Termina abril y con él encadenamos dos meses seguidos que nos dejan una cantidad más abultada de lo normal de lanzamientos editoriales interesantes. Además, la pasada edición del Salón del Cómic de Barcelona ha sido fructífera y obliga a que, en esta ocasión, cedamos espacio en exclusiva a algunas de las novedades más recientes de aventuras y género fantástico en este medio gráfico.
Así que, sin más demora, os dejo ya con la selección de cómics del mes (y en unos días, el resto de novedades...) ¡Que la disfrutéis!
Cómic
Nota: busca esta estrella de recomendación especial en los títulos preferidos por Adalides. A!
Atención: este artículo puede revelar detalles sobre el argumento.
Cerrado el ciclo de Shaigan con el álbum anterior, que supuso la guinda para uno de los momentos cumbre de la colección, ya anuncié que a partir de ahora se inician una serie de episodios que constituyen un relativo impasse a la cronología de Thorgal. Acostumbrados a otras grandes historietas del héroe criado entre los vikingos que trascendían el ámbito de mera aventura, choca un poco que éste número y varios que lo suceden no pasen de ser andanzas algo huecas, aunque muy entretenidas, que no aportan nada especial al conjunto. Aracnea marca claramente el inicio de esa tendencia.
La isla que habitaban Thorgal y los suyos, testigo mudo de tantas vivencias y acontecimientos importantes en su historia, ya no es un lugar seguro. Demasiada gente indeseable conoce su enclave sobre el mar —empezando por la pertinaz Kriss de Valnor, cuya sombra aún se cierne sobre el destino de la familia— así que ha llegado la hora de partir hacia otras latitudes donde establecerse, como vimos al finalizar la entrega previa.
Puesto que las tierras de los vikingos no se presentan como una opción demasiado válida ni tentadora, parece que nuestro clan heroico (integrado ahora además por los risueños hermanos Darek y Lehla) comienza un viaje que les encamina hacia el desconocido sur, de ambientes más cálidos. Nuevas costas, pero no exentas de los temporales en alta mar... cuando una tormenta que zarandea sus embarcaciones hace que el grupo quede separado en dos, yendo Thorgal y la pequeña Loba a encallar sobre una playa desierta ante la que se alza un brumoso y enigmático acantilado.
Es entre estas nieblas e inaccesibles barrancos, hermética al resto del mundo por obra de una maldición ancestral, donde una insegura comunidad dominada por una teocracia monoteísta rinde culto a una cruel diosa arácnida que mora en las entrañas de la tierra (el tomo se abre con un joven huyendo de un sacrificio ritual que es bastante elocuente en este sentido). Al naufragar en la isla, padre e hija se verán envueltos, cada uno a su manera, en los infortunados sucesos que afectan a estas gentes bajo la amenaza de la gigantesca reina araña y del sumo sacerdote Dracon. Para rescatar a Loba del cubil subterráneo de Aracnea y reemprender cuanto antes su camino, Thorgal se aprestará a correr el riesgo de adentrarse en el misterioso reino inferior en busca de la niña.
Curiosa aventura, con fuertes pinceladas de mito clásico, donde los autores desarrollan una doble historia padre-hija: la de Thorgal y Loba por un lado, la del rey-sacerdote y la mujer araña por el otro. La simbología es palpable en gran parte de su trama, con el ser monstruoso que encarna los remordimientos a expiar eternamente y la pureza de la infancia capaz de romper el terrible maleficio que condena a varias generaciones de la isla. Un poco traído de los pelos el desenlace, es verdad, pero por el lado del dibujo el resultado es magistral como siempre, y el color de Graza no hace sino realzar el contexto opresivo y malsano que envuelve el recorrido de Thorgal hacia las profundidades cavernosas.
En esta ocasión Rosinski imprime al tomo un aspecto de clara inspiración latina, que discurre al compás del aire de tragedia griega que Van Hamme inventa para dar cabida a la historia de Aracnea. Graficamente esta representación es innegable: no sólo por las viñetas que narran la llegada de sus primeros habitantes al lugar, sino también por múltiples insinuaciones estéticas (las vestimentas de los ciudadanos y la arquitectura de Aracnópolis, por ejemplo) o alusiones mitológicas de carácter clásico, como ese reino inferior tan similar al inframundo del Hades, cruzado por ríos de lava y que posee varias entradas pero ninguna salida del mismo. Todo esto nos hace pensar que la atmósfera elegida para la presente aventura bien pudiera asimilarse a una aislada colonia helénica como cualquier otra, a la que Thorgal hubiera ido a parar cual Ulises errante.
