerá su personal calvario recluida en la aparente seguridad de la corte, por más que la capital se haya librado de los peligros de la guerra, a merced de nuevas vejaciones con el sello Lannister; familia a la que unirá su nombre debido al insospechado compromiso matrimonial con el miembro de la casa del león púrpura que menos habríamos podido imaginar a priori. Entretanto, el lisiado Bran inicia un lento y desventurado periplo hacia el Muro, en compañia de los extraños hermanos Reed, en busca del famoso cuervo de tres ojos que hostiga sus sueños confusos de warg.


Al bastardo Jon Nieve le aguardan toda clase de peripecias a un lado y otro del Muro, infiltrado entre los salvajes de Mance Rayder, junto a los que conocerá el amor de la indómita Ygritte («No sabes nada, Jon Nieve» será la consigna de esta entrega mutua tan vehemente como imposible) y de vuelta en el Castillo Negro, defendiendo la firmeza de la barrera de hielo que marca el fin del mundo civilizado. Con los caminantes blancos en marcha e inesperados aliados de última hora, no cabe duda que el hilo argumental del hijo de Eddard reclutado en las filas de la Guardia de la Noche, no por distante y ajeno a las intrigas de los Siete Reinos, deja de ser determinante para la solidez general del relato.

Pero no menos agitada es la trayectoria de la Casa Lannister durante las numerosas páginas de este tomo, paladeando tanto las mieles de la victoria compartida con los Tyrell, como la hiel de las calamidades personales más implacables. La figura del enano Tyrion, ese "gigante entre nosotros" (tan bien definido por el maestre Aemon), pasará de la convalecencia por las serias heridas arrostradas de su participación en la batalla durante sus últimos actos como Mano del Rey en funciones, al desamparo frente a los suyos —en especial de su hermana Cersei—, cuando no el desprecio directo del cabeza de familia, Tywin Lannister, que pasa a ocupar el puesto que él defendió con su ingenio. Tyrion será al principio de esta entrega un espectador en segundo plano, que pasará sin embargo a la primera línea ante uno de los sucesos más trascendentales de la saga, relacionado con el destino de su déspota sobrino, el odioso y ya coronado Joffrey Baratheon.


Por su parte, Jaime obtiene una relevancia de la que no había gozado previamente (consigue la titularidad episódica, de hecho), permitiéndonos así George R. R. Martin ahondar en profundidad en la psicología del Matarreyes, sin duda uno de los personajes más complejos de la serie, de la cual la poco agraciada Brienne se convierte en el resorte que la hace aflorar a la comprensión del lector. Ni qué decir tiene que el repertorio de conspiradores (Varys, Meñique, etc.) que integran la corte de la Fortaleza Roja seguirá tejiendo el entramado de dobles juegos y traiciones al que nos tienen acostumbrados.

Y cómo podría olvidarme de otro personaje esencial (tengo que reconocer que uno de mis favoritos, además) como Daenerys Targaryen en su peregrinaje libertador a lo largo de la Bahía de los Esclavos, que la llevará a conquistar inexorablemente una ciudad tras otra —las obstinadas, pero vulnerables, Astapor, Yunkai y Meeren— mientras aumenta no sólo el tamaño de sus dragones, sino también la lealtad de sus protectores, a cual más apasionado y fanático de su causa o de su belleza, amparados bajo la disciplina del devoto cuerpo de soldados eunucos que les protege, los Inmaculados. Lejos aún de su regreso triunfal a Poniente, la khaleesi da pasos de gigante a estas alturas de la trama para en un futuro que parece no llegar nunca disputar el trono de hierro a los usurpadores de la sangre del dragón.