De hecho, el tono que presenta este álbum, desde el que momentáneamente se dejan un poco de lado las referencias escandinavas para aproximarse más a las creencias de la antiguedad tardía, instituye una nueva apariencia alrededor de la que girarán los siguientes números, enfocados durante una larga etapa hacia entornos mediterráneos, lejos de las pasadas precariedades del frío norte. No hay más que ver el asombro de Thorgal ante las bondades de esta nueva tierra: fértiles cultivos, un clima amable y su primer encuentro con algo tan simple como las vides o ciertos frutales. Tan destacada es esta renovada estampa visual, que aunque las próximas aventuras no tengan un hilo conductor común (sino que están formadas más bien por volúmenes independientes) se las ha agrupado en lo que informalmente se ha venido en llamar el ciclo bizantino.
Por lo demás, el tomo contiene reminiscencias que a estas alturas es difícil esquivar. Desde el ambiente paradisíaco exhibido en el País Qâ, donde igualmente se practicaban despiadados ceremoniales humanos y acaba teniendo lugar la redención de todo un pueblo, tal que aquí, a la trágica historia de amor separada por el tiempo que ya se relataba en El Señor de las Montañas. Otra idea siempre interesante es la del microcosmos de una sociedad que vive de espaldas al mundo exterior, pero que suele tener sus propios fantasmas, en esta ocasión encarnados en el enjambre arácnido y su monstruosa madre de ocho patas.
A pesar del profundo asco y fobia que personalmente me provocan las arañas (tanto como llevarme por delante el producto de su pegajosa labor tejedora), la trama desarrollada se lee con agrado, aunque éste no se trate de uno de los mejores episodios de Thorgal, que termina reuniendo a la familia antes de que decidan hacia dónde poner rumbo de nuevo, como imaginaréis. Cabe destacar que Aracnea estuvo, en el momento de su publicación, cinco semanas como número 1 en las librerías, siendo el cómic con mejores ventas durante el primer semestre de 1999 en Francia. Una clara muestra de que, ya por esa época, la serie gozaba de una popularidad fuera de toda duda.
En esta historieta hemos visto cómo el personaje de Loba se pone en relieve, siendo uno de los capítulos donde adquiere un mayor protagonismo dentro de la serie matriz. Pretexto que me sirve para anunciar que el tercer álbum del spin-off sobre la hija pequeña de Thorgal se encuentra a la venta desde hace unos días (en el país vecino, naturalmente) bajo el nombre de El reino del caos. De los mismos autores, Surzhenko (dibujo) y Yann (guión) que —gustemos o no de todas estas nuevas sagas— hay que reconocer que están realizando un trabajo estupendo, también acaba de aparecer Las tres hermanas Minkelsönn, primer tomo de La juventud de Thorgal. Os muestro sus respectivas portadas a continuación, para que no os perdáis con tanta novedad thorgaliana. Sí, tengo que admitir que todo esto empieza a parecerme un poco excesivo y que el ritmo de producción de estas series paralelas (de las que en España sólo se ha apostado de momento por la de Kriss) va demasiado rápido. Pero, sin dejar de lado estas primicias, por aquí seguiremos centrados sobre todo en la obra principal.
Estamos teniendo un fin de semana bastante agradable y soleado por aquí, que invita a salir a hacer otras actividades fuera de casa. Quizá más de tirarse a la calle y solazarse al aire libre, pero el caso es que al final nos hemos acabado metiendo en una exposición cuya visita había ido aplazando desde hace unos meses. En el Centro Arte Canal se presenta Pompeya: Catástrofe bajo el Vesubio, una exhibición patrocinada por la Comunidad que estará todavía abierta al público hasta el próximo 5 de mayo.