Detenerme sólo en los personajes principales es quedarme corto, lo sé, ya que seguramente Tormenta de Espadas es la parte de esta saga en la que la teoría del caos se desata más descontroladamente, extendiendo su influjo hasta la última de las Casas, bandos y roles menores, y empezando a cobrarse consecuencias verdaderamente importantes en el devenir de la historia, al tiempo que deja resueltas por fin incógnitas que venían de largo (hablemos de la autoría del famoso puñal que atentó contra la vida del joven Bran, o de la mano tras la muerte de Jon Arryn). Prueba de ello es también que facciones que creíamos derrotadas y fuera del juego de tronos, como Stannis Baratheon (cuya dualidad moral atiende a una conciencia buena y otra mala, personificadas en Davos Seaworth y la oscura sacerdotisa roja Melisandre) vuelven a la carga con mucho que decir aún. En contra de la teleserie, no obstante, apenas se menciona a  los Hombres del Hierro ni la suerte corrida por Theon Greyjoy, pero de eso ya nos ocuparemos donde corresponde.

La tercera parte de Canción de Hielo y Fuego está tocada por los hitos más trascendentales, o vibrantes si se quiere, de toda esta inmensa novela-río que lleva casi dos décadas encandilando partidarios a su causa. Las emociones más trepidantes que puede despertar una lectura de ficción (o de cualquier clase de vertiente literaria, qué demonios) se encuentran aquí reunidas: el sobresalto, la curiosidad, el espanto, la admiración, la añoranza, la empatía, la compasión, el enfado... instigando las ganas de leer más y más. Encrucijadas del relato, como la estremecedora e impactante Boda Roja, que lleva al hundimiento definitivo de una Casa esencial en la historia, la condena de Tyrion o la malograda suerte de sus parientes Lannister —de las cuales quizás la menor es la pérdida física que experimenta Jaime—, la catarsis de Daenerys durante su viaje de redención, la pujanza creciente de familias que hasta ahora se mantenían en la retaguardia, como los Tyrell y los Martell, o el sacrificio de Jon Nieve... se viven con tal pasión que no pueden sino llevar a considerar este libro una de las obras más imponentes del canon fantástico.


Puede que George R. R. Martin no sea un artesano de la narrativa a la altura de Tolkien y que sus maneras lingüisticas resulten de un pragmatismo muy lejano de la delicadeza poética del padre británico de la fantasía. Precisamente en este libro muestra un estilo más realista y brutal que nunca. Pero su maestría en el dominio del folletín y sus trucos para enganchar al lector no restan un ápice al mérito del que goza como contador de historias, aunque sea de una tan eterna que algunos ya empiecen a cansarse de esperar su desenlace. Yo no he llegado a esa situación, por lo menos de momento, y si bien es cierto que especialmente en esta tercera parte llegamos a amar y odiar al autor americano a partes iguales, al final no queda otra que conceder al César lo que es del César.

Los angustiosos giros de guión, la crudeza de las descripciones o la habilidad al trasladarnos de un confín a otro de su mundo medieval-fantástico (con un mapa que se amplía hacia nuevas fronteras, como las fortalezas que jalonan el Muro y las heladas extensiones más allá de éste, o los áridos zigurats que se alzan en las ciudades esclavistas al otro lado del Mar Angosto) forman parte de las herramientas empleadas por este lúcido escritor con las que nos atrapa de la primera página a la última. Porque, como él mismo advierte en su preámbulo: «Si los ladrillos no están bien hechos, las paredes se caen».


Pero si hay algo en lo que la saga brilla por si misma es la fuerza de unos personajes que traspasan la tinta de las hojas. Y, cómo no, la desafección de Martin por cualquiera de ellos (nada que cualquier fan no sepa ya), aislándoles de tópicos, sometiéndolos a toda clase de maniobras y alejándoles de esa condición de intocables a la que no saben renunciar otros autores sobre sus protagonistas, es lo que —nos guste reconocerlo o no, por mucho apego que les tomemos— colma de grandeza su obra. Mientras este viejo tramposo de New Jersey se entretiene en procurar la caída, uno por uno, de los reyes de Poniente, no descuida un minuto las relaciones que surjen entre los personajes, sean principales o secundarios, ni la evolución y la madurez de carácter que muchos de ellos (Sansa, Jaime o Samwell, por ejemplo) experimentan a medida que pasan los capítulos.