Para los que gustamos de la historia antigua y la arqueología se trata de una cita ineludible y, a pesar de que el espacio requerido se ha visto mermado respecto de muestras anteriores que han tenido lugar en este mismo recinto (no hay, por ejemplo, anexos exteriores como otras veces), se ofrece una visita muy aprovechable y grata que ronda la hora y media de duración para ver tranquilamente todos los apartados y obras expuestas.
«Cuando el año 79 d.C. la ceniza sepultó las poblaciones de Pompeya, Herculano y Estabia en Campania, se produjo una de las peores catástrofes de la historia. Su dramática destrucción las ha convertido, paradójicamente, en el yacimiento más importante y mejor conservado de la época romana. Una auténtica fotografía de cómo se vivía hace ahora dos mil años. "Pompeya, castástrofe bajo el Vesubio" es una muestra de más de seiscientas piezas que quiere mostrar qué supuso la erupción volcánica para una ciudad llena de vida. Los objetos de uso cotidiano, las pinturas y los restos orgánicos que la catástrofe ha permitido conservar, son de una calidad arqueológica inigualable y de una contundencia visual incuestionable. Pero también con la muestra se quiere resaltar la figura de Carlos III, el "Rey Arqueólogo", que fue el descubridor y auténtico impulsor de las excavaciones en Pompeya.»
Gracias a esta exposición se nos acerca ahora a Madrid un trocito de la que, sin lugar a dudas, debe de ser una de las excavaciones más impresionantes a visitar in situ, en las cercanías de la población italiana de Nápoles, que nos sirve para hacernos al menos una ligera idea tanto de la actividad diaria y costumbres en la floreciente villa romana de Pompeya en el s. I, durante la pax romana del periodo Imperial, como de los dramáticos sucesos que sacudieron abruptamente su existencia. Ciertamente en este recorrido se consiguen rehacer para el público los aspectos más generales de las condiciones de vida de éste y otros núcleos de población de la Campania en esos momentos, como inducirnos el estupor provocado por su caída en desgracia.
Al igual que en anteriores ocasiones, la superficie del evento se encuentra dividida en varias áreas temáticas (aunque, ya digo, mucho menos concentradas y con mayores espacios diáfanos esta vez) a través de las que se puede realizar un cómodo recorrido que tiene por eje un pasillo denominado la calle, como si fuera parte del trazado de la urbe pompeyana, dando acceso a los diferentes módulos. No será de extrañar —a nada que se tengan unas mínimas nociones sobre este episodio histórico— que la mayoría de las piezas que vamos a contemplar (algunas de ellas reproducciones) se han preservado en un estado formidable gracias a la acción protectora que capas de magma y ceniza han ejercido sobre ellas durante diecisiete siglos, hasta el momento de su redescubrimiento.
La primera parte ofrece una introducción a la historia primitiva de Pompeya, cuyo origen etimológico se atribuye a la supuesta acogida al héroe legendario Hércules (que también daría nombre a la cercana Herculano), si bien la ciudad y sus vecinos se hallan bajo el amparo de los dioses Apolo y Venus. Desde el control de la región por los samnitas hasta su adhesión a Roma, se demuestra por medio de vestigios de esta edad arcaica que la zona ya se vio afectada por sacudidas y erupciones anteriores a la del año 79.
Uno de los siguientes ámbitos recrea la llamada Casa de Menandro, una lujosa villa de gran tamaño, con numerosos aposentos, baños privados, almacenes y estancias para los esclavos, de la que se han logrado extraer multitud de hallazgos arqueológicos. Destaca un tesoro formado por servicios de plata bruñida, joyas de oro, cofrecillos de monedas escondidos, etc. que los acaudalados dueños de la casa confiaban recuperar tras el desastre, así como recipientes de todo tipo, bustos, estatuillas y algunas fuentes de bronce cuya factura presenta una enorme belleza, como la de una hidra enroscada o un caño con forma de serpiente. La siguiente maqueta reproduce la distribución del palacete urbano.
Continuando por la calle ficticia que citaba antes, nos asomamos hasta diversos sectores donde se explica visualmente, por medio de obras expuestas en vitrinas y de breves proyecciones, las características que comprenden los entornos de la vida privada, como también la manifestación de la pública en los ámbitos del ocio o de la actividad comercial y social. Dentro de lo que sería el estilo de vida que se practicaba en el contexto de la familia, podemos observar cantidad de objetos de uso personal extraídos de las casas (muchos tal cual los dejaron sus poseedores ante la huída precipitada bajo la amenaza del volcán), como lucernas, mobiliario, espejos y abalorios, estatuas de deidades que se erigían en los patios, recipientes de cristal —semifundidos por efecto del calor de la lava— y aparejos metálicos de todo tipo, e incluso rollos de papiro carbonizados, entre otros.