Unos breves apuntes sobre las ediciones bajo las que se presenta Tormenta de Espadas en la publicación española de Gigamesh: la rústica con solapas de dos tomos (que prefiero al resto), el formato de lujo con tapa dura, en bolsillo e incluso una ómnibus, para que elijamos la que más nos convenga. Eso sin dejar de lado las geniales portadas de Enrique Corominas que hacen las envidias de ediciones extranjeras, por supuesto. Recordemos que están también las adaptaciones en cómic y la exitosa serie de televisión de HBO (de la que, como era mi intención, no tardaré en rendir cuentas por aquí) para hacer más tolerable la espera a aquellos que llevan la saga al día, aunque no sea mi caso.

Así las cosas, ¿qué me aguarda en Festín de Cuervos? No son pocas las voces que hablan de una cuesta hacia abajo, así que algo me inclina a pensar que no será para tanto. Tal vez porque el presente volumen es considerado el mejor de la Canción y sin duda el que más me ha gustado de los leídos hasta ahora, y eso que el listón ya estaba al máximo. El caso es que en cuestión de galardones se lo ha llevado todo: el Locus de fantasía en 2001, el Ignotus en 2006, etc. En fin, es dificil resulta hacer una valoración de un título como este... De manera que, mientras os emplazo a la futura crítica a lo largo del año del siguiente número, me gustaría saber qué sensaciones dejó en vosotros esta tercera parte.

Increible y adictiva lectura para todo el mundo, sean o no lectores asiduos del género. Simplemente imprescindible. Tormenta de Espadas consigue lo que parecía imposible: sublimar el nivel de calidad de Canción de Hielo y Fuego hasta cotas aún más elevadas.

Reseña en Adalides de Canción de Hielo y Fuego I: Juego de Tronos
Reseña en Adalides de Canción de Hielo y Fuego II: Choque de Reyes

Calificación:

jueves, 12 de septiembre de 2013

Las doce moradas del viento


Va siendo hora de reemprender el curso y lo haré con mi reseña publicada hace unos días para La Espada en la Tinta de una novela leída a comienzos del verano: Las doce moradas del viento, de Ursula K. Le Guin. Algunos ya sabéis que me encanta esta autora, y veréis más artículos por aquí sobre algunas de sus obras en un futuro próximo, como la también recopilación de relatos breves Cuatro caminos hacia el perdón.

Por el momento, os dejo con este volumen que reúne diecisiete cuentos de fantasía y ciencia ficción, la mayoría fabulosos, otros no tanto, que nos brinda la flamante colección RBA Fantástica, en rústica de 352 páginas, con prólogo de Rosa Montero, y publicado el pasado marzo a un precio de 18€. Os animo, como con todo aquello que pasa por la pluma de esta genial escritora y pensadora actual, a que disfrutéis de su lectura.


Hablar de Ursula K. Le Guin es hacerlo de una escritora que, a sus 83 años de edad, tiene ganado un indiscutible puesto de honor en el Olimpo de los autores de la fantasía y la ciencia ficción. Es cierto que su exclusivo estilo, donde la novela echa raíces en géneros como la poesía o el ensayo, a los que también ha dedicado parte de su carrera, puede no resultar del gusto de todo lector que cultive sus intereses en el fantástico. Pero nadie sería capaz de revocarle a la californiana su condición de uno de los nombres más influyentes del s. XX en el campo de la ficción literaria.

De un tiempo a esta parte hemos venido observando cómo se reeditaban sus obras completas, o casi, tal vez como síntoma del intento por cubrir el vacío editorial al que la Le Guin nos ha relegado en los últimos años. Unas pocas editoriales, en particular Minotauro, la han mantenido tenazmente y con mimo en su catálogo al ofrecernos periódicas nuevas tiradas o ediciones ómnibus de algunos de sus títulos más emblemáticos (con la excepcional serie de Terramar o los distintos libros que componen el ciclo del Ekumen o Hainish siempre en cabeza), a los que se han ido añadiendo otros de más reciente creación, tales como la Saga de la Costa Oeste o el volumen independiente, de pinceladas mitológicas, Lavinia.

La colección RBA Fantástica se une ahora a quienes prestan voz a la autora en nuestro país, y hace aproximadamente un año publicaba una selección donde se integraban dentro de un único volumen sus tres primeras novelas del Ekumen (El Mundo de Rocannon, Planeta de exilio y Ciudad de ilusiones), algunas de las cuales yacían desde hace largo tiempo fuera de nuestro mercado, facilitando así a los aficionados el acceso a las primeras entregas del corpus principal de su producción en la vertiente más orientada a la ci-fi. No son las historias más renombradas de este ciclo, que tiene en La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídos sus títulos más simbólicos, pero sin lugar a dudas el lector encontrará en ellas un delicioso repertorio de una brillante mujer a la que basta conceder un poco de atención para darse cuenta de su enorme porvenir en el momento de elaborarlos.

Precisamente la antología que nos ocupa —nueva y afortunada incursión de la colección RBA en la prosa de Ursula— ahonda de nuevo en sus primeros pasos al dar cabida a un conjunto de textos primitivos, redactados entre 1963 y 1974, que constituyen el auténtico germen de las que se convertirían en sus obras maestras años después. Claves para comprender las motivaciones e inquietudes que la conmueven, así como para ampliar la dimensión de sus postreras publicaciones, estos diecisiete relatos de fantasía y ciencia ficción marcan una línea de partida que resulta igual de apta tanto para aquellos que se inician en el recorrido de su obra, como para quienes ya han tenido la fortuna de paladear sus trabajos más importantes y conocidos.

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domingo, 2 de junio de 2013

Spellwright II: El despertar del dragón


Continúan las aventuras de Nicodemo Weal, el mago cacógrafo en busca de una cura para su minusvalía, que le impide urdir hechizos textuales con eficacia, al tiempo que se ve inmerso en una siniestra trama de giros inesperados, perseguido por rivales que quieren su caída y ansiado por demonios que ven en él un valedor de su apocalíptica causa.

Nuevos personajes, algunos de los cuales cobran vital importancia en el desarrollo de la historia, como la locuaz sanadora Francesca DeVega que unirá sus fuerzas a las de Nicodemo, y nuevos escenarios también para esta segunda parte que ahonda en las peculiaridades ya presentadas por su predecesora: un sistema mágico insólito y original, todo un mundo ficticio poblado tanto por criaturas de civilizaciones malogradas, como bajo el influjo de eclécticas facciones y escuelas de conocimientos arcanos que ostentan el verdadero poder, detalladas descripciones en las que se adivinan las preferencias lingüisticas y doctrinales del escritor, y un abanico de personajes de fuerte personalidad, entre otras, son las características que lucen de nuevo en este volumen intermedio. Lástima que el resultado, esta vez, caiga en un estilo más confuso de lo deseado.

El autor Blake Charlton profundiza en una saga de fantasía juvenil amena aunque sin excesivas ambiciones, que no obstante proporciona buenos ratos, en especial si eres de los que gustan de literatura fantástica donde la magia tiene un peso importante en el relato.

Avance de lectura: Capítulo I.

Recordemos que la trilogía está siendo publicada por Versátil y que aún está pendiente de aparición la tercera entrega, Spellbreaker, sin fecha de salida definida por el momento, ya que el autor se encuentra todavía trabajando sobre la misma. Mi agradecimiento tanto a la editorial, como al portal amigo La Espada en la Tinta, por la cesión de un ejemplar a partir del que he preparado la crítica que podéis leer a continuación:

Han transcurrido diez años desde que tuvieron lugar los acontecimientos que sacudieron la armonía en la fortaleza de lexicomagos de Bastión Estrella (vease Spellwright: La profecía del Alción), donde Nicodemo Weal era por entonces un joven aprendiz impedido para ejercer plenamente el oficio. Una nueva perturbación del equilibrio se cierne sobre las lenguas mágicas y sus diferentes escuelas, enfrentando a los reinos entre sí, bajo una oculta amenaza mucho mayor que provendrá de allende los mares: la Disyuntiva, el fenómeno anunciado por las profecías capaz de corromper todos los lenguajes, y que, según estos mismos augurios, será combatido por un paladín del orden, el Alción, que rivalizará a su vez contra el campeón de este admonitorio peligro, el fatídico Petrel.