En cuanto a su extensión al plano público, los pompeyanos gustaban de frecuentar tabernas, lupanares y termas (donde no sólo se entregaban al placer, sino que también constituían un lugar de encuentro, de reunión social y negociación de transacciones), aunque sobre todo tenían entre sus actividades favoritas asistir a los espectáculos de gladiadores en el anfiteatro. También en este caso se dispone de una gran cantidad de utensilios de ocio o profesionales que atestiguan estas ocupaciones, como instrumental médico y ungüentarios, herramientas de trabajo, ánforas o cráteras para el vino y alimentos durante las celebraciones, dados para juegos, varias piezas del equipo de los gladiadores (cascos, grebas, gladius), y un largo etcétera.
Otro apartado destacado del circuito es el que se consagra a los frescos y pinturas murales hallados en Pompeya, que forman uno de los conjuntos mejor conservados del mundo antiguo, nuevamente por obra del grueso manto de residuos y escorias que sepultó la ciudad, en la que casi toda casa opulenta gozaba de este tipo de decoración en sus estancias. Además de restos de los materiales básicos para realizarlos (pigmentos, lancetas, estelas) se muestran varios ejemplos conocidos de dichas pinturas, como la del famosísimo retrato de la poetisa Safo de Lesbos.
Pero sin duda la parte más impactante de la exposición viene representada por el área donde se plasma la magnitud de la catástrofe acaecida el 24 de agosto de 79 d.C., cuando el Vesubio entra en erupción y su caldera expulsa durante alrededor de 48 horas una lluvia de roca, cenizas y magma que sumen a la ciudad en una casi repentina oscuridad. Se estima que Pompeya, que ya se había visto sacudida por graves seismos premonitorios apenas unos años antes, contaba con unos 15.000 habitantes en el momento del desastre, pero no sólo sus moradores alzaron la vista con temor hacia la ominosa sombra que se precipitaba desde la cumbre de la montaña, sino que también las cercanas villas de Herculano y Estabia, así como gran parte de la región de Campania, quedaron enterradas bajo siete metros de piedra pómez y material volcánico. Muchos cientos de almas perecieron, incapaces de dejar sus casas y huir a tiempo, asfixiados por los gases tóxicos que desprendía la columna o abrasados como consecuencia de las altísimas temperaturas.
Personas, animales domésticos, construcciones y —en definitiva— toda estructura, viva o no, a su alcance, quedaron a merced del río de lava surgido del volcán, formando un revestimiento protector que atrapó, a modo de foto instantánea, cuanto encontraba a su paso. Así, hoy podemos examinar los cuerpos solidificados durante siglos de quienes cedieron a la furia del Vesubio, en algunos casos en posturas inverosímiles que reflejan su sufrimiento allí mismo donde cayeron. Como para reflejar tal angustia y crear cierto ambiente cómplice, en este módulo la iluminación es muy tenue y se proyectan un par de videos especialmente interesantes sobre la intensa cronología del cataclismo.
La exposición, para terminar, contiene un par de zonas más. Una mención expresa al primer impulsor de las excavaciones desde 1738, el rey Carlos III, por entonces monarca de Nápoles y Sicilia antes de su regreso a España para tomar posesión de la corona. Bien llamado el rey arqueólogo, del que desconocía esta faceta (más cabal que la de ciertos Borbones recientes entregados a prácticas poco edificantes), hay que decir en su favor que instauró una serie de usos en esta disciplina que han sentado cátedra en la profesión, como la conveniencia de mantener los descubrimientos en su lugar de origen, o el ya mero y sorprendente hecho de no rendirse al expolio gratuíto, además de su mecenazgo en éste y otros trabajos de recuperación. A raíz de su figura, se destapan algunos yacimientos, a los que aquí han denominado las Pompeyas españolas, y se muestran varias piezas de estudios arqueológicos como el de Ampurias (Gerona) y Segóbriga (Cuenca).