¿Alción o Petrel? Esa cuestión en torno al protagonista era la incógnita a la que esta trilogía sobre magos daba vueltas en su primer volumen, y su solución sigue sin dilucidarse claramente en este título, Spellwright: El despertar del dragón (o Spellbound en su versión original), que continúa la historia de Nicodemo tras concederle un periodo de madurez antes de retomar su búsqueda existencial en el presente.



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domingo, 17 de febrero de 2013

El Mago de Oz

Dentro de pocas semanas, el próximo 8 de marzo para ser más exactos, se estrenará en las salas de cine una de las grandes proyecciones de Disney para este año: Oz, un Mundo de Fantasía, que se presenta como una especie de precuela de la archiconocida novela de L. Frank Baum, quién sabe si de cara a un futuro remake cinematográfico de la misma por parte de la factoría de animación, que ya le dedicó una versión anterior. La cuestión es que el lanzamiento de esta película me ha servido de aliciente para revisitar un clásico de la fantasía universal como es El Mago de Oz, publicado originalmente en 1900, al que tenía ya muy olvidado.

Porque debió ser alrededor de los diez u once años cuando leí por primera y única vez -hasta ahora- este libro (si la memoria no me falla, en una edición juvenil de Anaya que extraje de la biblioteca del colegio) del que, quien más y quien menos, conocerá, aunque sólo sea de oídas, los detalles más típicos acerca de Dorothy y su perro Totó, con sus estrafalarios acompañantes, el Espantapájaros, el Leñador de Hojalata y el León Cobarde, siguiendo el camino de baldosas amarillas hacia la mítica Ciudad Esmeralda; o sobre las Brujas de los cuatro puntos cardinales y los coloridos habitantes de la Tierra de Oz.

La verdad es que sentía una enorme curiosidad por descubrir hasta qué punto habían envejecido bien en mi memoria las sensaciones que me dejó aquella primera lectura y que todavía perduraban desde entonces, porque eran recuerdos vagos pero muy gratos; los de una historia que por esos tiempos me pareció muy original, divertida y repleta de personajes fascinantes e inverosímiles, como podéis suponer para la imaginación de un chaval en esa época. Pero está visto que esto de hacerse mayor es perjudicial para el entusiasmo e inversamente proporcional a la capacidad de sorprenderse.

Y el resultado, aunque la nostalgia te atenaza al ir reconociendo línea tras línea los viejos pasajes de la novela, es que la lectura de esta obra siendo adulto se evidencia como lo que es: un cuento manifiestamente infantil. ¡Ojo, que no subrayo esto como un aspecto negativo, ni mucho menos! Pero está claro que quien espere encontrar en ella una narración de fantasía concibiéndola bajo el prisma de los tiempos modernos, se verá sin duda contrariado. Porque, para disfrutar hoy de El Mago de Oz, considero importante haberlo experimentado previamente durante la niñez. Ahora bien, la publicación por excelencia de L. Frank Baum, a la que no obstante siguieron decenas de títulos basados en el mundo de Oz, posee un valor atemporal, que ya nadie puede negarle, propio de los cuentos clásicos de la literatura. Y, como tal, merece ser leído al menos una vez en la vida, en mi modesta opinión. Este es su argumento:

La pequeña Dorothy Gale lleva una vida humilde pero apacible en una granja de Kansas con su tío Henry y su tía Emma, cuando un buen día un tornado -tan común, por lo que se ve, en esta región del medio oeste americano- levanta la casa por los aires llevándose a la niña y a su perrito Totó y depositándoles en una tierra de fantasía conocida como Oz, el nombre del maravilloso mago que rige los destinos de sus habitantes. La casualidad hace que, al posarse, la casa de madera aplaste a la malvada bruja del Oeste. Adueñándose de los zapatos de plata de ésta, y con las bendiciones de la bondadosa bruja del Norte, Dorothy deberá poner rumbo a la Ciudad Esmeralda para encontrarse con el Gran Oz y que la ayude a regresar a su hogar.