El itinerario se completa con la emisión del documental "Pompeya, el último día" para la BBC (no confundir con la adaptación clásica al cine de la novela homónima en 1960). Se puede ver allí mismo en una sala de audiovisuales, pero en el propio pabellón recomiendan hacerlo directamente en casa desde YouTube, imagino que para evitar aglomeraciones y por comodidad, de modo que aquí lo tenéis. Está dividido en cuatro partes (subo la primera, desde la que se puede acceder fácilmente a las 3 restantes).
Por último, una curiosidad para jugones: Downfall of Pompeii es un juego de tablero en el que podemos reproducir —con su montaña del Vesubio incluida— los últimos días de Pompeya, pero con la tranquilidad de estar sentados en torno a la mesa con nuestros amigos o familiares, y no allí afortunadamente. No hay edición en español por ahora, así que de momento sólo se puede adquirir de importación, pero le he echado un vistazo en boardgamegeek y parece procurar buenos ratos de entretenimiento y sana tensión.
Antes de abandonar las instalaciones del recinto, no quise dejarme la consabida breve visita a la tienda y traerme un pequeño libro sobre mitología grecorromana (¡otro más..!) para engrosar mi colección de manuales acerca de esta fascinante temática. Como siempre, os invito a ver esta recomendable exposición, que aunque no sea una muestra exhaustiva sobre la materia, sí que resulta tan apasionante como conmovedora e inquietante por la parte que toca a una tragedia tan conocida de la Antigüedad.
¡Atlas y Axis están de vuelta! Por suerte, no se han hecho esperar demasiado, porque apenas un año después de su exitoso debut comiquero ya tenemos aquí la segunda parte de la saga en la que Dibbuks nos acerca sus nuevas andanzas, en edición simultánea a la publicación francesa llevada a cabo por Ankama Éditions.
Y tras haber leído este estupendo segundo tomo, tengo que decir que Pau, como autor completo y padre de la querida pareja de personajes formada por estos entrañables amiguetes caninos, mantiene el grado de sobresaliente en el dibujo y en la aplicación del color de los que ya hacía gala al iniciar la serie, con un ingenioso guión cuyo principal rasgo es el entretenimiento ininterrumpido, y que además mejora el resultado de la entrega previa (de la que ya os había contado algo por aquí en su día: ver reseña).
Atrás queda el osado periplo que llevó a nuestro par de heroicos perros hasta las lejanas regiones del norte, tras los pasos de sus seres queridos raptados por la cruel jauría de los bárbaros norcandos. De regreso de aquella lastimosa búsqueda, ya bajo el amparo de la acogedora osa tabernera Miel, en seguida volverán a ponerse en marcha para resolver un dilema evolutivo, conocer a una tribu de perros-lobo en las heladas tundras orientales, seguir la pista del legendario hueso de Khimera ¡y hasta dar de nuevo con su hocico sobre las tablas de un navío rumbo a la isla Escápula!
La Saga de Atlas & Axis, premiada dentro y fuera de nuestras fronteras, merece toda la atención por rescatar un estilo de narración asequible, expresiva y con un sentido del humor que gustará a toda clase de lectores, no sólo a los más jóvenes. Y encima es un tebeo que se devora con embeleso por su extraordinario color y nivel visual, dignos de algún que otro ladrido de admiración al compás de los que sueltan sus protagonistas.
Mi opinión más a fondo sobre este cómic (ofrecido a Adalides por cortesía de Dibbuks), la encontraréis, como otras veces, siguiendo el enlace hacia La Espada en la Tinta.
«¡Fi-fai-fo-fam... de donde viene el trueno, no has de preguntar!». Pero sobre la película de Jack el Caza Gigantes podéis preguntar cuanto queráis, faltaría más.
Los adeptos a las fábulas clásicas estamos un poco sorprendidos ante los recientes estrenos en el cine de fantasía. Sea por falta de ideas o por un extraño interés renovado en rescatar los relatos que en su origen han creado la tradición legendaria de nuestra cultura, no dejamos de ver estos días que las adaptaciones a la pantalla grande, y también para la televisión, de dichas historias están acaparando la ficción cinematográfica. El último ejemplo en unirse a la lista es este Jack el Caza Gigantes, que dirige Bryan Singer (Sospechosos habituales, X-Men, Superman returns) retomando la aventura del cuento inglés de H. Christian Andersen vivida por un humilde granjero al trocar su vaca en el mercado por un puñado de habichuelas mágicas.
Sin ser uno de los cuentos más populares por estos lares, sino permaneciendo más bien en un discreto plano dentro del conjunto de lecturas para niños, la verdad es que no se trata de la única producción que se ha fijado en esta obra: hay una vieja película de 1952 -de la que hoy nadie se acuerda- que ya versionaba libremente la epopeya de Jack. El bueno de Mickey Mouse protagonizó un cortometraje en el que la rememoraba igualmente. Y el mismo personaje es también un viejo conocido para los lectores de la sensacional serie Fábulas de Bill Willingham y Mark Buckingham, aunque su encarnación en el cómic (con spin-off y todo) no tenga nada que ver con la cinematográfica. Ahora nos llega un nuevo enfoque, bajo el prisma del cine 3D, al estilo de superproducción con actores reales, entre los que aparecen algunas caras conocidas.
Jack el Caza Gigantes (suavizando el título original -the Giant Slayer-, se ve que para no herir sensibilidades...) comienza relatándonos el cuento que, tanto los hijos de plebeyos como de nobles, escuchan desde niños en las noches de tormenta. En el Reino de Cloister, Jack, un joven granjero, vive fascinado por la leyenda del rey Erik, un antiguo lider que venció a un ejército de gigantes cuando amenazaban invadir el reino, procedentes de los dominios flotantes de Gantua, controlándolos gracias a una corona mágica. La díscola princesa Isabelle también ha oído y conoce la historia desde su infancia.
Un día, Jack acude a la ciudad para vender el caballo y el carro que forman parte de las pocas posesiones de su tío por las que aún puede obtener unas cuantas monedas con las que salvar la mala cosecha. Pero se ve envuelto en un altercado -en medio del cual conoce a Isabelle- y acaban en sus manos unas judías de propiedades especiales que, según le indica el monje que se las confía, no deben mojarse bajo ningún concepto.
No hace falta que os diga cómo continúa, ¿verdad..? Naturalmente un colosal tallo crece desde la granja de Jack, alzando a la princesa (que, como es lógico, no podía estarse quieta en su castillo) a cientos de metros de altura y transportándola a un territorio que ya se creía olvidado. Acompañando a sir Elmont y al insidioso condestable Roderick, prometido de la princesa, Jack se une a la partida de rescate que debe trepar por la enredadera. Lo que encontrarán tras el ascenso les demuestra que la realidad supera a los cuentos de hadas, pues los monstruosos seres que allí habitan aún recuerdan los agravios del pasado y quieren cobrarse su venganza.
Inicialmente no tenía demasiadas intenciones de ir a ver esta película. Tras el reciente fiasco de Oz (al menos en lo referente al aspecto argumental), no me quedaban muchas ganas de pasar otra vez por taquilla para cumplir con un film que, a pesar de lo atrayente de la historia en que se basa, prometía convertirse en otro estreno de fantasía sin pena ni gloria. Pero por llevar a mi sobrino (y, qué demonios, como dice el propio Jack pasados unos minutos de proyección, porque en el fondo nos gustan las buenas aventuras) al final me animé. Y, una vez más, queda claro que no hay nada como ir con las expectativas por los suelos para sacarle provecho a algo. Porque la cosa es que, como producto de entretenimiento para toda la familia, este último trabajo de Bryan Singer no está nada mal. La trama puede gustar más o menos (a mí me ha gustado, sí), pero frente a las carencias de guión de la cinta de Raimi que decía el otro día, aquí al menos hay una aventura, con un desarrollo razonable y que no resulta decepcionante.
La película fluye, en líneas generales, bien. Especialmente a partir de la segunda mitad del metraje, cuando ya ha adquirido ritmo y nos hemos hecho algo más a los personajes. Y las secuencias finales, en las que se concentra la mayor acción, no por previsibles dejan de ser trepidantes, mezcladas con una buena banda sonora (a cargo de John Ottman), para terminar en un desenlace que choca un poco pero no deja indiferente.