A lo largo del sendero de ladrillos amarillos que la lleva hasta su destino, Dorothy tendrá que atravesar regiones salvajes pobladas por misteriosas criaturas y diversos peligros. Pero no hará el camino sola, porque pronto se topará con unos extraordinarios compañeros de viaje que, cada cual con sus particularidades y su propia petición personal para Oz, la van a acompañar y proteger hasta el final: un espantapájaros sin sesera, un hombre de hojalata que desea tener corazón y un gran león al que le faltan arrestos. Juntos pondrán en común sus virtudes y su firmeza para alcanzar el objetivo que les une.

Curiosamente, la parte que todo el mundo mejor recuerda es el recorrido del grupo hacia la Ciudad Esmeralda, que en absoluto es la culminación de la historia, sino sólo una parte de la misma, antes de devolver a Dorothy a Kansas sana y salva. Los personajes afrontan toda clase de aventuras y viven un montón de odiseas (la selva de los Kalidahs, los campos de amapolas letales, el país de porcelana, las montañas de los cabezas de martillo y un largo etcétera) que les hacen cruzarse la tierra de Oz de cabo a rabo.

Tras haber ejercido profesiones de lo más dispares, Lyman Frank Baum se lanzó a escribir libros para niños con una idea en mente: renovar el espíritu de las creaciones de los Grimm y de Andersen para ofrecérselas al público estadounidense de comienzos del s.XX, prescindiendo de las anécdotas más oscuras y crueles que irrumpían en los cuentos de hadas europeos, y que todos los niños viesen en ellos una fuente de diversión y de alegría. Eso explicaría el carácter deliberadamente inocente -que no plano- que caracteriza su obra más popular, éxito inmediato de ventas, así como el resto de su bibliografía a la que se consagró hasta el momento de su muerte.

En consecuencia, el estilo narrativo es muy asequible (adecuado para los lectores más jóvenes) y, sin pecar de la irritante tendencia moral de otros autores, se encarga de destacar solapadamente los principios de la amistad, el valor para afrontar nuestros temores, la filantropía, el buen juicio, el sentido de la responsabilidad o el amor por el hogar, entre otros. Es sobre todo en los comportamientos del espantapájaros (que no tiene nada de paja en el cerebro), del hombre de hojalata (que no acusa nada de hueco dentro) y del león supuestamente cobarde donde se encuentran personificados esos dogmas éticos, pues son estos personajes quienes constantemente dan muestras de aquellos valores de los que dicen carecer y que tanto anhelan. Y aunque pueda pensarse que otros seres de este entorno fantástico están demasiado inclinados hacia la bondad o la maldad más absolutas, no tardamos en averiguar, empezando por el papel que juega el propio Oz, que en realidad ese maniqueismo no es tan definitivo.

Leyendo El Mago de Oz como adulto es fácil percatarse de que la historia recae en contradicciones a las que de niño uno no les concede importancia, pero que en la madurez hacen que te cuestiones el sentido común de Dorothy y sus amigos. Esta es una reacción frecuente en los pasajes en los que, por ejemplo, intervienen los Monos Alados y el efecto del sombrero de oro que los controla. Por otra parte, siendo un relato de fantasía, ¿qué motivaciones podría tener la protagonista para querer regresar a su Kansas de origen, que se define como un lugar gris y rural, desprovisto de toda magia e interés para una cría pequeña?, digo yo (¡aunque tengo que coincidir con Dorothy en que no hay nada como el hogar!) Y encima con unos parientes descritos como anodinos, que ni siquiera son sus padres... También una revisión a día de hoy saca a relucir lo terriblemente precipitados que son todos los capitulos, en los que los problemas y obstáculos a los que se enfrentan los protagonistas se resuelven con una velocidad tan pasmosa como a la que se les presentan.

En fin, al margen de estas consideraciones que sólo revelan la pérdida de ingenuidad que conlleva crecer, hay que mencionar a William W. Denslow, ilustrador de prensa y amigo personal del escritor, como la persona elegida para revestir la obra de toda su grandeza gracias a los preciosos y pulcros dibujos que la salpican. De hecho, es la visión de Denslow la que se ha conservado para la posteridad, a pesar de que, por discrepancias entre ambos, Baum prescindiera de sus servicios para las muchas entregas posteriores que, como he apuntado antes, conformaron la extensa saga de Oz, donde el autor amplía las definiciones, los personajes y las anécdotas, con mejor o peor acierto, del título original y más célebre.