En el reparto nos encontramos tanto con estrellas en ciernes como con actores más que consagrados: Nicholas Hoult da vida al protagonista; el típico héroe lampiño por casualidad que acaba enamorándose de la princesa de turno, una resultona Eleanor Tomlinson que realiza casi la única aparición femenina de la cinta. Hay que decir que los personajes no son muy polifacéticos, pero al menos cumplen con la pose que les corresponde en una historia así, es decir, Jack es el típico chaval un tanto embobado (con decir que se pasa media peli con la boca entreabierta...) pero con ciertos recursos, mientras que Isabelle es la guapa princesita "echá p'alante" que propicia la jugada.
Ian McShane no lo hace mal interpretando al Rey Brahmwell; pero quien sin duda se lleva la palma es Stanley Tucci en un papel de villano, Roderick, el consejero del monarca, que resulta más creíble que el resto y tiene varias ocurrencias agudas y chistosas, en las que le sigue bien el rollo su particular esbirro (también más verosímil que los habituales sidekicks malvados y grimosos de costumbre). A quien veo un poco descolocado en una producción de estas características es a Ewan Mc Gregor, enfundado en su impoluta armadura como sir Elmont, sin aportar demasiado al desarrollo de la trama, aunque se valore bien su presencia. Y no hay que olvidarse del cameo de Warwick Davis, al que resulta agradable seguir encontrando en películas de género fantástico en el año que se cumple el 25º aniversario de Willow.
Supongo que debería recalcar que los efectos especiales de la cinta son admirables y justifican el multimillonario presupuesto que han entrañado... y es verdad que son bastante buenos; sobre todo -para mi gusto- las vistas aéreas de los verdes campos y bosques, así como de la ciudadela de Cloister, durante el ascenso por las lianas de la enredadera. Pero, para ser honesto, yo no sé si a estas alturas -nunca mejor dicho- uno ya deja de sorprenderse un poco de tanta pirotécnia artística. Me gustaron mucho los paisajes del reino de los gigantes y las tomas que tienen lugar sobre su región oscilante. En cambio, las escenas donde se observa el castillo del rey en la distancia las juzgo algo artificiales, un poco acartonadas... de maqueta, vaya.
La cita esencial de esta película la tienen, por supuesto, los gigantes, a quienes estamos esperando ver desde el minuto uno de sentarnos en la butaca. He oído quejas según las cuales los consideran muy de ordenador, pero a mí me parece que están francamente logrados, la verdad, sobre todo su líder de dos cabezas. El equipo técnico ha sabido dotarles de un aire entre cómico y realista (que incluso puede causar cierto sobresalto a los más pequeños) muy adecuado. Creo que la personificación de los gigantes, con su aspecto sucio, desmañado, tosco y brutal, que ha conseguido esta adaptación del cuento, sirve para asentar una más que correcta imagen de dichos seres. Y disfruté especialmente con la estampida final que protagonizan; como podréis imaginaros, ocasionando el destrozo que se les supone a monstruos de su tamaño.
Una opinión bien distinta me merece el diseño de armaduras, vestimentas y adornos variados: un look bastante kitsch y tirando a cutre, la verdad. Esos dorados en coronas y cotas de mallas esmaltadas no pueden ser normales. No es que uno pretenda encontrar el menor rigor histórico en un entorno totalmente ficticio, pero madre mía, qué falta de buen gusto y cuánto quiero y no puedo con los pertrechos. Lo del peinado de Ewan McGregor, estilo engominado medieval, mejor vamos a pasarlo por alto...
No se puede decir que la película esté recibiendo una crítica demasiado amable, ni que su recaudación sea boyante (de hecho, atendiendo a la taquilla en EE.UU., apunta maneras al descalabro fantástico del año). Pero, a mi entender, debería ser menos vapuleada que la de Oz (que, contradictoriamente, fui a ver con muchas más ganas y salí desilusionado). He encajado con agrado el giro personal que el director le ha puesto a esta sencilla fábula clásica (que tal y como termina, hay quien habla de segunda parte, aunque yo no lo creo así). En fin ¿será que me ha pillado con las defensas bajas y por eso le doy el aprobado? No lo sé, pero para ser sincero, sus casi 2 horas a mí se me pasaron volando.