En la vieja edición de Alfaguara, que es a la que he recurrido para volver a leer esta novela y elaborar su reseña, se halla la reproducción de la mayor parte -no todas, creo- de las ilustraciones de Denslow en blanco y negro. Han habido innumerables ediciones de El Mago de Oz y, de hecho, no se conoce cuántos millones de lectores han pasado ya por sus páginas, dado que el texto se volvió de dominio público en 1956. Pero elijamos una tirada u otra de las muchas existentes (también hay una de Alianza más o menos reciente), no recomiendo decantarse por aquellas que nos priven o sustituyan el entrañable trabajo del ilustrador. La única pega de mi ejemplar es que muchos nombres aparecen castellanizados (como Dorotea, el tío Enrique o se habla del pueblo de los Mascones, en lugar de los Munchkins, los enanos del país del Este), pero no tiene mayor importancia.

Es inevitable, transcurrida la lectura, reflexionar sobre el posible mensaje implícito en el interior de la novela que nos ocupa: ¿Hay, en este libro, algún significado oculto o una doble lectura intencionadamente encubierta por parte de L. Frank Baum, o estamos simple y llanamente ante una historia para divertir a los niños? Desde luego, si se trata de lo primero, el autor se cuidó mucho de camuflar toda posible interpretación al respecto en forma de sátira, alusión o alegoría social de la época, porque salvando algún detalle concreto (es difícil no ver en esa ciudad, color verde por imposición, un reflejo de la manipulación escénica de quienes nos gobiernan), no he sido capaz de identificar claramente las circunstancias de la narración con ningún hecho verídico de aquel período, como sí ocurre en obras de corte similar, coetáneas o anteriores (pongamos por caso, el Gulliver de Swift). Descubro, al informarme sobre esta cuestión en la red, que no soy el único en proponerse tal ejercicio y que ha terminado por llegar a la misma conclusión: El Mago de Oz es, ante todo y sobre todo, una reinvención del cuento de hadas cuyo principal fin es el de complacer a sus más jóvenes lectores. Nada, por tanto, que no nos aclarase ya el mismo escritor en su epílogo del texto. Quizás, a veces, queramos aplicar una mirada crítica demasiado rebuscada sobre lo que en realidad no es más que, en este caso, una mera distracción infantil.

De las múltiples versiones y adaptaciones sobre El Mago de Oz al mundo del teatro, del cine, del musical, de la televisión o más recientemente del cómic, podría hablarse largo y tendido, pero no es ésa la intención que busco con esta entrada. Vamos a concederle a la novela por sí misma la relevancia que se merece. Baste con decir que la producción filmatográfica en color de la Metro Goldwyn Mayer de 1939, donde una jovencísima y prometedora Judy Garland encarnaba el papel de Dorothy, quedará por siempre como una de las películas más reconocibles del culto cinéfilo popular, llegando a ganarse incluso mayor peso y repercusión que la obra literaria en la que se inspira. Una vez haya visto el nuevo largometraje de Disney, de estreno inminente y del que pronto hablaré por aquí, estaré en condiciones de adjudicarle su espacio a estos temas paralelos. De momento, para ir abriendo boca, os dejo con su correspondiente trailer:



Y, de propina, este segundo video: una debilidad personal, que me concedo poner aquí, porque siempre que pienso en la peli de El Mago de Oz me viene esta canción a la memoria (a pesar de que, sin duda alguna, el tema estrella de la cinta sea el mítico "Somewhere over the rainbow"). Aviso que la puñetera cancioncita es de las que se meten en la cabeza y luego te pasas media tarde tarareándola: We're off to see the wizard... the Wonderful Wizard of Oz... because, because, because... ¡No perderse tampoco el 'mágico' momento (33" del video) en el que el pobre espantapájaros casi se deja las rodillas, por ir haciendo el moñas, en el camino de baldosas amarillas! XD (claro que igual está justificado, ya que en la novela su falta de sesos le hace tropezar una y otra vez...)



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